jueves, 29 de septiembre de 2016

El legado de Darío I

Las historias que componen la Historia global de la humanidad tienen un valor incalculable, y gracias al legado que en su tiempo algunos se propusieron conservar, hoy somos capaces de reconstruir nuestro pasado. Prestad atención a lo que os cuento en esta entrada porque tiene miga lo que ocurrió y cómo hemos llegado a saberlo.

Situémonos en Persia en el año 522 a. C. Su rey Cambises II se ve obligado a hacer frente a una revuelta encabezada por el mago Gaumata. Lo de mago no le viene a este señor porque fuese capaz de hacer trucos de magia sino porque los magos eran una tribu de Media que poseía su propia religión. El caso es que Cambises II no tiene éxito y no logra vencer la rebelión, y no se le ocurre otra cosa que suicidarse ante tamaño fracaso. Muerto el rey, su sucesor debía ser su hermano Esmerdis, ya que era requisito estar emparentado con la familia real. Pero hete aquí que Cambises II había temido con anterioridad que su hermano pudiera usurparle el trono, puesto que tenía que emprender una campaña contra Egipto, y ordenó que se lo cargaran mientras él iba de viaje. Los persas no sabían nada de este asesinato, y Gaumata, que no tenía un pelo de tonto, aprovechó el vacío de poder para hacerse pasar por Esmerdis y asumir el trono.

El caso es que este tipo fue rey de Persia durante unos ocho meses hasta que Darío I, que pertenecía a la guardia real, se entera de lo que pasa y decide acabar con esta situación enfrentándose a Gaumata. Y lo hizo muy bien porque, con la colaboración de seis nobles logró atraparle y asesinarle hacia el año 521 a. C. en la fortaleza de Nisaya. Y claro, tras este hecho, y dado que él estaba emparentado con la familia real por medio de una rama secundaria, asume el trono y se convierte en Darío I el Grande, y lo de grande no le viene ídem para definirle ya que reformó el imperio persa por completo dividiéndolo en 20 satrapías (provincias) y creó una estructura administrativa y económica espectacular en aquella época. De hecho, posteriores civilizaciones han imitado de alguna manera a los persas.

Bien, ahora ya sabéis los hechos, pero ¿cómo hemos podido nosotros llegar a conocerlos? Pues muy sencillo, aparentemente... Darío I decidió crear un legado que hoy en día es conocido como “La inscripción de Behistún”, un monumento de unos 50 metros de largo y 30 de ancho, que aún se encuentra en su emplazamiento original, en la pared de un acantilado en la provincia de Kermanshah al oeste de Irán. La podéis ver en la foto.

Vía Diario de Marduk Apsu

Darío I ordenó su realización en un acantilado en torno al año 520 a. C. con el fin de que perduraran sus victorias en el futuro, quizá como argumento propagandístico, y su valor historiográfico es enorme ya que narra en primera persona cómo ocurrieron los hechos. Pero ahí no queda todo, porque esta inscripción está escrita en tres lenguas diferentes, persa antiguo, elamita y acadio, y ésta fue la clave para descifrar la escritura cuneiforme. En el siglo XIX, Sir Henry Rawlinson descifró primero el texto persa y despues los textos elamitas y babilónicos. Por este motivo se la ha llegado a denominar la piedra Rosetta de la escritura cuneiforme.

Y si has leído hasta aquí, premio en forma de bonus porque en el texto Darío nos cuenta el motivo de hacerlo en un sitio tan complicado como es el acantilado. Como precaución, ordenó cortar la ladera pues pretendía que el acceso fuese muy complicado para evitar su destrucción, quería que sus hazañas se conocieran y perduraran en el tiempo para que las generaciones futuras conocieran su grandeza y la transmitieran, y así quedó escrito en la piedra:

Por voluntad de Ahura Mazda, otras muchas cosas, que fueron hechas por mí hay; todas ellas no se han escrito en esta inscripción, por eso, quien esta inscripción en el futuro lea y dude sobre lo que ha sido hecho por mí y no lo crea, que piense que no es mentira. Y si tú este testimonio no lo ocultas se lo dices a las gentes, que Ahura Mazda te asista y a tu estirpe y que tú vivas también mucho tiempo; pero si por el contrario escondes este testimonio no lo cuentas a las gentes, que Ahura Mazda te mate y tu simiente que no la conserves”.

