jueves, 26 de mayo de 2016

El potencial de África

Beatrice Mukandori, una campesina de Ruanda, dice que antes de integrarse en One Acre Fund "cosechaba lo justo para comer, y no me duraba mucho tiempo".

Hacia el año 2050 es muy posible que tengamos en el mundo otros 2.000 millones de bocas que alimentar, y una pregunta se cierne sobre el planeta: ¿quién cultivará todo ese alimento? Una posible respuesta es África, el continente por el que a mediados del siglo la revolución verde pasó prácticamente de largo. África aún tiene tierras cultivables y abundante agua de riego, y margen más que suficiente para mejorar sus rendimientos agrícolas. Esta es una visión tal vez demasiado optimista, pero con las inversiones e innovaciones agrícolas adecuadas, algunos expertos creen que África podría alimentarse mejor a sí misma, y al mundo.

Parte de la solución podría estar en manos de pequeños agricultores como Beatrice Mukandori. Esta mujer vive en una aldea del oeste de Ruanda y se ha apuntado a One Acre Fund, una ONG que concede créditos a los agricultores para su formación y para la adquisición de semillas y fertilizantes. Gracias a eso sus cosechas casi se han duplicado.

El fotógrafo Robin Hammond fotografió algo más que cultivos sin presencia humana, por lo que retrató a Mukandori y a otros campesinos como ella. Durante el proceso quedó asombrado de su generosidad. Cuando les proponía hacerles un retrato, lo invitaban a sus hogares y le ofrecían comida. "Lo poco que tenían lo daban al invitado", dice. Lo mejor de todo es que "la historia reta a pensar en este continente de otra manera".




Vía: National Geographic.

martes, 24 de mayo de 2016

El legado de Lalibela

El primitivo reino cristiano de Abisinia o Aksum (siglo IV d.C.) fue uno de los más poderosos estados de su tiempo y, aún en época de Mahoma, era un poder a tener en cuenta a pesar de que había entrado en decadencia. En ese período se creó la nueva capital, Roha (Lalibela).

La iglesia etíope fue introducida hacia el año 350 y era dependiente del patriarcado de Alejandría. Su rey Ezana, y su corte, fueron convertidos rápidamente, y Frumencio, su evangelizador, fue nombrado obispo con el nombre de Salamá. El pueblo no fue cristianizado hasta el siglo VI con la llegada de monjes sirios que probablemente eran monofisitas que huían de la iglesia oficial y que se enfrentaron al crecimiento del islam. Se constituyeron en iglesia de estado con un patriarca que fue designado por Egipto, un negus a la cabeza, y la gran cantidad existente de monjes y eremitas era dirigida por un etcheguié que tenía más autoridad incluso que el patriarca.

Su rey más famoso es Lalibela (1180-1235), impulsor de las grandiosas iglesias excavadas en la roca en las cercanías de Lalibela y el complejo eclesiástico de Tana Kirkos, en el lago Tana, pero esta comunidad cristiana también está rodeada de leyenda, concretamente la del Preste Juan, cuya figura fue probablemente la de Yimrehane Kristos (siglo XII) que además de ser sacerdote fue rey. En el siglo XV mucho mapas portugueses identificaron el reino de Etiopía con el reino del Preste Juan, probablemente debido a los contactos comerciales que había establecidos entre ambas zonas.

Iglesia de San Jorge
Sus habitantes acuden diariamente a misa envueltos en turbante y túnicas de algodón blanco. Las ceremonias religiosas se celebran en ge’ez, un idioma que se dejó de hablar hace muchos siglos pero que sigue siendo la lengua de la iglesia ortodoxa etíope, en definitiva, algo así como el latín en la iglesia católica. Tienen una clarísima influencia judía como lo prueba la práctica de la circuncisión, la prohibición de comer carne de cerdo, la celebración de la festividad del sábado o el uso de nombres del Antiguo Testamento. Realmente impresionante el legado que nos ha llegado a nuestro tiempo.

Lalibela (Vía Tadias)

jueves, 19 de mayo de 2016

La reflexión del método en Francis Bacon

Para la nueva concepción de la ciencia que nace a partir del Renacimiento, la importancia del pensador inglés Francis Bacon (1561-1626) radicó sobre todo en su aguda reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la ciencia y de sus métodos de investigación, esto es, las condiciones de su progreso en general, la función práctica que posee en cuanto instrumento humano de dominio y transformación de la naturaleza, así como los prejuicios que impiden su desarrollo efectivo.

Francis Bacon
Por tanto, a diferencia de las grandes cabezas científicas del Renacimiento como Kepler o Galileo, que contribuyeron con sus descubrimientos no sólo a que se asentara el nuevo lugar del hombre en el universo sino que afianzaron una serie de procedimientos de validación y desarrollo científicos fundados en la matemática y en la física modernas (formulación de hipótesis, deducción y experimento), la reflexión baconiana, tal como es defendida programáticamente en su Novum Organum Scientiarum, es de orden filosófico-teórico y apunta en todo momento a una decidida renovación de las ciencias, a una completa instauración del saber humano.

En este sentido Bacon señala que el ambicioso proyecto de un verdadero conocimiento científico debe tener al menos dos fases bien diferenciadas: la primera, la pars destruens, consiste en desembarazarse de aquellos ídolos (idola) o falsas nociones que han invadido el intelecto humano; la segunda, la pars construens, consiste en exponer las reglas del único método que puede volver a poner en contacto a la mente humana con la realidad, esto es, el único procedimiento científico capaz de descubrir aquellas formas o esencias de la naturaleza que, por ser estables y cognoscibles, pueden manejarse como instrumentos de dominio y transformación efectivos (por ejemplo, formulándose como leyes generales de comportamiento de objetos).

1) En cuanto a la teoría de los ídolos, es decir, la teoría según la cual la mente humana se hallaría condicionada por una serie de prejuicios que impedirían el auténtico desarrollo científico o, como dice el propio Bacon, dificultarían el acceso a la verdad, cabe distinguir cuatro tipos de ídolos:

- Los ídolos de la tribu (idola tribus): reflejan aquella inclinación común del intelecto humano por imaginarse y suponer coincidencias, correspondencias, relaciones y órdenes de cosas que no existen en realidad más que como mero reflejo de la propia naturaleza humana, es decir, es la inclinación a interpretar erróneamente la naturaleza sin tomar conciencia de la ineludible dimensión antropomórfica que subyace a dicha interpretación.

- Los ídolos de la caverna (idola specus): tienen su fundamento en la naturaleza individual del ser humano y se refieren a todos aquellos condicionantes de carácter, así como la educación recibida, nuestras convicciones y costumbres, que moldean y constituyen nuestro pequeño mundo en cuanto individuos, y distorsionan así la luz con la que contemplamos la naturaleza.

- Los ídolos del mercado (idola fori): son aquellos errores que tienen su origen en la comunicación y en el trato de los hombres entre sí, sobre todo los ocasionados por el uso siempre ambiguo del lenguaje.

- Los ídolos del teatro (idola theatri): provienen de la aceptación acrítica de aquellos sistemas o doctrinas filosóficos por el simple hecho del prestigio histórico, social o cultural que se les ha reconocido.


2) En cuanto a la constitución de las reglas de un nuevo método científico, Bacon defiende incansablemente una mejor comprensión del método inductivo, es decir, el método que establece principios o leyes de carácter general a partir de la observación de los hechos.

