De independencias, nacionalismos e Historia


El gobierno del Partido Popular ha tenido la fortuna en los últimos días de poder desviar la atención del problema real de España, que es la astronómica deuda acumulada por las diferentes administraciones y entidades bancarias, con la cortina de humo que les ha proporcionado la histórica decisión catalana de abordar sin ambages ni medias tintas un proceso soberanista que pueda conducirles a una posible independencia de España.

Multitud de personas de diversos ámbitos se han dedicado últimamente a opinar sobre el tema y a sentar cátedra sobre el porqué no es buena para nadie una decisión de este calibre y, otros muchos, cuestionan la legalidad y la motivación de un proceso así. En las redes sociales destaca sobremanera la opinión de Arturo Pérez-Reverte, cuya contundente y expresiva forma de escribir le convierte en un líder de opinión que marca escuela y atrae seguidores, algo que comprendo, pues yo mismo soy un gran lector de su obra.

Lo que ocurre es que Pérez-Reverte, al igual que otros muchos, han tomado como hábito minusvalorar o despreciar determinadas formas de pensar basándose en la Historia, sin reconocer que precisamente es la propia Historia la que proporciona una visión más holística de la evolución humana que impide denostar a los que piensan de otra forma. La Historia no es un proyecto concluso en una fecha determinada a partir de la cual se puedan extraer conclusiones sino que es una ciencia en constante construcción puesto que nosotros mismos, en este preciso momento, estamos generando la Historia futura. Y puede que estemos ante un momento histórico por las decisiones que se tomen a partir de ahora.

Por otro lado no se puede decir con tanta ligereza una y otra vez que los nacionalismos se curan viajando y leyendo porque es una gran mentira. Los que viajan y leen no son únicamente quienes defienden la unidad de España, estas costumbres tan sanas también las practican personas de intachable trayectoria histórica y democrática que defienden la independencia. Ser nacionalista no es una enfermedad de la que haya que curarse, de la misma forma que no lo es ser de derechas o de izquierdas. Es necesario opinar y juzgar pero siempre desde el respeto y la tolerancia, el insulto es siempre el argumento de quienes carecen de  argumentos.

En este sentido cabe decir que se ha convertido en una costumbre transformar al “nacionalismo” en “nazionalismo” como si el ser nacionalista fuese sinónimo de antidemócrata o dictador. Además, hay quien se ha preocupado en añadirle la etiqueta de “insolidario” a quien así siente. El mismo Pérez-Reverte se refiere con frecuencia al “nacionalismo periférico” para aludir al nacionalismo de comunidades como la vasca, catalana, etc. Pero aquí subyace un grave error de partida: si hablamos de nacionalismos periféricos hay que hablar también del central, que existe y, además, es con frecuencia más recalcitrante y retrógrado que aquellos. Y si hablamos de insolidaridad debemos hablar también de quienes perpetúan una y otra mediante su voto a políticos chorizos y confesos. Discúlpenme ustedes pero yo no soy nada solidario con quienes eligen una y otra vez a políticos del PP valenciano o del PSOE andaluz, que atesoran unos “antecedentes penales” de tal calibre que tiemblan hasta en Berlín. No todo es culpa de Ángela, señores, que algo se ha hecho mal en España ¿o no?

Por tanto, si en estas nos encontramos con que catalanes y vascos retoman de forma pacífica viejas aspiraciones independentistas, cabe recordar a todo el mundo que la democracia es un escenario que nos aplica a todos y, en él, tienen cabida todas  las reivindicaciones que surjan. Esto, señores, es la vida, el transcurso de una civilización que forma parte de la evolución histórica, y estas reglas del juego son para todos, sin distinción.

A lo largo de la Historia hay multitud de ejemplos de actos de independencia motivados por diferencias ideológicas o económicas, no es lícito tachar a los catalanes de insolidarios o egoístas, ni tampoco es justo. Hacer esto es un acto de demagogia y no va más allá del mero insulto. Con los sentimientos no se juega, y si los catalanes no se sienten españoles por los motivos que sea, hay que respetarlo. Y esto es igual para vascos, andaluces, aragoneses o gallegos. ¿Acaso no recordamos ya que hubo un momento en el que los países hispanoamericanos se independizaron por cuestiones políticas y/o económicas? A menudo me pregunto si lo que pretenden muchos no es más que volver a retomar el glorioso pasado imperialista del que hicimos gala y alarde cuando había, en realidad, motivos más que suficientes para sentir vergüenza.



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