En esta foto propiedad de Egipto a Roma se puede apreciar la ladera cortada.

Darío I logró plenamente su propósito: 2.500 años después su obra sigue intacta.

martes, 27 de septiembre de 2016

El empirismo

El empirismo es una corriente filosófica que se desarrolló en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII y se define a través de dos tesis principales:

1. El conocimiento se origina en la experiencia sensible, es decir, lo primordial está en las sensaciones o en los sentimientos en tanto que ambos surgen del contacto directo e inmediato entre las cosas del mundo y los órganos sensoriales de los seres humanos.

2. La experiencia sensible no es solo el origen del conocimiento y de la moral sino que es aquello a partir de lo cual se organizan y se legitiman ambos (en la medida en que tanto los juicios sobre los hechos como los juicios morales se anclan, respectivamente, en las sensaciones o en los sentimientos).

Características del empirismo
Estas dos tesis convergentes conducen a que la tradición empirista rechace tanto la filosofía medieval (el platonismo de San Agustín o el aristotelismo de Santo Tomás) como el Racionalismo del siglo XVII que hemos visto en anteriores entradas (Descartes, Spinoza, Leibniz). Del Racionalismo rechazan, por ejemplo, tanto la primacía del conocimiento matemático como la consideración de que el auténtico conocimiento surge de ideas innatas.

El empirismo se erige sobre el principio de que la base del conocimiento está en la observación (en los datos sensoriales) y la base de la moral está en la pasión (en las emociones, los sentimientos, los afectos). Todo aquello que no encuentre su refrendo o su apoyo en la experiencia sensible de los seres humanos tiene que ser rechazado y descartado por “abstracto” (por “metafísico”, por ser una “especulación trazada en el aire”). Desde el empirismo, en definitiva, se desplegó una crítica de la escolástica medieval y del racionalismo en la que se discrepa de sus conceptos sobre el Mundo, Dios y el Hombre (y también de la substancia, la esencia y la existencia, la identidad, la causalidad...).

Hay, de todos modos, un punto en común entre el Racionalismo y el Empirismo: ambas corrientes filosóficas modernas comparten la tesis de que debe comenzarse siempre –con el fin de fundamentar el conocimiento y la moral- desde la conciencia humana y sus contenidos (sus “representaciones”). Solo así podrá localizarse la base sobre la que reposa el conocimiento, la moral y la política.

Los autores empiristas más destacados –herederos en cierta medida del Nominalismo del final de la Edad Media y de la posición del renacentista Francis Bacon- fueron Hobbes, Locke, Berkeley y Hume (siendo este último el empirista más consecuente, el que llevó más lejos los principios de esta tradición filosófica).

Thomas Hobbes

jueves, 22 de septiembre de 2016

La mónada y sus gradaciones según Leibniz

En general la filosofía racionalista proponía una teoría del conjunto de la realidad centrada en la idea de “substancia”: los entes, todos los seres, son substancias, es decir, algo que al menos hasta cierto punto subsiste por sí mismo, es independiente y autosuficiente. Descartes, en este contexto, se refirió a tres substancias: Dios como substancia infinita y perfecta; el yo pienso o la substancia pensante (sede de las ideas o representaciones); la substancia extensa (la realidad física, la materia en el espacio tridimensional, un objeto explicable según leyes mecánicas puramente cuantitativas. Por su parte Spinoza alude a una única substancia (la Naturaleza) con sus infinitos atributos y sus modos. Pero para Leibniz hay una multiplicidad infinita de substancias -no tres como en Descartes o una como en Spinoza- que están organizadas jerárquicamente, es decir, hay entre ellas grados de perfección, pues unas substancias son más perfectas que otras.

Gottfried Leibniz
La tesis principal de Leibniz es que cada substancia es una “mónada”, un término que únicamente significa “unidad”. Las mónadas básicas y principales son “simples”, carecen de partes en las que puedan ser divididas o analizadas. Puesto que se denomina generalmente “materia” a lo que puede ser dividido en partes más pequeñas, él concluye que las mónadas simples son “inmateriales” (con ello no niega que exista en el universo “materia”, sólo dice que ésta es algo derivado, secundario, subordinado). Sin embargo, la mayoría de los seres que pueblan el universo son entidades compuestas, es decir, agregados o conglomerados de mónadas (un árbol o un caballo es una unidad de unidades, y un triángulo es la unidad de tres rectas, etc.).

