6 motivos para viajar a China: Beijing (I)

Beijing, Pekín para los amigos, te recibe con una nítida declaración de intenciones: su aeropuerto es el más grande del mundo y fue construido para tenerlo listo con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 2008. Su inmensidad te avisa de que no llegas a una ciudad más. Has llegado a "otra" dimensión, como lo prueba el hecho de que, nada más pasar el control de visados y dirigirte a por el equipaje, te encuentras a un grupo de unas 20-30 mujeres del servicio de limpieza perfectamente alineadas en formación en un andén, esperando a que llegue su tren que les lleve a su puesto de trabajo, están como sacadas de "Historias de la puta mili". Son las 6:30 de la mañana y, nada más salir a la calle, el calor húmedo te da un bofetón de aúpa. Tú, por dentro, empiezas a sentir la excitación impropia de un adulto: estás a tomar por saco de tu casa y te ha cambiado la vida por completo. "A ver qué viene ahora", piensas.


Beijing es la capital del país tras una pugna electoral mantenida con Xian hace unos años y tiene entre 17 y 18 millones de habitantes, por lo que te pica la curiosidad de entrar en la ciudad. Cuando lo haces y ves el cristo del tráfico que se monta a diario, en el que nadie respeta las señales y te tienes que encomendar a San Apapucio para cruzar una calle, se te queda cara de tonto. Todo esto es producto de que hace tan solo unos 40 años que los coches están al alcance de los ciudadanos normales, antes utilizaban el tranvía, bicis, y hasta caballos, por lo que les falta aún cultura al volante.

Empiezas a ver multitud de entradas a edificios y casas flanqueadas por dos leones, la hembra a la izquierda y el macho a la derecha, el rojo y el amarillo proliferan por todas partes así como los caracteres chinos escritos de arriba a abajo. Te faltan ojos para mirar, no sabes dónde puede haber algo que no debas perderte, al fin y al cabo estás en un país en el que merece la pena fotografiar hasta un jodido Pizza Hut. Y no exagero.

Pizza Hut en Xian
Cuando vas al hotel (de 5 estrellas, ¡que somos de Bilbao redios!) te acuerdas que tienes que comer, y le dices al guía con mirada compasiva "oye tío ¿dónde puedo ir a comer algo identificable y hacer que me entiendan?". Sin entrar en más detalles os diré que ahí comienza tu aventura con la comida china y con los palillos, una aventura que se prolonga durante toda tu estancia, para bien y para mal. Y con un inglés de todo a 100.

¡Buen provecho!
En la capital verás el majestuoso Templo del Cielo creado para rogar y agradecer por las buenas cosechas, y luego le llega el turno a la Plaza de Tian'anmen que, para variar, es también la más grande del mundo. Ya en el Templo había muchísima gente pero lo que ves en la plaza te supera: miles y miles de chinos por todas partes, y colas interminables para entrar al Mausoleo de Mao Zedong y ver su cuerpo. Porque nosotros podemos tener una opinión sobre la Revolución Cultural pero los chinos de más edad tienen otra, y el respeto y admiración que sienten por su antiguo líder se palpa en el ambiente. Vienen de todo el país con sus padres, madres e hijos aprovechando sus vacaciones para presentar sus respetos a Mao, haciendo cola en medio de un calor, sofocante no, lo siguiente. Es indescriptible. Hay que verlo para creerlo.

El Templo del Cielo

Mausoleo de Mao Zedong

En la Plaza de Tian'anmen
Luego llegas al Palacio Imperial, más conocido como La Ciudad Prohibida, cuya magnitud no te imaginas hasta que estás dentro: dispone de una innumerable cantidad de estancias, las reales para reposo, disfrute o recepciones del emperador, para concubinas, para familiares, para empleados de la corte, un Museo de Relojes… Ya has entrado en contacto con su cultura milenaria, con sus tradiciones, con eso que habías intuido en las películas como "El último emperador", que fue rodada allí y que te recomiendo que veas si quieres ir haciendo boca.