Para Bacon –como ya para Aristóteles– el método inductivo parte ciertamente de la observación particular de los hechos empíricos pero, a diferencia del estagirita y de toda la tradición escolástica, éste ni debe proceder por la simple enumeración acrítica de casos particulares ni caer con demasiada ligereza en afirmaciones o conclusiones generales de tipo finalista. Al contrario, la inducción baconiana procede siempre por eliminación, esto es, filtrando crítica y sistemáticamente los hechos empíricos a través de una serie de tablas categorizadoras (tabla de presencia, tabla de ausencia, tabla de grados), cuya comparación permite en última instancia conocer la ley o forma de la propiedad natural que se está investigando. Sólo con la aplicación de estas tres tablas sobre un hecho observable y, por tanto, con la previa exclusión de las hipótesis falsas, sólo entonces queda habilitada la inducción en sentido estricto, que es la condición de posibilidad baconiana del segundo momento del método, a saber, la deducción y el experimento, en el sentido de que de la hipótesis obtenida deben deducirse los hechos que implican.


martes, 17 de mayo de 2016

La cábala: la ciencia secreta de los judíos

El rabino español Moisés de León, autor del Zohar, el principal libro cabalístico, intentó explicar qué es la Cábala valiéndose de una metáfora amatoria que describía la experiencia del hombre entregado al estudio de la Torá, la Ley de Dios: «La Torá es una bella amada que se esconde en las estancias de su palacio. Tiene un amante secreto, el sabio de corazón, que por amor a ella, día y noche ronda la casa. Ella lo sabe y, durante un instante fugaz, se asoma y le muestra su sonrisa para esconderse de nuevo. De todos los presentes, sólo él la ve, y todo él, su corazón y su alma, se vuelve hacia ella, porque sabe que durante ese mismo instante, ella también ha ardido de amor por él. Y sólo entonces se le vuelve claro el verdadero sentido de la Torá. Por eso, hay que estar atentos a la Torá, para convertirse en su amado».

Esta explicación espiritual, en la que la ley divina es una amada y el cabalista es su amante, es cercana a algunas imágenes de santa Teresa o san Juan de la Cruz. Pero para hallar una explicación racional de lo que es la Cábala debemos comenzar por el momento en el que, según la tradición, Moisés recibe la ley de Dios en el monte Sinaí. Aunque para Occidente este episodio se reduce a la entrega de las tablas que contienen los Diez Mandamientos, la tradición judía cuenta que Moisés recibió el texto de la Torá («instrucción», «ley»), compuesta por los cinco primeros libros de la Biblia hebrea y del Antiguo Testamento cristiano: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En estos libros se encuentran los 613 mandamientos que rigen la vida del judío practicante.

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Junto a esta Torá escrita, Moisés habría recibido además una Torá oral, que sería un desarrollo e interpretación de la escrita. Mientras la Torá escrita era accesible a todos, la oral se transmitió sólo de unos elegidos a otros. Desde el primer momento, se consideró que una parte de estas instrucciones no debía ser enseñada a todos, sino mantenida en secreto y transmitida a unos pocos elegidos, los «sabios de corazón». Para la concepción judía, dos obras posteriores, la Misná (siglo II) y el Talmud (siglos V-VII), son simplemente la puesta por escrito de la Torá oral revelada a Moisés. Existe aquí una línea de pensamiento que se adentra por los senderos del esoterismo y la mística.

El origen de la cábala 

Las doctrinas que siguen esta vía de interpretación se engloban bajo el concepto de «cábala». Esta palabra procede del hebreo qabbalah, «recibir», porque la cábala ha sido transmitida oralmente de un sabio a otro y es considerada, en realidad, como la parte oculta y secreta revelada en el Sinaí que permite la comprensión e interpretación más completa de la Torá escrita. Según la tradición judía, la cábala sería incluso anterior al Sinaí y tendría su origen en Adán. La práctica cabalística constituiría una especie de sexto sentido olvidado que poseyó el primer hombre y que todos los seres humanos tienen en potencia.

En realidad, el exilio babilónico (la deportación de los hebreos a Babilonia por Nabucodonosor II, 586-537 a. C.) habría resultado clave para la lectura simbólica del texto revelado. Y cuando el Templo de Jerusalén fue destruido por los romanos en 70 d. C., la morada del judaísmo pasó a encontrarse en la palabra dada por Dios, la Torá, y el deber de todo ser humano sería el estudio de esa palabra.  Así pues, podemos intuir los orígenes de la cábala en algún momento entre el regreso del destierro babilónico y el comienzo de la era cristiana. Hacia el siglo I-II d. C., tomando como punto de partida el capítulo primero de Ezequiel, con su visión de la merkabá, el carro o trono de Dios, y los palacios (hekhalot) donde vive, se desarrolló toda una literatura que aspiraba a tener un conocimiento de los misterios que rodean a Dios. Entre los siglos II y V d. C. surgió una literatura precabalística que hablaba de visiones y revelaciones de secretos celestiales, pero también explicaba métodos para estudiar y memorizar la Torá, vías para lograr experiencias místicas y la forma adecuada de rezar. Además, puesto que existe una conexión entre la esfera divina y la humana, se desarrollaron prácticas mágicas que favorecieran los intereses de los justos.

La aparición, en el siglo IX, del Séfer Yeziráh o Libro de la creación marcó el nacimiento de la Cábala en sentido estricto. Por primera vez se formuló la doctrina de las diez emanaciones (sefirot), los diez primeros números a través de los cuales la divinidad crea el universo. Esta teoría era una adaptación al judaísmo de doctrinas neopitagóricas que atribuían a los números un carácter sagrado y un poder creativo.

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En el siglo XII surgieron en Alemania las dos primeras figuras que podemos considerar auténticos «cabalistas»: Judá el Piadoso y Eleazar de Worms. Ya en el siglo XIII, la cábala clásica se extendió a la Provenza, y de ahí a Cataluña y el resto de España. En este período hay tres figuras cabalísticas fundamentales: Azriel ben Menahem de Gerona, el primero en utilizar el nombre de Cábala; su discípulo Nahmánides, que escribió un Comentario a la Torá, y Moisés de León, autor de la obra cumbre de la cábala, el Zohar o Esplendor, una compilación de toda la ciencia cabalística acumulada hasta entonces. Con la expulsión de España de los judíos en 1492, la escuela cabalística española entregó el testigo a la escuela de Safed (Israel), donde Isaac Luria el Ashkenazi, Moisés Cordovero y Josef Caro buscaron en la Torá, a través del Zohar, respuestas y consuelo para un drama que superaba su entendimiento racional.

De la teología a la magia

Hay dos tipos de cábala. La primera, y principal, es la cábala teórica (iyyunit), que pretende explicar la naturaleza de Dios y de su creación mediante el estudio teológico. La segunda es la cábala práctica (maasit), que se ocupa del empleo de la magia y las fuerzas sobrenaturales. La cábala teórica parte del siguiente razonamiento: toda la creación tiene su origen en el interior de la divinidad, en un lugar denominado Ain Sof («no límite»), que es inmaterial e infinito y es Uno. De él surge un rayo de luz, la primera emanación o proyección sobrenatural. Esta emanación ( sefirá en hebreo; en plural, sefirot, «números») no es materia, sino el pensamiento divino. A continuación, se crea el universo material, incluido el ser humano, mediante diez emanaciones o sefirot. Ain Sof, que es inmaterial, necesita estos pasos intermedios hasta llegar al mundo material.

Para alcanzar la gloria divina y fundirse con el Uno, el ser humano debe estudiar studiar la Torá, tanto en su vertiente racional como en la mística. La Cábala es la escalera que permite al hombre ascender los sucesivos niveles de la creación hasta reunirse con el Uno, con Ain Sof. El cabalista que lo consiga vivirá una experiencia mística como la que explica Moisés de León en el Zohar, citada al comienzo de esta entrada. Para a ello, el cabalista intenta más allá del sentido literal del texto empleando varias técnicas que parten del hecho de que la Torá está escrita en lengua hebrea y con caracteres hebreos. El alfabeto hebreo consta de 22 consonantes a las que se asigna un valor numérico según su posición en el alfabeto. Además, cada letra representa un principio simbólico. Puesto que Dios crea el mundo mediante la palabra (Génesis, 1), toda frase, palabra o letra escrita en la Torá ofrece información, a la vista de todos o de forma oculta, aguardando a ser descubierta por el sabio de corazón que lo merezca.