Las mónadas se definen por su fuerza, por su impulso a la acción, al cambio. Toda substancia, así, está animada por un dinamismo interno, un movimiento propio. Cada mónada incluye, por lo tanto, un principio activo. Este principio activo se concreta según dos vías o se despliega según dos vertientes: la percepción y la apetición (el percibir y el apetecer). Por la percepción la mónada conoce algo, por su apetito desea algo. Precisamente porque lo que anima a que se pase de un conocimiento -una representación del mundo desde una perspectiva- a otro conocimiento es el deseo, Leibniz afirma que en las mónadas hay una primacía del apetecer sobre el percibir.


En la infinita multiplicidad de las mónadas -o de los seres compuestos con ellas- hay una rigurosa y estricta gradación, una escala jerárquica según niveles de mayor o menor perfección. Hay una organización piramidal que sostiene el conjunto del universo, la totalidad de los entes. En la cúspide de la pirámide está Dios, la substancia suprema, el fundamento de todas las cosas. De esta Mónada superior y perfecta procede el “acto creador”. ¿Qué significa esto? Que en la gradación de las mónadas hay una separación, un corte, una discontinuidad entre el Ente Supremo y los seres creados (el primero es necesario y los segundos contingentes). Por debajo de la cúspide de la pirámide están los seres vivos: las mónadas animadas. En este nivel hay también diferencias jerárquicas: en el estrato superior están los seres humanos, seres dotados de razón, de entendimiento y voluntad; en el nivel intermedio están los animales, provistos de sensibilidad y memoria; y en el estrato inferior las plantas, con sensibilidad, pero sin memoria. Por último, en el nivel más bajo se encuentran las substancias físicas: seres materiales y extensos, entidades explicables según leyes mecánicas plasmadas en fórmulas matemáticas que fijan entre ellas relaciones de causalidad.

Dios y el mundo según Leibniz.

Para concluir, puede destacarse que el papel de la Mónada divina, del Ente Supremo, es, además de crearlo todo, “armonizar” la totalidad de las mónadas. En la substancia divina está el fundamento de la “armonía preestablecida”, eso explica el orden y la regularidad que hay entre las mónadas creadas, una armonía que consiste en una sincronización universal de las acciones y los movimientos de las substancias.

martes, 20 de septiembre de 2016

Caillebotte: pintor y jardinero

En repetidas ocasiones he comentado mi gusto y admiración por la pintura impresionista, así que este mes de agosto me he acercado a ver el Museo Thyssen, que hasta ahora no había visitado y tenía unas ganas enormes de verlo con calma, y he podido disfrutar con las 64 obras de Gustave Caillebotte (1848-1894), procedentes de colecciones privadas y museos internacionales, que están expuestas allí hasta el 30 de octubre. Caillebotte perteneció a esa generación de parisinos de finales del XIX que estaba ebria de optimismo ante la vida urbana moderna, y debe su celebridad sobre todo a su visión de los nuevos barrios de París trazados por el barón Haussmann, aunque su vida y su obra se reparten entre la ciudad y el campo.

Autorretrato en el caballete (1878-1879)
Entre 1881 y 1882, Caillebotte pintó el primer cuadro donde la materia se exhibe geométricamente, alejada ya del sabio desorden de los sentidos que puebla los bodegones. Las naranjas y manzanas en el puesto de un frutero aparecen como una mercancía abstracta, como si se tratara de cadáveres en sus ataúdes.

Fruta en un escaparate (1881-1882)
Antes de ingresar en la École des Beaux-Arts, Caillebotte frecuenta el estudio del retratista Léon Bonnat y viaja a Italia en 1872. Tras una serie de dibujos y bocetos al óleo, sus primeras composiciones, como Pintores en un edificio (1877) o Los acuchilladores (1875), revelan una sólida formación artística. Pero su decisión de representar el mundo obrero sin acentuar sus miserias le sitúa ya entre los partidarios de la Nueva Pintura que se dedican a plasmar la vida moderna.