La Ciudad Prohibida

Con posterioridad visitarás las Tumbas Ming, una necrópolis real que, debido a su función, recuerda en cierto modo al Valle de los Reyes en Egipto. La extensión que ocupa la necrópolis construida siguiendo las directrices del Feng Shui es de más de 40 km2, así que de nuevo alucinas con la manía que tienen en China de hacer todo enorme, y con escaleras…

El emperador Ming
Después será el turno de ver el Palacio de Verano, con el lago Kunming en forma de melocotón en su interior, y que te impresionará por su gran belleza y porque es visitado, cómo no, por miles de chinos a diario ya que proporciona más frescor y sitio para el descanso que el resto de la ciudad. Allí podrás ver a hombres muy mayores escribiendo con las dos manos a la vez caracteres chinos con agua en el suelo para enseñar a los niños, verás a hombres disputando partidas interminables de ajedrez chino y tocando bellas melodías con instrumentos entre cada movimiento, desafiando y esperando a que el rival mueva ficha, podrás montarte en una barquita para cruzar o pasear por el lago, podrás recorrer andando el corredor cubierto más largo que he visto nunca en mi vida (creo que supera 1 km de longitud), y verás un precioso barco de mármol que te deja sin palabras.

El Barco de Mármol
Cuando te quieras dar cuenta estarás recorriendo el casco viejo de Beijing montado en un rickshaw, te introducirás por callejones llenos de tiendas y vendedores, podrás ver una antigua casa medieval con un patio interior en donde el propietario te contará su historia mientras se limpia el sudor de la cara aprovechando la traducción del guía. Y alucinarás cuando veas en una foto que allí estuvo Alberto Ruiz Gallardón con motivo de las olimpiadas. En China todo es posible.




Incluso construir la muralla más grande que puedas imaginar. Cuando te acercas a la Gran Muralla y ves por los cristales del autobús a miles de chinos subiendo sus enormes escalones desiguales no sabes qué pensar. Cómo es posible que hayan podido construirla. Solo mirarla ya cansa. Pero tú no has recorrido miles de kilómetros para no subirla, así que empiezas a subir y bajar escaleras, cada una de diferente altura y tamaño, comenzando un tortuoso camino que te lleva de atalaya en atalaya hasta el agotamiento (menos mal que estaba nublado). Había gente que, cuando me veían, me felicitaban por lo que estaba haciendo, pero para mí tenía más mérito ver a muchos chinos y chinas ayudar a sus padres y madres a subir y bajar con bastones. Ese es el espíritu de los chinos, fuertes, dispuestos a todo, pequeños pero con dos cojones. Su país es de dragones, de leones, de serpientes, no es un sitio apto para guiris moñas y quejicas, para eso están las playas de Benidorm, y que me perdonen mis amigos alicantinos, pero las cosas son como son. Al Gran Dragón se va a disfrutar y a sufrir al mismo tiempo, para todo lo demás, Master Card.

La Gran Muralla China
Faltaba un toque de modernidad, porque también debes tener contacto con la China actual, y para eso te llevan a ver el Nido, el estadio olímpico construido inaugurado el 8-08-2008 puesto que los chinos son ateos pero muy supersticiosos, y resulta que el 8 se pronuncia "ba" lo que significa buena fortuna. En este punto estás pletórico de nuevas experiencias y consideras que ver la zona olímpica no te reportará nada especialmente relevante que contar, pero hete aquí que tú, pardillo guiri hincha del Athletic Club con sangre rojiblanca, resulta que vas allí el mismo día que se juega un partido de alto voltaje, nada menos que un Milán - Inter con todas sus figuras, y mira tú que casualidad que por tal motivo las afueras del estadio están hasta las trancas de chinos que quieren ver a sus figuras jugar, porque el fútbol de su país es todavía muy malo. Se ven muchas más camisetas del Milan que del Inter, pero tu recuerdo se queda con las caras de ilusión de los miles de personas que se dirigen al campo.

¡Al fútbol!
No creo haber seguido el orden real de las visitas, y tampoco he contado todo lo que he visto, ni mucho menos, pero he dejado para el final como despedida de Beijing una sorpresa muy muy agradable, un espectáculo de acróbatas en un teatro abarrotado hasta las trancas. Como en un circo de los de antaño, payasos, equilibristas, contorsionistas, malabaristas, acróbatas, van sucediéndose en el escenario durante más de dos horas en las que, por fin, te has podido sentar un poco con aire acondicionado. Y tú, que estás escurrido como una esponja por la humedad, que tiene más calor en el cuerpo que el maldito Etna, que apenas meas porque te suda todo lo que te pueda sudar, que tienes heridas por el esfuerzo, ríes, gritas, aplaudes como un niño, vuelves a sentirte como cuando tenías 9 años, y bendices el momento en el que decidiste ver ese país, un país en el que las chavalas de un colegio te aplauden y dicen adiós con la mano cuando abandonas el teatro en autobús.

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