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Cifras y letras

Para alcanzar estos significados ocultos se desarrollaron varios sistemas cuyo uso era más común en la cábala práctica (maasit) que en la teórica (iyyunit), más preocupada por los aspectos simbólicos del texto. Los tres mecanismos básicos de la Cábala práctica son la gematría, el notaricón y la temurá. El primero de ellos, la gematría, extrae la esencia del texto mediante el valor numérico de cada letra, palabra o frase. Una vez hallado el valor del conjunto analizado, se pone en relación con cualquier otro fragmento o palabra de la Torá que presente un valor idéntico, con lo que se pueden intercambiar sus significados. El notaricón consiste en la formación de palabras, con su correspondiente sentido, por medio de acrósticos, es decir, tomando la primera letra de cada palabra de una oración. En cuanto a la temurá, obtiene nuevos sentidos alterando el orden de las letras, sustituyendo unas letras por otras de acuerdo a unas determinadas reglas, o bien separando las palabras sin tener en cuenta la gramática. Como toda la creación está conectada con la divinidad mediante las emanaciones o sefirot, nuestra vida está gobernada hasta en el mínimo detalle por las leyes superiores del universo. Y la Cábala proporciona al ser humano las herramientas necesarias para vivir en armonía con estas leyes.

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Llegamos así al fin para el que nació la Cábala: alcanzar la salvación, que no es sino la unión mística con Dios, viviendo una vida de acuerdo con la Torá. Las buenas obras acercan al ser humano a la divinidad, mientras que el mal lo aleja de ella. Ante la contemplación del mal, el cabalista puede tener la tentación de buscar en el estudio una solución práctica para su problema. Surge de este modo la cábala práctica (maasit), al alcance de los estudiosos que, al desarrollar mejor sus poderes espirituales, adquieren ciertos poderes místicos –o mágicos– para ayudar a la gente.

Para entender la cábala hay que comprender que todo gira en torno al dualismo entre la esfera superior, divina, y la inferior, terrenal y humana. La intención final es que vuelvan a estar unidas para llegar al estado perfecto de iluminación. Para ello se utilizan como metáfora los primeros versículos del libro del Génesis, donde se dice que Dios creó el cielo y la tierra, es decir, lo superior y lo inferior, y a continuación hubo luz.

Para saber más:

- La mística judía. Una introducción, J. H. Laenen. Trotta, Madrid, 2006.
- La cábala y su simbolismo, G. Scholem. Siglo XXI, Madrid, 2009.
- Cuatro textos cabalísticos, Azriel de Gerona. Riopiedras, Barcelona, 1994.
- El Zohar (21 volúmenes), Shimón Bar Lojai. Obelisco, Barcelona, 2011.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Acerca del pensamiento filosófico de la Edad Moderna (siglos XVII-XVIII)

He hecho un minúsculo sondeo en Twitter para ver si había interés en que tocase cuestiones básicas de filosofía en el blog y el resultado ha salido positivo, así que vamos a comenzar con una serie de entradas periódicas en las que procuraré explicar de forma entendible aspectos del pensamiento filosófico que flotan en nuestro ambiente actual y que, desafortunadamente, no somos capaces a menudo de comprender y, mucho menos, explicar. Y todo ello va a ser posible gracias al profesor de la UNED, Alejandro Escudero Pérez, que se toma la molestia de confeccionar unos apuntes maravillosos que nos ayudan mucho a los estudiantes a la hora de entender a los grandes pensadores. Y es que filosofar, filosofamos todos, pero entender lo que hay en el fondo... esa ya es otra cuestión. Oímos hablar o leemos sobre la metafísica, el nihilismo, el marxismo y otras muchas cuestiones, y, generalmente, escuchamos o vemos cada burrada que causa vergüenza ajena.

Imagen de Nueva Acrópolis.

Así que he decidido empezar por una época más cercana a la nuestra ya que, de ella, aún está "mamando" nuestro pensamiento actual (bueno, el que piense, que los hay que no piensan ni aunque les paguen). Esa época es la Moderna que enlaza con la Contemporánea, esto es, vamos a comenzar en el siglo XVII para llegar hasta nuestros días. Vamos allá, a ver qué pasa.

Las propuestas teóricas de los distintos filósofos modernos normalmente estuvieron agrupadas principalmente en corrientes como el Racionalismo o el Empirismo, pero cuidado, esto no significó que entre ellos no hubiese importantes diferencias porque las hubo. Esto se debió a que sus propuestas estuvieron entretejidas con procesos históricos propios de aquella época, que acaecieron de forma paulatina y con ritmos distintos, en las ciencias, las técnicas, la moral, la política, el arte y la religión.

Arriba, Descartes, Spinoza, Leibniz y Hobbes.
Abajo, Locke, Berkeley, Hume y Kant.
Por una lado destacamos la corriente llamada “Racionalismo”, que está directamente ligada al ‘afianzamiento’ de la ciencia moderna de la naturaleza (o también, de la física-matemática de la modernidad). Este peculiar ‘paradigma científico’ (caracterizado por el heliocentrismo, el mecanicismo, la primacía de lo cuantitativo, etc.) surgió con Copérnico y Kepler en el Renacimiento, pasó por Galileo, y, después, por Descartes, Newton y Leibniz. De esta lista fueron propiamente filósofos, además de científicos, Descartes y Leibniz. Por ejemplo, debemos a Descartes la geometría analítica, y a Leibniz el cálculo diferencial. ¿Qué pretendieron, como filósofos, ambos? Principalmente ofrecer una ‘fundamentación’ filosófica de la ciencia moderna. Hay que recordar que, en aquel contexto, el afianzamiento de la ciencia moderna no fue nada sencillo: la muerte en la hoguera de Giordano Bruno o la condena de Galileo son una prueba de ello, pero no la única: Descartes, por ejemplo, vivió parte de su vida en Holanda precisamente porque ahí podía dedicarse sin sobresaltos a sus estudios científicos, cosa que difícilmente podría haber ocurrido en Francia. Por otra lado hay que destacar el nexo entre la ciencia moderna y la primera ‘revolución industrial’, en la que se aplicaron técnicamente los conocimientos científicos.

De la corriente ‘Empirista’ (Hobbes, Locke, Hume, etc.) es preciso señalar su conexión con dos procesos históricos peculiares, uno de carácter político y otro de índole científica. En Hobbes y en Locke se fraguaron –aunque hay otros autores también representativos de esta idea- las concepciones ‘contractualistas’ del poder político: según ellas el poder del Estado no emana directamente de Dios (como sucedía en las teorías medievales o renacentistas ligadas a las monarquías de esa época), sino de un ‘contrato’ realizado por los ciudadanos en el que ceden su soberanía al Estado (esto, que ya encontramos expuesto en autores ingleses del siglo XVII, fue decisivo para la ‘revolución francesa’ del siglo XVIII). Por otra parte los autores ‘empiristas’ estuvieron vinculados a lo que puede llamarse ‘afianzamiento de las ciencias empíricas’ (unas ciencias más cualitativas que cuantitativas, en las que a lo sumo se alcanza una verdad probable gracias al razonamiento inductivo). John Locke, por ejemplo, era médico y estuvo ligado a la ‘historia natural’ (la ‘biología’ del siglo XVII y XVIII en la que destacaron Buffon y Linneo, y que consistía en un conocimiento clasificatorio en el que se realizaban exhaustivas taxonomías de los seres vivos. Hume, por su parte, fue historiador (escribió una voluminosa “Historia de Inglaterra”, por ejemplo).