Remero con sombrero de copa (detalle, 1878)
El pintor es testigo de las transformaciones de París durante el Segundo Imperio. Aún no tiene 20 años cuando su familia se instala en la Rue de Miromesnil, entre la Ópera y la Place de Étoile, en el distrito en el que se levantan los edificios más elegante del París del barón Haussmann. En sus obras juveniles figuran la ciudad nueva y sus habitantes, una sociedad en plena evolución en la que los obreros con sus blusones se cruzan con miembros de la alta burguesía con sus sombreros de copa. En 1875 Caillebotte empieza a coleccionar cuadros de los impresionistas y a organizar exposiciones. Sin embargo, a diferencia de sus amigos, cuando pinta París no le interesan los muelles del Sena ni el bullicio de los grandes bulevares. Describe una ciudad nueva y pulida que suele representar desde un punto de vista elevado. Dominan en estas obras los tonos grises, y sólo las hojas de los árboles ponen en ellas una nota de color. Un vistazo rápido a Calle de París, tiempo lluvioso provoca una sonrisa de complicidad con Haussmann. La imagen está enmarcada a la derecha por un edificio comercial y a la izquierda por una carretera que desaparece en la distancia como punto de fuga. Aparecen tres personajes principales que reaccionan a las posiciones corporales de los demás, y el autor se sirve de un poste de la luz para aislar a los personajes del resto de la obra.

Calle de París, tiempo lluvioso (1877).
En 1860 el padre del artista compra una finca en Yerres, al sudeste de París. El joven Gustave descubre la naturaleza en el parque de estilo inglés que rodea la casa, jardín privado que se ha conservado hasta hoy con su fisionomía original. En esos veranos realiza en el campo sus primeros dibujos al aire libre, para luego centrarse en motivos del jardín y el huerto, que responden mejor a su gusto por las perspectivas marcadas y la naturaleza bien ordenada. En 1876 empieza a pintar lienzos más ambiciosos que son como una versión rústica de sus escenas de la vida urbana contemporánea. El río Yerres es escenario de deportes náuticos que están de moda en esos años finales de siglo. Las obras que allí pinta se distinguen por una composición muy original, al igual que sus vistas de París, y también por una paleta de vivos colores.

En 1879 Caillebotte participa en la cuarta exposición impresionista, sobre todo, con cuadros inspirados en Yerres. Los críticos le vapulean. Además de condenar los tonos neutros de sus obras de temática urbana, les parece que pinta con un exceso de azules: "Todo es azul en él. Asusta pensar lo que puede gastarse en azul cobalto, en azul ultramar y en añil", se burla Louis Leroy en Le Charivari.

Piraguas en el río Yerres (detalle, 1877)
En 1879 los hermanos Caillebotte, Gustave y Martial, venden la finca de Yerres y compran un terreno en Petit Gennevilliers, enfrente de Argenteuil, donde se construyen una casa y plantan algunas flores. Están al lado del Círculo de Vela de París, y se apasionan por la navegación. Gustave diseña veleros que son perfectos para la competición, y con los que vence en todas las regatas en las que participa. Como hizo antes Monet, pinta las embarcaciones del Sena y el puente de Argenteuil. También pinta los campos de la llanura de Gennevilliers, y la ropa blanca que se tiende en los lavaderos y chasquea con el viento. Alterna entonces estudios muy aéreos, de tipo impresionista, con encuadres más construidos en los que, como es su costumbre, adopta un punto de vista elevado.

Durante el verano se traslada a la costa de Normandía, donde pinta marinas o paisajes puros con una técnica suelta y fluida que es claramente impresionista. Ve a menudo a Monet, quien en 1881 cambia Vétheuil por Poissy, y después, en 1883, se establece en Giverny.

