¡No me pidas que me calle!

El 20 de febrero de 2005 se celebró en España el referéndum sobre la constitución europea. Únicamente acudió a votar el 42% de las personas con derecho a voto y, de ellas, un 17% votamos "NO", hecho este que nos valió el calificativo de "euroescépticos". Los pocos votantes que acudieron a las urnas a dar el "sí, quiero", estimulados por el PP, PSOE, PNV y CIU fundamentalmente, fueron desde entonces los abanderados del "europeísmo", los demás pasamos a engrosar las filas del radicalismo filocomunista. Hubo incluso quienes nos acusaron de estar en contra del progreso.

He explicado una y mil veces por qué motivo algunos no creíamos en la Unión Europea que se nos ofrecía en un atractivo envoltorio azul y estrellado, pero sin éxito. Y es que no hay dios que pueda contra el argumentario de los telediarios ni de los políticos. A consecuencia de una decisión tomada en base a una escasísima representatividad de votos se creó una Europa de estados, no una Europa de los pueblos. Algunos visionarios tuvieron la magnífica idea de igualar lo inigualable, de medir por el mismo rasero a tirios y troyanos, y de meterse en la casa del vecino a decirle lo que debe y no debe hacer, porque claro, cuidado con lo que haces griego de mierda que esto repercute en el hipocondrio germano.

Siete años después tenemos el belén montado: todo el mundo debe dinero a todo el mundo y nadie sabe quién tiene que pagar la ronda, es más, nadie quiere pagar y, por lo tanto, nadie va a pagar. El sistema económico que padecemos está agonizante, se pierde más empleo que aceite, se reducen las inversiones públicas en sanidad, en educación, en ciencia..., no se pagan las facturas. A los bancos, esas "oenegés" tan altruistas que tanto valor aportan a la sociedad, hay que pagarles las pérdidas porque dicen los "expertos" que si no todo se va al garete. Y en medio de esta jaula de grillos hay quien dice que tenemos que ser optimistas, que siendo pesimistas no arreglamos nada, que protestando no solucionamos nada, que hay que apretar los dientes y trabajar duro para levantar el país, que ya que no hay empleo por cuenta ajena debemos emprender para generarnos nosotros el trabajo y poder comer. Se nos bombardea la cabeza con citas para mejorar nuestra autoestima y motivarnos, se nos exhorta a innovar, se nos ilustra sobre los beneficios de la austeridad, y suma y sigue.

Pues bien señores, yo apretaré los dientes y voy a seguir trabajando, al fin y al cabo es mi obligación para con mi empresa y mi familia, pero no me pidan que no me cabree, no me pidan que no me rebele, no me pidan que no proteste, no me pidan resignación, no me pidan que sea políticamente correcto, no me pidan que mire para otro lado ante las injusticias, el despilfarro, los chorizos, los políticos, el clero, la realeza y la madre que los parió a todos. Porque la complacencia y la complicidad solo nos conducen a la ruina.


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