No tenemos nada que celebrar


Con la resaca y el consiguiente disgusto de la final de Copa de ayer hoy he ido a realizar un examen de acceso a la UNED. Y he aquí que me he encontrado con que, en un ejercicio de comentario de texto, había que reflexionar sobre el éxito y el fracaso. Sin yo quererlo, he hallado la forma de expresar lo que siento tras la nueva derrota rojiblanca de ayer y canalizar así, una vez más, mi natural frustración escribiendo.

Ayer prometí no volver a ver una final del Athletic en San Mamés por presenciar hechos que no me gustan, y cumpliré mi promesa. Es cierto que en eventos de este tipo el campo no se llena por futboleros acostumbrados a la competición y, por este motivo, tuve que aguantar a multitud de chavales y chavalas jóvenes que, a partir del tercer gol blaugrana, dejaron de mirar a las pantallas y se pusieron a chatear con el móvil y a enviar mensajes como locos. Whatsapp echaba humo. Para más inri, con el equipo ya derrotado e intentando digerir la nueva derrota en otra final, tuve que aguantar estoicamente que todo el campo hiciera la ola como si no pasara nada, como si el equipo tuviera algo que celebrar. Y perdonen ustedes que discrepe, ayer no había nada que celebrar. Perdimos nuevamente una final y se nos desvaneció un sueño que tanto ansiamos como es la de disfrutar de las mieles del éxito viendo una gabarra surcando la ría. Definitivamente, tenemos motivos para estar orgullosos pero no tenemos motivos para celebrar nada, es más, aunque pueda parecer duro, no debemos estar satisfechos. Y me explico.

Este es un país con una mentalidad secularmente funcionarial que tiene una alergia crónica tanto al éxito como al fracaso. En España a menudo se considera al que fracasa como un inútil que, por ende, fracasará siempre, y asimismo se considera al que tiene éxito como un tramposo o un maleante, motivo por el cual, cómo iba a ser si no, ha triunfado. Esto se ve perfectamente en un mundo que a mi me apasiona, el del emprendizaje, que es una cuestión que va ligada fuertemente a un aspecto educacional. Experimentamos un fuerte rechazo hacia culturas que sienten un profundo respeto por el fracaso, no acabamos de comprender que el fracaso no es más que un problema pendiente de solución, y no nos da la gana de reconocer que es una condición necesaria para la obtención del éxito.


Todo esto nos lleva a que no queramos nunca sobresalir y nos comportemos como borregos en un rebaño en el que podamos pasar inadvertidos. Si progresamos, ascendemos o triunfamos, que sea porque otro lo decide. Queremos que nuestro ascenso en el escalafón se produzca por turnos, o porque otra persona con autoridad sobre nosotros lo determine, de tal forma que así eludimos la responsabilidad que tenemos sobre nosotros mismos. Y de esta forma llegamos a un punto en el que no sabemos ni ganar ni perder, nos basta con empatar.

El Athletic ayer fracasó, al igual que lo hizo el 9 de mayo en Bucarest. Y Marcelo Bielsa también fracasó en el planteamiento de ambas finales. El objetivo de una final nunca es jugarla, sino ganarla, y el Athletic no lo ha logrado en ninguna de las dos ocasiones. Y esto no debe ser tomado como algo trágico ni como un desdoro, debemos sentir la dignidad que produce una derrota como una condición necesaria para el triunfo. Ayer no había nada que celebrar y hoy tampoco, hay motivos para estar orgullosos de haber peleado y luchado para llegar a dos finales y disputarlas, pero no para mantener una actitud festiva como si hubiéramos logrado algo fantástico.

No debemos tener miedo a hablar de fracaso, ni mucho menos. Debemos estar orgullosos de haber disputado dos finales y haber fracasado porque eso nos permitirá llegar a la conclusión correcta. Y la conclusión correcta en este caso es que este equipo y este entrenador tienen las capacidades adecuadas para el éxito. El Athletic y Bielsa nos han demostrado a todos que pueden, que son capaces de alcanzar el éxito, y este éxito se lo deben a ellos mismos y, sobre todo, a la fiel y fervorosa afición que hemos viajado miles de kilómetros, nos hemos gastado miles de euros y hemos gastado días de nuestras vacaciones para animarles sin desmayo.


Por este motivo debemos pedirles, incluso exigirles, que continúen perseverando en el trabajo, que ni entrenador ni jugadores se vayan a otro equipo en donde aparentemente todo pueda ser más fácil, y que la próxima temporada salgan de nuevo a ganar en cada campo, que vuelvan a jugar más finales y que, esta vez sí, las ganen. Este debe ser el compromiso, un compromiso con ellos mismos y con los aficionados, porque de la misma manera que un idiota nunca se recupera del éxito, una persona inteligente, como bien dijo Oscar Wilde, siempre se recupera de un fracaso.



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