El Sena y el puente del ferrocarril de Argenteuil (1885)
Cuando en 1887 se casa su hermano Martial, Gustave le compra su parte de la finca que habían adquirido juntos y le dice a Monet en una carta: "Ya no tengo más domicilio que el de Petit Gennevilliers". A partir de entonces va comprando las parcelas contiguas hasta multiplicar por cuatro la extensión de su propiedad. Allí construye un gran estudio y un invernadero, y hace que le lleven en gabarras por el río, "la tierra fértil que no le podía ofrecer el suelo de aquel árido rincón de las afueras". Instala también una bomba de agua y un sistema de riego automático, y rebordean por entero el jardín, al que se dedica con mucha energía. En su correspondencia con Monet y con el escritor Octave Mirbeau habla sobre todo de horticultura, y desde entonces sus cuadros se inspiran casi exclusivamente en el jardín y en las flores que cultiva en el invernadero rebosante de orquídeas. Para decorar el comedor de la casa pinta unos paneles en las puertas con los que le da el aspecto de un invernadero rebosante de orquídeas. Para completar ese efecto de naturaleza exuberante, añade otros paneles decorativos en los que las capuchinas invaden con libertad el espacio. El conjunto se va a completar con un gran lienzo que es como un tapiz de margaritas, pero Caillebotte muere prematuramente a los 45 años de edad, y el proyecto queda inacabado. La finca desaparecerá definitivamente durante los bombardeos de 1944. Mientras tanto, esa idea de unas pinturas de gran formato que sustituyen a los muros y que sumergen al espectador en un desbordante mundo vegetal, será realizada por Monet en las grandes obras que hoy se exponen en la Orangerie.

Los girasoles, jardín de Petit Gennevilliers (1885)

Esta entrada ha sido escrita con la información contenida en el folleto que el Museo Thyssen facilita a la entrada, así como con mis propias aportaciones y opiniones personales. En esta dirección accedes directamente al microsite dedicado a la exposición, y te animo a que la visites porque es una auténtica maravilla, al igual que toda la colección que alberga el museo.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La primera fotografía en la que aparece un ser humano

Boulevard du Temple

La primera fotografía en la que apareció un ser humano fue tomada por Louis Daguerre a finales de 1838 o principios de 1839. La imagen se titula Boulevard du Temple y en ella sale un hombre en la esquina inferior izquierda que se está limpiando las botas como vemos a continuación. Esta curiosidad constituye, sin duda, uno de los legados fotográficos más importantes de la Historia.

Detalle de la foto
 Vía Abadía Digital.

martes, 13 de septiembre de 2016

Reseña de "El mundo de ayer: memorias de un europeo", de Stefan Zweig

He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes, el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.
El mundo de ayer: memorias de un europeo es la autobiografía de Stefan Zweig, posiblemente uno de los escritores más prestigiosos y comentados del siglo XX debido a que su vida transcurrió entre las dos guerras mundiales, lo que le convirtió en un sufrido espectador del siglo más sangriento de nuestra Historia Universal. De familia acaudalada, fue un intelectual y escritor de reconocido prestigio en su época que tuvo la oportunidad de viajar mucho (aún no existían los pasaportes) y de conocer a relevantes personajes tanto del mundo de la cultura literaria, como de la política o de la artística. Entre ellos podemos citar a Sigmund Freud, Rainer Maria Rilke, Auguste Rodin, Walter Rathenau, Richard Strauss, James Joyce, Thomas Mann, Paul Valéry, H. G. Wells, Benedetto Croce, Albert Einstein o Béla Bartok, por citar sólo una pequeña muestra. Desde luego, la lista por sí sola ya es indicativo de que no estamos ante la figura de un hombre cualquiera.

El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Stefan Zweig.
"Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento, representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en reluciente piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. [...] Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón."
"En opinión generalmente aceptada, la verdadera y típica finalidad de la vida de un judío consiste en hacerse rico. Nada más falso. Para él, llegar a ser rico significa sólo un escalón, un medio para lograr el auténtico objetivo, pero nunca es un fin en sí mismo. [...] El hombre piadoso, el erudito de la Biblia, está mil veces mejor visto por la comunidad que el rico; incluso el más acaudalado preferirá entregar a su hija en matrimonio a un  intelectual pobre de solemnidad que a un comerciante. [...] He ahí por qué el afán de riqueza del judaísmo se agota en una familia al cabo de dos, a lo sumo tres, generaciones, y precisamente las dinastías más poderosas encuentran a sus hijos mal predispuestos a hacerse cargo de los bancos, las fábricas, los negocios prósperos y ampliados de sus padres."