¿Qué elemento es común a los autores ‘racionalistas’ y a los ‘empiristas’, es decir, a los autores del siglo XVII y de los primeros setenta años del siglo XVIII? Pues principalmente su marcado “Teocentrismo”: consideraban que el fundamento último del mundo es Dios, con dos notables excepciones: por un lado Spinoza, que sostiene que ‘Dios’ no es otra cosa que la ‘Naturaleza’-, y por otro Hume, que niega que ‘Dios’ pueda ser considerado el ‘fundamento último del mundo’.

Es necesario subrayar que este ‘teocentrismo’ de la primera modernidad es distinto del de la Edad Media (aunque haya, lógicamente, una cierta continuidad). ¿Cuándo se produce un cambio significativo en esto? Pues cuando se pasa del ‘Teocentrismo’ al ‘Antropocentrismo’, o sea, a la consideración de que el fundamento del mundo no es ‘Dios’ sino ‘el Hombre’. Se declara así al Hombre como el ‘Sujeto’, es decir, lo que ‘soporta’ y ‘sostiene’, por ser un ser ‘racional’, al propio mundo. ¿Y qué filósofo registra más nítidamente ese paso? Sin duda alguna Kant: su propuesta filosófica  conocida como ‘Idealismo transcendental’ significa que el Hombre, como Sujeto racional, es el fundamento del mundo, es decir, de la ciencia, de la moral, de la política, del arte, etc. Kant es la bisagra entre la primera modernidad y la modernidad plena, propia del siglo XIX.




lunes, 9 de mayo de 2016

El retrato de un oficio milenario: los pasiegos

El fotógrafo vizcaíno Iñaki Izquierdo Muxika, nos sorprendió a todos con su último reportaje fotográfico "Pasiegos. Siglo XXI" expuesto en Palacete del Embarcadero, Santander.  Cuando uno ve estas fotos, parece trasladarse en el tiempo, y es que sorprendentemente siguen manteniendo esas costumbres tan arraigadas que chocan con la sociedad moderna de hoy en día, en la que poco a poco estamos haciendo desaparecer profesiones y oficios que durante tantos años han sido tan esenciales.
Los pasiegos reciben su nombre de la comarca donde habitan que está constituida por tres valles formados por los ríos Pas, Pisueña y Miera. Y es el nombre de Pas, palabra derivada del latín “passus” (paso) de donde adquirieron el nombre de “pasiegos”. En estas regiones donde habitan, caracterizadas por el aislamiento del medio geográfico, han forjado una identidad y unas costumbres que han llegado hasta nuestros días.

La vida pasiega ha estado y está ligada principalmente a la ganadería, destacando una especial forma de trashumancia, denominada Muda, que consiste en el desplazamiento de animales a pastos de altura con la llegada de la primavera y retornando a sus casas del valle con la llegada del otoño. El desplazamiento lo hacen de cabaña en cabaña, tanto con sus animales como sus enseres, por lo que las familias pasiegas podían llegar a tener tres o cuatro cabañas distribuidas en distintos lugares según las zonas de pasto del ganado.

Es habitual verles cargando grandes cestos a sus espaldas, denominados “cuévanos”, uno de los elementos más característicos de la vida pasiega, ya que les sirve para transportar utensilios y alimentos, y antiguamente también utilizados por las mujeres para transportar a sus bebes cuando hacían la muda.

Estas y otras muchas historias forman parte de la milenaria población pasiega, que ahora tenemos la oportunidad de conocer con un magnífico reportaje que nos transporta a una realidad que no estamos acostumbrados a ver.












Fuente: jdiezarnal.com


jueves, 5 de mayo de 2016

Reseña del libro "La marcha Radetzky" de Joseph Roth

"Todos los hechos históricos -decía el notario- se redactan de forma especial para los libros de lecturas en la escuela. Y en mi opinión está bien así. Los niños necesitan ejemplos que puedan comprender y que se les queden grabados. La verdad exacta, ya la sabrán más adelante".
Estamos en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el emperador del Imperio Austro-Húngaro, Francisco José I, le responde con esa frase al capitán de su ejército, Joseph Trotta, quien le había salvado la vida en pleno combate en la batalla de Solferino. Trotta se encuentra con que en un libro de escuela se exagera sobre su acción de forma descarada. Quizá se debiera a que en dicha batalla el ejército de Napoléon III le infligió una dura derrota empezando así a marcarse el declive de su imperio, algo que podía y debía ser explicado desde la heroicidad por múltiples medios propagandísticos, y es que todo vale con tal de salvar al Imperio cuya decadencia empieza a ser más que evidente.



En el cementerio parisino de Thiais, hay una tumba con una frase en francés que dice “Escritor austriaco muerto en París”. Con nada más que unas pocas flores en el típico macetero, es sobria y fría, como todas las lápidas, en mi opinión. En ella está enterrado Joseph Roth (1894-1939), considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Vivió 44 años y murió alcoholizado, en medio de una completa desidia y desazón.

Roth era de familia judía, y su infancia y adolescencia, tan importantes en la formación de cualquier persona, están sumidas en la más absoluta oscuridad. Acabó sus estudios de Literatura y Filosofía en Viena, y luego se enroló en el ejército austríaco para combatir en la Primera Guerra Mundial. La caída del Imperio Austro-Húngaro supuso para él la pérdida de su patria y se convirtió en un vagabundo desarraigado: vivió en Viena, Berlín, Ámsterdam y París. En 1932 publicó "La marcha Radetzky", su obra más conocida, y que le proporcionó cierta fama como escritor en una época de penurias. Pero volvamos a la familia Trotta.

"Él era un descendiente. Desde que había ingresado en el regimiento se sentía nieto de su abuelo, pero no hijo de su padre; era, en realidad, el hijo de su sorprendente abuelo".

Así es como describe Roth a Carl Joseph Trotta, uno de los protagonistas del libro, que transcurre en torno a tres generaciones de varones Trotta von Sipolje. El primero de ellos, Joseph Trotta, tras salvar de forma casual la vida del emperador Francisco José I, es ascendido por éste al rango de capitán, que además le condecora, le da una buena recompensa económica y le nombra Barón Von Sipolje, en referencia a la localidad eslovena en la que había nacido. No es casualidad que el protagonista detonante de la historia narrada en el libro se llame Joseph, es una necesidad que tiene el propio autor de formar parte de ella ante la nostalgia que le produce el esplendor de aquella época de los Habsburgo que desembocó más tarde en la Primera Guerra Mundial.

Tras estos hechos decide retirarse, pero antes impide que su hijo Franz, nuestro segundo protagonista, se haga soldado, con lo que opta por convertirse en funcionario. Desde su puesto de jefe de distrito Franz puede ver así satisfecha de alguna manera su evidente necesidad de servir al Imperio con obediencia y rigor militares. Y así llegamos hasta Carl Joseph Trotta, nuestro tercer protagonista (aunque para mí no es el principal), el nieto del héroe de Solferino que, por deseo de su padre, es un militar de cierto prestigio que cada verano, con la llegada de las vacaciones, regresa al hogar paterno entre los acordes de "La marcha Radetzky", el himno no oficial de Austria que cierra cada año el Concierto de Año Nuevo de Viena. En cada encuentro padre e hijo llevan a cabo el mismo ritual: el padre pasa revista de las actividades realizadas por su hijo, pasean brevemente y conversan. Carl Joseph es soldado muy a su pesar y no se lo puede decir a su padre, pero es igual, el padre lo sabe, es consciente en su interior de que su hijo lo acepta porque es un buen y obediente hijo. Todo ello es producto de la pesada carga que supone ser nieto del héroe de Solferino, así que continúa con su infeliz vida cuesta abajo. Y es que en el ejército las órdenes se cumplen, no se cuestionan, y la relación con su padre es marcial.


