Malos tiempos para la lírica

Fran volvió la vista atrás antes de entrar en el coche, quería mantener en su retina la última imagen del edificio de la que había sido su empresa en los últimos ocho años. Cuando lo vió no sintió nada. Unos le habían dicho que, en la misma situación, se habían sentido indignados, otros agradecidos, otros preocupados, otros tristes, incluso alguno sintió nostalgia regada con lágrimas, pero él no sintió nada. Vacío. Como si esos ocho años no le hubieran hecho mella de ningún tipo, como si no le hubieran aportado nada, como si hubiesen sido 5 de esos minutos insustanciales que uno tiene que esperar en el andén al metro; sacó el iPhone, hizo una foto con Instagram, la compartió con el nombre de “Alcatraz”, arrancó el coche y se largó. Au revoir, goodbye, adiós, agur, a tomar por culo.

Mientras conducía recordó lo ilusionado que entró, las ganas que tenía, las ideas que pensaba poner en práctica, los proyectos que barruntaba, todo. Su entusiasmo contagiaba a los demás, todo el mundo quería charlar con él, comer con él, tomar algo con él, conocer su opinión, incluso había quien se lo quería llevar a la cama porque, al fin y al cabo, se es más atractivo por el carácter que por el físico. Y eso hizo que él charlara con tod@s, comiera con tod@s, bebiera con tod@s, opinara sobre casi todo y… no, no se acostó con nadie, mantuvo sus principios inalterados aunque más de una vez se sintió tentado, y mucho.

Las cosas empezaron a ir mal en 2008. Alguien dijo que había crisis y, a un zapatero que no estaba a sus zapatos, le pilló a contrapié y todo comenzó a descomponerse. Fran asumió que había que afrontar los hechos y dar un paso adelante, aunque eso chocara con la ignorancia y complicidad de otros. Profesionalmente tenía muchas carencias, como todos, pero era un tipo extrovertido, conversador, con sentido del humor y, sobre todo, honesto. Podía reconocer y asumir errores sin que se le viniera el mundo encima, y cometía bastantes porque era un novato en la materia, podía pedir perdón sin que se le cayeran los anillos, y lo hizo en varias ocasiones, pero nunca hablaba mal de alguien a sus espaldas. Si tenía que decir algo lo decía a la cara, y eso había quien no estaba dispuesto a aceptarlo, y menos cuando las cosas se ponían cuesta arriba. Eran malos tiempos para la lírica.

En ese tiempo descubrió de qué madera estaba hecho cada uno de los que tanto le apreciaban en los inicios. Observó la poblada fauna de su entorno laboral: había hormigas, perezosos, cucarachas, serpientes, buitres, ratas e incluso camaleones. Con nombrar los animales ya se puede saber de qué pie cojeaba cada uno de los que pululaban por sus alrededores.


- Fran.
- Dime Luis.
- Yo no quiero hacer esto, no me gusta y no me siento cómodo.
- Ya, te entiendo, pero es que con la que está cayendo tenemos que hacer cosas que nos incomodan.
- Sí, lo sé, pero no en mi caso. Voy a hablarlo con el jefe.
- Pues ve, hombre, ve. Pero límpiate el semen de la boca cuando terminéis la “conversación” que luego das mala imagen.

Fran nunca quiso ser una gaviota, él se consideraba águila. Le importaba una mierda lo que pensaran los demás, él consideraba que tenía capacidad para emprender objetivos más ambiciosos. Y decidió hacerlo.

Y entonces sonrió de felicidad. Se acordó de las últimas decisiones que había tomado, de los malos tragos que había pasado, del tremendo esfuerzo que tuvo que hacer para salir adelante, de las discusiones con las personas a las que más quería por tener que enfrentarse de nuevo a la incertidumbre. Fran afrontó el cambio, salió de la zona de confort y construyó su obra, con su particular sello, con el label de la estirpe de la que tanto presumía. “Yo ya no chupo más pollas que estoy mayor”,  solía decir. Y lo logró. Pensó en el legado que dejaba a su mujer y a su hijo y, justo en ese momento, fue el hombre más feliz del mundo.


- Hola Luis.
- Hola Fran, ¿cómo va eso?
- De puta madre, ni te imaginas ¿Y tú en qué andas?
- Pues justo ahora me pillas ocupado porque estoy inmerso en un proyecto internacional que nos va a suponer una pasta si lo hacemos bien.
- Enhorabuena chaval, me alegro, que aun te quedan 26 años allí dentro. Por cierto, cámbiate la camisa que tienes una mancha amarillenta en el bolsillo y canta mucho.
- ¡Joder es verdad! ¡Ni que vieses a través del móvil! Lo has acertado por casualidad ¿verdad?
- No Luis, es simplemente que hay cosas que nunca cambian. Buena suerte.



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