En estos párrafos que he considerado necesario destacar podemos apreciar el mundo que él más valoraba y del que traslucía su pensamiento político y filosófico. Zweig era judío, europeísta convencido y monárquico: un liberal conservador del siglo XXI en toda regla. Curiosamente nos presenta una visión totalmente diferente a la que tenemos actualmente de un judío adinerado. No sé cómo sería a comienzos del siglo XX el verdadero yo interior de un judío, pero lo que sí sé es que poco tiene que ver con el comportamiento actual. Los lobbys judíos son a día de hoy una realidad como fruto del sionismo (por cierto, Zweig fue amigo personal de Theodor Herzl), y no parece que un judío esté dispuesto a prescindir de una fortuna familiar acumulada, tal y como él afirmaba. Yo, desde luego, no lo haría. Sin embargo para él las cosas eran en su momento como tenían que ser, como Dios manda. Todo debía de estar sujeto a un orden y, de esa manera, la vida de todos -la suya- transcurriría sin sobresaltos per secula seculorum. De hecho, en el siguiente párrafo ya se puede ver cómo él consideraba que la sociedad estaba debidamente estratificada en sus diferentes capas sociales por el bien de todos, en aras de un progreso indefinido que se vino abajo en cuanto los más desfavorecidos tomaron la palabra.

"De por sí, Viena era, por su tradición secular, una ciudad claramente estratificada y, a la vez, como escribí en cierta ocasión, maravillosamente orquestada. La batuta seguía en manos de la casa imperial. El castillo imperial era el centro de la supranacionalidad de la monarquía, y no sólo en el sentido del espacio sino también de la cultura. Alrededor del castillo, los palacios de la alta nobleza austríaca, polaca, checa y húngara formaban una especie de segunda muralla. A continuación estaba la "buena sociedad", integrada por la nobleza inferior, el alto funcionario, la industria y las "viejas familias" y luego, por debajo, la pequeña burguesía y el proletariado. [...] Las masas, que durante decenios habían cedido calladas y dóciles el dominio a la burguesía liberal, de repente se agitaron, se organizaron y exigieron sus derechos. Precisamente en la última década, la política irrumpió con ráfagas bruscas y violentas en la calma de la vida plácida y holgada. El nuevo siglo exigía un nuevo orden, una nueva era."
La Europa anterior a la IGM que añoraba Zweig. Fuente GeaCron.

Contrariamente a lo que dicen la gran mayoría de sus lectores y críticos, tras la lectura de esta autobiografía póstuma, no considero a Stefan Zweig como a un humanista en toda la extensión del término, ni siquiera como a un progresista. No he leído aún más obras suyas (comencé Momentos estelares de la Humanidad y lo tengo abandonado), por lo que mi opinión puede que no sea muy ajustada, pero no hay en este libro una crítica a la pobreza de su época, y tampoco veo una crítica al tradicional rol secundario y marginal de las mujeres (sintomático que sólo mencione en una ocasión  a su mujer en el libro, es como si no existiese). Por si esto fuera poco, tiene una curiosa percepción de la homosexualidad de la época, cuestión ésta que me ha llamado poderosamente la atención, y también de la evolución en las diferentes disciplinas artísticas.

La homosexualidad se convirtió en una gran moda no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor, legales y normales. [...] La nueva pintura dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua.
Con el paso del tiempo Zweig se ha convertido en un escritor abanderado del liberalismo de nuestro siglo. Es uno de los autores más citados de su época, y uno de los más recomendados como lectura a los estudiantes de Historia de cualquier universidad. Es el ejemplo de lo que debe ser un hombre culto e informado que está en contra de cualquier "ísmo". Su obra recibe, única y exclusivamente, alabanzas y parabienes por doquier, pero no va a ser este mi caso. Al contrario de lo que se suele hacer habitualmente, para elaborar este análisis y sus conclusiones he subrayado, contextualizado y analizado párrafos enteros siguiendo el método ortodoxo del análisis de un comentario de texto que debe hacer un historiador, lo cual dota de una mayor subjetividad a la hora de emitir una interpretación.