Hay algo que Carl Joseph no puede evitar: su propia naturaleza. Se descarría por debilidad, no piensa las cosas antes de hacerlas, se mete en líos de faldas, contrae deudas de juego y casi consigue que le expulsen del ejército, pero le salva su padre, que no duda ni un instante en acudir al mismísimo emperador para que le ayude. El emperador, todo un personaje magníficamente reflejado, es consciente del crepúsculo imperial que se avecina y, sin embargo, gestiona la situación con grandeza. Si se trata de un Trotta, hay que actuar y salvarle de inmediato, porque el Imperio es la única forma en que pueden convivir múltiples naciones, y Roth, al escribir, está pensando en los judíos.

"Los tiempos quieren crearse ahora Estados nacionales. Ya no se cree en Dios. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas. La monarquía, nuestra monarquía, se basa en la religiosidad, en la creencia de que los Habsburgo fueron escogidos por la gracia de Dios para reinar sobre tales y tales pueblos, muchos pueblos de la cristiandad. Nuestro emperador es el hermano del Papa en el siglo, es Su Real e Imperial Apostólica Majestad, y nadie más sino él: apostólico. Y ninguna majestad en Europa depende tanto de la gracia de Dios. El emperador de Alemania seguirá gobernando aun cuando Dios le abandone; reinará si es necesario por la gracia de la nación. El emperador de Austria-Hungría no se puede permitir que Dios le abandone. Pero ahora Dios le ha abandonado".

Tras su regreso a la normalidad, Carl Joseph muere en la I Gran Guerra de manera poco ilustre. A Franz, su padre, todo le va tan mal como al Imperio: su hijo ha muerto, la guerra es un fracaso, y el emperador fallece. Así que él muere también simbolizando el final de una época, la del Antiguo Régimen del Imperio Austro-Húngaro, una época que no fue cualquier cosa: de aquel caldo de cultivo vienés surgieron pensadores como Husserl, Witgenstein, Freud o Popper, historiadores como Hobsbawn y Gombrich, pintores como Gustav Klimt, músicos como Mahler, y escritores como Kraus, Zweig y Broch. Además, el posterior exilio vio nacer a cineastas como Fritz Lang, Billy Wilder u Otto Preminger. Muchos de estos intelectuales eran judíos y desempeñaron un papel importante en la formación de los cimientos de nuestra modernidad.


La marcha Radetzky tiene una interesante cantidad de páginas y eso suele preocupar de antemano a muchos lectores, pero no teman, nada de eso ocurre con este libro. Está escrito en una prosa sobria, contundente, llana, austera diría yo, no hay ni un adorno o concesión literaria poética, incluso hay partes que pueden transmitir la sensación de que no ocurre nada reseñable y que te las podrías saltar. Pero Roth transmite de forma magistral una mezcla inexplicable de nostalgia y tristeza, tiene una capacidad increíble para entrelazar un hecho histórico con una percepción psicológica en sus personajes: al final uno siente que acaba de ver la decadencia de toda una época. Curiosamente también tiñe de humor ciertas situaciones, lo que hace la novela sea algo entrañable desde el principio.

Hay un párrafo en el capítulo diez que a mí me tiene enamorado:
"El jefe de distrito, personalmente, jamás había estado enfermo. Cuando uno se ponía enfermo lo que tenía que hacer era morirse. La enfermedad no era sino un intento de la naturaleza para acostumbrar al hombre a la muerte".

¿No es realmente sublime? A mí, francamente, me lo parece.

Si te he despertado el interés en su lectura, puedes comprar el libro pinchando en este enlace.


lunes, 2 de mayo de 2016

El legado de los asombrosos duques de Alba

Protagonistas de guerras, leyendas negras y hazañas, devotos y promiscuos, mecenas y bohemios, amantes de reinas y amigos del escándalo. Cada uno de ellos ha sido un apasionante capítulo de una saga histórica que ahora tiene su continuación en Carlos Fitz-James Stuart y en su hijo Fernando, el nuevo soltero de oro del viejo continente.

GUTIERRE ALVAREZ DE TOLEDO (1376-1446)

Es quien inicia la línea nobiliaria. Obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, en 1429 obtuvo del rey Juan II el señorío de Alba de Tormes (Salamanca) como recompensa a su apoyo en los conflictos de la corona con los nobles castellanos. Su sobrino, Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, heredó de él las posesiones y, el mismo soberano, le convirtió también en conde de Alba de Tormes (1438).

Torre del obispo Don Gutierre, Castillo de Alba de Tormes, construida a comienzos del siglo XV y reforzada en el XVI.

GARCÍA ÁLVAREZ DE TOLEDO (1472-1488, 1 DUQUE DE ALBA)

Fue también marqués de Coria y conde de Salvatierra, hijo del primer conde de Alba de Tormes. El rey Enrique IV de Castilla elevó su título a ducado en 1472.


FADRIQUE ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ (1488-1531, II DUQUE DE ALBA)

Tuvo una importancia capital en la unidad de España. Intervino en la toma de Granada y estuvo presente en sus capitulaciones. Fernando el Católico le nombró general del ejército con el que conquistó el Reino de Navarra. Fue miembro del Consejo de Estado del emperador Carlos, quien le otorgó en 1520 la Grandeza de España y le concedió el Toisón de Oro.



FERNANDO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y PIMENTEL, EL GRAN DUQUE (1531-1582, III DUQUE DE ALBA)

Fue un personaje decisivo en la historia de los reinados de Carlos I y Felipe II. Participó en casi todos los conflictos de la época: liberó Viena del asedio de los turcos; tomó la ciudad de Roma por orden del emperador, enfrentándose al papa Pablo IV; combatió a los protestantes en Centroeuropa y de nuevo a los turcos en el norte de África, asegurando la supremacía hispana en el Mediterráneo. Tan fiel a la corona como cruel de sus enemigos, al duque se debe la leyenda negra que aún mancha la presencia española en los Países Bajos, a donde llegó para acabar con la rebelión de los nobles locales. Lo logró ordenando ejecuciones masivas y saqueos. Durante décadas su nombre aterrorizó a todo Flandes. A pesar de los servicios prestados, que hicieron de él un héroe del imperio y el mayor general de Europa, cayó en desgracia al permitir que su segundo hijo y sucesor se casara desafiando a Felipe II. El duque fue desterrado a la villa de Uceda durante un año, hasta que el rey le volvió a llamar para hacerse cargo de las tropas que tenían que tomar Portugal para la corona. Una vez más tuvo éxito en su misión y fue recompensado con el título de virrey de Portugal. Murió cerca de Lisboa y sus restos fueron enterrados, como los de sus antepasados, en Alba de Tormes (Salamanca).




FADRIQUE ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ DE GUZMÁN (1582-1585, IV DUQUE DE ALBA)

Había enviudado dos veces cuando se comprometió con Magdalena de Guzmán, dama de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, pero incumplió la promesa al casarse en secreto con María de Toledo, lo que le valió primero ir a prisión, y luego su retiro permanente en Alba de Tormes. Solo tuvo un hijo y este murió siendo un niño, por lo que su sobrino heredó los títulos.



ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y BEAUMONT (1585-1639, V DUQUE DE ALBA)

Sirvió a Felipe III y Felipe IV principalmente como virrey de Nápoles, aunque también ocupó importantes cargos en la Corte de Madrid. Mecenas de Lope de Vega, a él dedicó el poeta varias de sus obras y le convirtió en uno de los personajes de su obra "La Arcadia".