Considero que la obra está bien escrita: Zweig no utiliza la típica primera persona que tanto abunda actualmente, sino que utiliza una narrativa dotada de un gran ritmo que hace que su lectura no sea farragosa, pero que no engancha en absoluto. A mí, francamente, la lectura de este libro no me ha aportado nada que no pueda aportarme un buen libro de Historia. El autor es un hombre privilegiado que ve cómo todo lo que era y lo que tenía, se derrumba de la noche a la mañana por culpa del odio y de la guerra. Llegó a encontrarse en una situación tal de comodidad que él mismo reconoce que el crack del 29 no le afectó gran cosa. El punto de vista de Stefan Zweig es el punto de vista de un hombre adinerado que vivía muy bien y que consideraba que se había llegado a la cima del progreso con la Ilustración, pensamiento predominante por entonces que impulsó el colonialismo en el Congreso de Berlín de 1885. El gran drama que encierra este libro es su incapacidad para asimilar su ruina y su exilio personal, que les indujo a él y a su esposa al suicidio en 1942, tras creer que el nazismo triunfaría inexorablemente. Esta mentalidad depresiva ya nos la deja entrever él mismo en su libro en un párrafo que ya nos hacía intuir su trágico final:

"De todos modos ese drama anunciaba ya un cierto rasgo característico de mi manera de pensar: es que nunca -infaliblemente- tomo partido a favor del "héroe", sino que sólo veo la parte trágica del vencido. En mis narraciones cortas, quien me atrae es siempre aquel que sucumbe al destino; en las biografías es la figura de alguien que tiene razón, no en el campo real del éxito, sino única y exclusivamente en el moral."

Como final diré que la prosa de Zweig está sobrevalorada, por momentos su relato se torna cansino y un tanto vacío, por lo que opino que hay otros escritores coetáneos suyos que yo recomendaría antes, como por ejemplo, Joseph Roth.



jueves, 8 de septiembre de 2016

La batalla de los Campos Cataláunicos

En Châlons, en la región de Champaña-Ardenas, los ejércitos hunos al mando de su rey Atila se enfrentaron en 451 con las legiones romanas comandadas por Aecio, a las que apoyaron los visigodos, los alanos, los francos salios y los burgundios.

La batalla se llamó de los Campos Cataláunicos o Mauriacos, pues se libró cerca de Locus Mauriacus. En ella, Aecio y sus aliados se apostaron en una colina desde donde pudieron repeler las acometidas de los temidos jinetes hunos, tanto desde el ala izquierda, donde estaban los romanos, como desde la derecha, donde se apostaron los visigodos con Teodorico al frente. No fue una batalla decisiva, ya que Atila llevó al año siguiente sus ejércitos al norte de Italia y los visigodos se afianzaron en Aquitania, pero fue una de las últimas victorias de la táctica romana sobre el superior armamento de los pueblos bárbaros.

Disposición táctica de la batalla

1 - Disposición: Aecio desplegó a sus romanos en el ala izquierda, sobre una pequeña colina, y situó a los visigodos en el ala derecha y, entre ambos, a los alanos.

2 - Ataque: Atila se lanzó contra los alanos mientras el conglomerado bárbaro chocaba con los soldados romanos de Aecio.

3 - Derrota: Atila percibió el peligro de la embestida visigoda, pues Aecio podía rodearlo por el otro flanco, y huyó a su campamento.

De las escasas representaciones de las armas de estos pueblos destaca una pieza de orfebrería longobarda del siglo VII. Se trata del visor del casco de Agilulfo, de cobre dorado, en el cual, bajo el pretexto de rendir homenaje a la coronación del rey Agilulfo, se representan guerreros y jefes militares muy parecidos a los que estuvieron en la jornada de Châlons. Esta pieza se encuentra en el Museo Nazionale del Bargello, en Florencia.


 1 - Un emisario real: porta una cruz hasta el trono como símbolo inequívoco que  pone de manifiesto la conversión del pueblo longobardo y de su rey al catolicismo, con la ayuda del papa Gregorio Magno.

2 - Un ángel: flanquea la entrada del emisario con la cruz hacia el interior de la sala del trono, donde espera el nuevo rey para ser coronado y consagrado en la nueva fe.

3 - Agilulfo: coronado en el año 590, el monarca espera sentado en el trono, rodeado de dos guerreros con escudos y lanzas característicos del armamento longobardo.

4 - La reina: Teodolinda, hija de Garibaldo I de Baviera y esposa de Agilulfo, ha fabricado una nueva corona, la Corona de Hierro, forjada con los clavos de la cruz de Cristo.