FERNANDO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y MENDOZA (1639-1667, VI DUQUE DE ALBA)

Su primer matrimonio fue con la marquesa de Villanueva del Río, que falleció joven, dejando a su marido en herencia el sevillano Palacio de las Dueñas. Fue un entusiasta de las artes y las letras y tuvo entre sus protegidos a Calderón de la Barca.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ DE RIBERA (1667-1690, VII DUQUE DE ALBA

Fue el único hijo de Fernando, el anterior duque. Pasó por el altar en dos ocasiones. Del segundo enlace, con Guiomar da Silva Mendoza Corella, nació su sucesor que sería el octavo duque de Alba. Su segundo hijo se convertiría años después en el décimo duque de Alba.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y FERNÁNDEZ DE VELASCO (1690-1701, VIII DUQUE DE ALBA)

Su boda con la hija del marqués de Ayamonte fue un acontecimiento social en Sevilla, donde la familia había fijado su segunda residencia, aunque el duque de Alba, como lo hicieron sus antepasados, seguía ocupando un lugar de privilegio en la corte madrileña.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y GUZMÁN (1701-1711, IX DUQUE DE ALBA)

Tuvo tres hijos que murieron en la infancia por lo que el título pasó a su tío paterno.

FRANCISCO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y Y SILVA (1711-1739, X DUQUE DE ALBA)

Contrajo matrimonio con Catalina de Haro y Guzmán, marquesa de Carpio, condesa de Monterrey y Grande de España como él. Los títulos y honores se iban acumulando en la familia, aunque para desgracia del duque, no hubo forma de transmitirlos a un hijo varón.

MARÍA TERESA ÁLVAREZ DE TOLEDO Y Y HARO (1739-1755, XI DUQUESA DE ALBA)

Antes de convertirse en la primera mujer al frente de este linaje y en heredera de la mayor fortuna de Europa, su padre se enfrentó a la difícil tarea de encontrar el esposo adecuado para llevar con dignidad el título de duque consorte. El elegido entre decenas de pretendientes fue Manuel María José de Silva, conde de Galve, que asumió su papel de actor secundario encargado de asegurar la descendencia. Silva pasó a ser el primer apellido de sus tres hijos, pero como la Casa de Alba siempre ha tenido sus propias leyes nobiliarias, los descendientes han podido mantener el de Álvarez de Toledo a su voluntad. La segunda hija del matrimonio, María Teresa, se casó con Jacobo Francisco Fitz-James Stuart, III duque de Berwick. El abuelo de éste fue el hijo bastardo favorito del rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia (Fitz-James significa "hijo de James", nombre que también se puede traducir como Jacobo) y de Arabella Churchill, antepasada del que sería primer ministro británico, emparentado por tanto con los Alba. El I duque de Berwick fue además el general que dirigió las tropas de Felipe V en la Guerra de Sucesión española (1700), ganando la corona para los Borbones. Por eso se le concedieron los ducados de Liria y Xerica, y la Grandeza de España. Con esta rama familiar se iniciaría un nuevo capítulo en la Casa de Alba.



FERNANDO DE SILVA Y ÁLVAREZ DE TOLEDO (1755-1776, XII DUQUE DE ALBA)

Hombre de la ilustración, más vinculado a las artes que a la política. Director de la Real Academia Española, fue quien ordenó construir el Palacio de Piedrahita (Ávila) y la Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Al fallecer su único hijo varón, los derechos sucesorios pasaron a su nieta, María Teresa, una niña díscola que solía escaparse de casa para disfrutar de la vida de Madrid. El duque quiso dejar su legado bien atado concertando la boda de su heredera con un primo, José Álvarez de Toledo y Gonzaga, duque de Medina Sidonia, una familia de tanta historia como los Alba. María Teresa tenía 12 años y hubo que esperar a su primera menstruación para consumar el matrimonio.




MARÍA TERESA CAYETANA DE SILVA ÁLVAREZ DE TOLEDO (1776-1802, XIII DUQUESA DE ALBA)

Acababa de cumplir 14 años y ya era la mujer más poderosa del reino, y estaba en boca de todos. Quería vivir intensamente y su marido, hombre de la cultura y de una reputación intachable, ni pudo ni quiso cortarle las alas a pesar del escándalo que provocaban sus correrías por las fiestas populares de Madrid y el rodearse de plebeyos en las fiestas palaciegas. Su primer amante fue su padrastro, el conde italiano Joaquín Pignatelli, con quien se casó su madre al poco de enviudar. Él fue la razón del odio que compartieron toda la vida la duquesa y la princesa de Asturias, María Luisa, futura reina consorte de Carlos IV. Ambas se disputaron al italiano y, con ambas, el conde intercambió placeres y regalos. Cuando Pignatelli desapareció de escena exiliado en París, María Luisa lo sustituyó en el lecho por Manuel de Godoy, al que colocó al frente del gobierno de España. Razón más que suficiente para que la duquesa conspirara contra él junto a otros nobles, sin éxito. Harta de las intrigas de Madrid, María Teresa se refugió en el palacio que la familia tenía en Sanlúcar de Barrameda, en donde la solía visitar otro de sus conocidos amantes, Francisco de Goya. En esa misma época el artista pinta "La maja vestida" y "La maja desnuda", por lo que muchos vieron en esa figura su imagen desinhibida.

Su muerte llegó por sorpresa, tenía sólo 40 años. Se habló de unas fiebres virulentas, pero también de suicidio y de asesinato, dada la profunda enemistad con los reyes y con Manuel de Godoy. Nunca quedaron claras las causas.




CARLOS MIGUEL FITZ-JAMES STUART Y SILVA (1802-1835, XIV DUQUE DE ALBA)

María Teresa no tuvo hijos, de manera que hubo que buscar al sucesor en el pariente más cercano, Carlos, de la rama de los Fitz-James Stuart, primo segundo de la duquesa fallecida. De esa forma la Casa de Alba adquirió derechos y títulos tanto en Inglaterra como en Escocia, y tomó posesión del Palacio de Liria, que pertenecía a los duques de Berwick. El heredero se distinguió como coleccionista de arte y a él se debe en gran medida la espectacular colección que posee la familia.


JACOBO FITZ-JAMES STUART Y VENTIMIGLIA (1835-1881, XV DUQUE DE ALBA)

Su madre, la princesa de Grammonte, aportó nuevos títulos italianos. Y su mujer, María Francisca Palafox, hermana de Eugenia de Montijo, la emperatriz de Francia, lo vinculó con la realeza gala.




CARLOS MARÍA FITZ-JAMES STUART Y PALAFOX (1881-1901, XVI DUQUE DE ALBA)

Primogénito de Jacobo, se casó con María del Rosario Falcó y Osorio. Tuvieron tres hijos y, al morir su tío paterno sin sucesor directo, el duque tendría que haber heredado los títulos del Infantado y de Pastrana. Ambos patrimonios le hubieran convertido en el mayor terrateniente de Europa, triplicando las posesiones de la monarquía, por eso la Corona lo impidió.