5 - Un emisario: porta la Corona de Hierro para ceñirla sobre las sienes del rey, lo que conferirá a su mandato un carácter divino, como el de los emperadores romanos.


martes, 6 de septiembre de 2016

Tenemos nueva imagen del cerebro

Nos gusta hacer alarde de materia gris pues asociamos inteligencia con neuronas. Pero a los neurocientíficos también les interesa la materia blanca, esa maraña de fibras nerviosas que lleva la información de una a otra región cerebral. Nuestra identidad (recuerdos, pensamientos, emociones) deriva de esas interconexiones. El problema es que hasta la fecha no existía ningún aparato que permitiese ver y descodificar el laberinto neuronal en sujetos vivos. Pero eso ha cambiado.

Con una inversión pública de 30 millones de euros, varios equipos de investigación de Estados Unidos se valen de escáneres de última generación para crear una biblioteca de «conectomas», mapas del circuito cerebral, que prometen revelar cómo responde el órgano al envejecimiento, el aprendizaje y otras situaciones. Los resultados del Proyecto Conectoma Humano podrían traducirse en grandes avances en el tratamiento de patologías como el autismo o la esquizofrenia.


En esta imagen, obtenida mediante una nueva tecnología, lo que parece la peluca de un payaso es en realidad una representación cromática de las rutas creadas por las conexiones neuronales del cerebro. Cada hilo representa miles de fibras nerviosas llamadas axones. Su creador, el profesor Van Wedeen, ha ideado una técnica de imagen en 3D que desvela las conexiones a partir de la observación de los movimientos del agua a través de tejidos de fibra. «El cerebro está perfectamente organizado, de ahí su belleza», afirma.

Vía: National Geographic.

jueves, 28 de julio de 2016

El legado de Tucídides

Tucídides tiene una merecida fama de historiador objetivo al preocuparse de las motivaciones de los protagonistas sin descuidar el rigor y el cuidado por los datos contrastados. Escribió su importanísima obra Historia de la guerra del Peloponeso desde el exilio, lo que le dio la distancia y la calma necesarias para su cometido, así como la posibilidad de recabar información de los dos bandos. Sin su obra solo conoceríamos este conflicto de una forma superficial y sesgada.

Tucídides
Nacido hacia el año 455 a. C. en el seno de una familia adinerada gracias a sus derechos de explotación de unas minas de oro en Tracia, se da la circunstancia de que su abuela materna era nieta de un príncipe tracio e hija de Milcíades, el vencedor de Maratón. Tucídides contrajo la peste que asoló Atenas al principio de la guerra y, unos años después, en 424 a. C., fue nombrado estratego y destinado a Anfípolis cuando el general espartano Brásidas estaba a punto de conquistar la colonia; sin embargo, el fracaso de la expedición ateniense motivó la condena de Tucídides a veinte años de destierro. Murió en torno a 398 a. C. sin poder completar la redacción de su vasta obra, que se detiene en los acontecimientos acaecidos en 411, si bien Jenofonte retoma los hechos en ese punto para dar comienzo a sus Helénicas.


martes, 26 de julio de 2016

Adiós al gusano de Guinea

No todos los días desaparece una enfermedad, pero la dracunculiasis ha podido ser la siguiente después de la viruela. Gracias a un proyecto internacional liderado por el Centro Carter, en el año 2010 únicamente se tuvo constancia de 1.797 casos en todo el mundo, la mayoría registrados en lo que hoy es Sudán del Sur. Para el año 2012 las autoridades sanitarias se propusieron reducir la cifra a cero. No se consiguió, pero la cifra se redujo a menos de la mitad. En 2015 los casos se habían logrado reducir a 14, por lo que el camino seguido es el correcto.


El triunfo no ha sido fácil; el gusano de Guinea (Dracunculus medinensis), causante de la enfermedad, es resistente a vacunas y medicamentos. El arma principal para la erradicación de esta dolencia es la prevención y una buena campaña informativa. Voluntarios locales enseñan a los aldeanos a filtrar cualquier agua que pueda estar contaminada mediante telas y pajitas (imagen de arriba). Explican el ciclo vital del animal para que las personas afectadas se abstengan de entrar en aguas estancadas, donde deposita las larvas. El intenso dolor que causa el gusano al salir del cuerpo impide que las víctimas lleven a cabo sus trabajos en el campo. Pero con la información y los medios adecuados a su alcance, África está muy cerca de aniquilar definitivamente esta antigua enfermedad.



Vía: National Geographic.