JACOBO FITZ-JAMES STUART Y FALCÓ (1901-1953, XVII DUQUE DE ALBA)

La biografía "Jacobo Alba, la vida de novela del padre de la duquesa de Alba", escrita por Emilio Landaluce, descubrió al aristócrata exquisito, al historiador, al "bon vivant", al deportista olímpico -medalla en Amberes 1920 con el equipo de polo-, al hombre de estado, y al padre cariñoso que tanto quiso y tanto influyó en su hija Cayetana. Sus aficiones fueron tan variadas como sus amores. El primero de ellos lo encontró en Inglaterra al lado de Shelagh, esposa del duque de Westminster, enredado a su vez en un intenso romance con Coco Chanel. Después se prendó de Linda Lee Thomas, rica norteamericana pero divorciada, de modo que no podía ser una candidata apropiada para la Casa de Alba. Al menos conservaron una íntima amistad que perduró después de que ella se casara con el genial compositor Cole Porter, homosexual que no veía con malos ojos sus escarceos. Jacobo tenía que elegir una buena esposa, noble y a ser posible rica, ya que las finanzas de los Alba sufrían el desgaste de varias generaciones poco interesadas en gestionar el patrimonio. La elegida fue Rosario de Silva (1900-1934). "Es una chiquilla adorable. Nos llevamos casi 20 años pero se adaptará bien a mi vida. Es elegante, cosmopolita y liberal. Parece fuerte, una buena madre para mis hijos", confesaba en una carta a Linda. El 28 de marzo de 1926 nació su única hija, Cayetana, en una de las habitaciones del Palacio de Liria, mientras su padre esperaba la noticia charlando en el salón con José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Los padrinos del bautismo de la niña fueron los reyes, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, o Ena, como él solía llamar a su amor más secreto. La reina le correspondía aunque nunca llegaron a ser amantes: la primera y única vez que se abrazaron fue en la estación de Les Aubray, de París, donde Jacobo recibió a una reina desolada en el comienzo de su exilio. Cuando el duque falleció en Suiza, con Cayetana a su lado, tenía la cruz de Victoria Eugenia en el pecho.




CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y SILVA (1953-2014, XVIII DUQUESA DE ALBA)

Tenía solo ocho años cuando perdió a su madre y todos sus afectos se volcaron en su padre. Era habitual ver la estampa de Cayetana aferrada a su mano y paseando juntos por las calles de Londres, donde el duque estaba al frente de la embajada española. La pequeña tuvo como compañera de juegos a la futura reina Isabel de Inglaterra y a su hermana Margarita, de manera que su presencia en Buckingham era tan habitual como las visitas de Winston Churchill a la embajada, al ser íntimo amigo de la familia y primo lejano de los Fitz-James.
Cuando heredó el ducado, y con él más de 40 títulos nobiliarios con 18 Grandezas de España, su primera tarea consistió en lograr financiación para terminar la reforma del Palacio de Liria, que había comenzado su padre dejando escuálidas las arcas familiares. Por entonces ya estaba casada con su primer marido, Luis Martínez de Irujo, elegido por el duque y aceptado como un deber por ella. El carácter discreto del consorte parecía aún más gris al compararlo con la intensidad vital de su mujer, quien siempre se sintió cómoda en la fiesta, entre flamencos, toreros y artistas. El padre de sus seis hijos murió de cáncer en 1972. Seis años más tarde se casaba con Jesús Aguirre, fallecido en 2001. Su última boda, con Alfonso Díez, sirvió para levantar acta final de su manera de ver el mundo: siempre abierta a los sentimientos, siempre dispuesta a vivir hasta las últimas consecuencias; siempre libre.




CARLOS FITZ-JAMES STUART Y MARTÍNEZ DE IRUJO (66 AÑOS, XIX DUQUE DE ALBA)

Su mayo deseo como heredero ha sido un imposible: el anonimato. Al menos se ha refugiado en una discreción que se agudizó después del fracaso de su matrimonio con Matilde Solís-Beaumont, concluido con una dolorosa nulidad eclesiástica. "Carlos es conservador y protegerá el título", decía Cayetana en su biografía "Lo que la vida me ha enseñado". De hecho, ese ha sido su propósito desde que tomó conciencia del peso de su apellido. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, tras morir su padre se dedicó a gestionar, sobre todo con la ayuda de su hermano Cayetano, la riqueza familiar, y conservar e incrementar su colosal patrimonio artístico. La familia lo es todo. Ese es el principal legado de su madre y Carlos lo ha hecho suyo. "Puedo decir con total sinceridad que mantengo unas relaciones excelentes con mis hermanos, basadas en un mutuo afecto y respeto. Aunque como le ocurre a casi todo el mundo, las obligaciones personales y profesionales de todos nos impiden vernos más a menudo", afirmó a la Agencia EFE. Poco tendrá que ver el duque con la figura extrovertida y vital de Cayetana. Mantendrá el mismo perfil bajo que parece haber inculcado en sus dos hijos, Fernando y Carlos, especialmente en el primero, próximo duque de Huesca a sus 24 años: licenciado en Derecho como su padre, sevillano hasta la médula como su abuela, y soltero de oro internacional.




Con ocasión del fallecimiento de la Duquesa de Alba, ABC publicó este interesantísimo documento en pdf que contiene la genealogía completa de la Casa de Alba. Imprescindible su descarga para los amantes de la Historia.


miércoles, 27 de abril de 2016

La epopeya más antigua de la humanidad

Gilgamesh es un personaje literario de la mitología sumeria considerado rey de Uruk hacia el año 2650 a.C. Aunque su nombre está incluido en la Lista Real Sumeria, no se ha podido confirmar que existiera verdaderamente. Es el protagonista del Poema de Gilgamesh, una composición épica contenida en doce tablillas de arcilla.

La figura de Gilgamesh ha sido representada en numerosas obras de arte como la que puede apreciarse en la fotografía, un fragmento de un relieve asirio del siglo VII a.C. que representa a un héroe, posiblemente Gilgamesh, dominando a un león. Procede del palacio de Sargón II, rey de Assur (722-705 a.C.), en Jorsaband (Museo del Louvre de París).


El Poema de Gilgamesh narra las aventuras de este rey legendario y de su amigo Enkidu en busca de la gloria, y sus enfrentamientos con animales fantásticos y peligrosos. Pero tras la muerte de su compañero, el objetivo de Gilgamesh será encontrar la inmortalidad. La epopeya es considerada la primera narración escrita de la historia y la más antigua reflexión sobre la condición humana, puesto que trata algunos de los temas fundamentales de la literatura universal como el poder, la amistad o, sobre todo, la muerte.


lunes, 25 de abril de 2016

Cixí, de concubina a emperatriz de China

Su lema fue zi-qiang, «hacer fuerte a China», y para lograrlo no dudó en enfrentarse a Japón, a Occidente y a su hijo, el emperador Guangxu, de quien hizo un prisionero en palacio.

En el invierno de 1861, un deprimido emperador Xianfeng moría en la frontera de Mongolia, adonde se había retirado con la corte tras el ataque de franceses y británicos a Beijing (Pekín) durante la segunda guerra del opio. Dejaba un heredero de cinco años, Tongzhi, hijo de la concubina Yi («ejemplar»), un consejo de regencia formado por los nobles tradicionalistas que habían apoyado la guerra con Occidente, y un país devastado por la contienda y por la cruenta rebelión campesina de los Taiping, que controlaban un tercio del país.



El complot de las viudas

El genio y la ambición de la concubina Yi no tardaron en revelarse. Dado el negro panorama que se abría ante China y su hijo, orquestó un golpe con Zhen, esposa principal del difunto emperador (y como tal, madre oficial de Tongzhi), y con dos hermanos de Xianfeng, el príncipe Gong, partidario de contemporizar con Occidente, y el príncipe Chun, al que Cixí había podido casar con su hermana menor. Si fracasaban, se enfrentarían, como traidores, a la pena con el explícito nombre de «muerte de los mil cortes».

Primero, ambas mujeres –que no tenían poder de ningún tipo– persuadieron a los regentes de que dos sellos supuestamente pertenecientes al emperador niño y custodiados por ellas fuesen empleados para validar los decretos del consejo como simple formalidad, pues el pequeño no podía escribirlos de su puño y letra en tinta roja, según la costumbre. Más tarde, ante el consejo y con el niño presente, pidieron que se les permitiera participar en el gobierno. Los regentes rechazaron agriamente la petición y sus gritos asustaron al niño, que se mojó los pantalones. La ofensiva actuación de los regentes permitió acusarlos de traición –y destituirlos– mediante sendos decretos validados con los sellos en poder de Zhen y de Yi. Las dos viudas, que debían gobernar hasta la mayoría de edad del emperador niño, adoptaron nuevos nombres: Zhen tomó el de Ci’an («bondadosa y serena»); Yi, el de Cixí («bondadosa y alegre»).

Comienzan las reformas

Durante las cinco décadas siguientes la trayectoria de China estuvo marcada por las decisiones de Cixí, que impondría su autoridad a pesar de la posición inferior que el rígido protocolo de la corte asignaba a la mujer: la emperatriz viuda presidía las audiencias tras un biombo, pues los ministros no debían verla, y nunca pisó el recinto delantero de la Ciudad Prohibida, reservado al emperador. Por ello necesitó a hombres fieles que aplicasen sus decisiones, como el príncipe Gong, que estuvo al frente del Gran Consejo imperial; y siempre tuvo que ejercer el poder como regente, debiéndose retirar cuando un emperador alcanzaba la mayoría de edad. De ahí que, al gobernar en la sombra, sus logros fuesen atribuidos a otros personajes, mientras ella era vista como una conspiradora taimada y sanguinaria.

Cixí no medía mucho más de metro y medio, pero cuando se enfadaba su fría mirada era temible; el general Yuan Shikai, futuro primer presidente de la república china, explicaba que «me ponía a sudar» cuando Cixí fijaba sus ojos en él. La emperatriz se movía con elegancia sobre los zapatos con suela de hasta 14 centímetros que usaban las mujeres manchúes. Tenía una piel espléndida y en sus manos, delicadas, lucía largas uñas resguardadas con protectores enjoyados; prestaba gran atención a la cosmética y supervisaba la confección en palacio de los perfumes y jabones que empleaba.

En China, los gobernantes manchúes –que dominaban a la mayoritaria etnia han– se dividían entre los que se mostraban contrarios a los occidentales y quienes, como Cixí, querían modernizar China para impulsar su economía y evitar la sumisión a Occidente. Así lo había hecho Japón, que se convirtió en una grave amenaza para China. Cixí era partidaria de la occidentalización, aunque no a cualquier precio. Por ejemplo, tardó casi veinte años en decretar la construcción del ferrocarril, porque podía perturbar el reposo de los difuntos; y no quiso promover fábricas textiles porque quitaban trabajo a las mujeres. Sabía, además, que las reformas suscitaban una intensa oposición tanto entre el pueblo como entre la nobleza y los funcionarios, que en su mayoría detestaban a los bárbaros de Occidente.

A pesar de las críticas, Cixí pacificó el país, saneó sus cuentas, creó una armada y promovió la apertura al mundo con la ayuda de occidentales que dirigieron el ejército que aplastó a los Taiping, organizaron las aduanas y actuaron como embajadores. Con la mayoría de edad de Tongzhi, Cixí tuvo que retirarse en 1873. Pero su hijo no sentía ningún interés por el gobierno –prefería la ópera y el sexo– ni por su pía esposa Alute, a pesar de lo cual ésta se dejó morir de inanición, en la más estricta tradición confuciana, después de que la viruela matara a Tongzhi en 1875. Muchos adjudicaron sus muertes a las pérfidas artes de una Cixí sedienta de poder, lo que alimentó la leyenda negra de la emperatriz.

El fallecido Tongzhi no dejó sucesor, de manera que Cixí volvió a tomar las riendas del gobierno. Lo hizo como regente de un nuevo emperador, Guangxu, de tres años, a quien adoptó; era el hijo de su hermana y del príncipe Chun. Entonces impulsó una segunda oleada modernizadora que incluyó la llegada de la electricidad, la minería del carbón y una guerra contra Francia (acabada en tablas) porque no quiso satisfacer las apetencias territoriales galas en la frontera entre China y Vietnam.

Reacción en la corte

Todo cambió cuando Cixí tuvo que dejar el poder a Guangxu en 1889. Su frío trato al niño (que se dirigía oficialmente a ella como «querido papá») los distanció, sobre todo desde que el príncipe Chun –instigado por la propia Cixí– había obligado al imperial retoño a arrodillarse ante la regente y pedirle que siguiera gobernando un tiempo más. Los estudios absorbían a Guangxu, educado por el Gran Tutor Weng en la más rigurosa rigurosa ortodoxia confuciana y el recelo a todo lo occidental. Su incomprensión del mundo moderno llevó al abandono del programa naval y propició una demoledora derrota ante Japón, en 1895. La crisis hizo que Cixí volviera como gobernante de hecho. Para ello no dudó en amenazar a Guangxu con desvelar los turbios negocios (incluida la venta de cargos) que su concubina Perla realizaba al abrigo de su puesto.

La tensión entre Cixí y su hijo, y entre reformistas y tradicionalistas, dio pie a la irrupción de un nuevo personaje: Kang Youwei. Sus propuestas reformistas le valieron ascendiente sobre Cixí, que lo introdujo en la corte. Allí se granjeó el aprecio de Guangxu y maniobró para hacerse con los resortes del gobierno, situando a sus acólitos en el entorno del emperador, al que colmaba de halagos. Pero ocupar el poder requería deshacerse de Cixí, a la que quiso asesinar con ayuda de Japón; allí se refugió cuando se descubrió el complot. Cixí supo que su hijo estaba al corriente de la trama y lo convirtió en prisionero en su propio palacio. Pero ocultó la actuación de Guangxu para no comprometer a la dinastía, y éste y Kang quedaron ante el mundo como reformadores mártires de una despótica Cixí, rechazada por unas potencias occidentales que esperaban apoderarse de territorio chino.

Justo entonces, las agresiones alemanas en Shandong desataron la rebelión nacionalista y anticristiana de los bóxers. Las potencias amenazaron a Cixí con atacar si no prohibía las sociedades nacionalistas, pero ella rechazó el ultimátum y les declaró la guerra utilizando a los bóxers como fuerza de choque, aunque intentó evitar sus ataques a cristianos chinos y a los extranjeros. China fue derrotada, pero la élite dirigente arropó a una Cixí capaz de publicar el insólito Decreto del Remordimiento, en el que se reprochaba a sí misma la devastación causada por la guerra. Le siguió, en enero de 1901, el anuncio de reformas que igualasen el país con Occidente y que removieron todos los aspectos de la vida china: se autorizaron los matrimonios entre los han y los manchúes, se prohibió el vendado de pies a que eran sometidas las niñas han y se abrió una era de insólita libertad de prensa, que enervó incluso a los dirigentes más reformistas.

Entrada del ejército aliado en Beijing (Pekín) para sofocar la revuelta de los bóxers, el 14 de agosto de 1901.
Cixí acometió entonces el mayor de los cambios: en 1906 anunció la transformación de China en una monarquía constitucional, lo que incluía el derecho al voto. La muerte la detuvo antes de completar su obra, el 15 de noviembre de 1908. El día anterior había expirado Guangxu. Murió envenenado por orden de Cixí, temerosa de que el débil soberano convirtiera su país en una presa fácil de Japón. No es de extrañar que un diplomático francés la definiera como «el único hombre de China».

Vía National Geographic.

Para saber más:

- Cixí, la emperatriz, Jung Chang. Editorial Taurus, Madrid, 2014.
- Reportaje en pdf de La Vanguardia, edición de 6 de abril de 2014.