1ª etapa en Turquía: Estambul - Bursa

Nuestra llegada a Estambul tuvo lugar en pleno ramadán, algo en lo que ninguno de nosotros había caído, pero nuestro guía Erdem nos informó de ello mientras nos trasladaban al hotel. Por este motivo Estambul estaba más bullicioso que en otras ocasiones a pesar de ser lunes. De la ciudad nos habían hablado mucho y bien, pero no contaré nada sobre ella hasta nuestra estancia final de 3 días antes de regresar a casa. Paciencia :-).

Llegamos por la tarde tras un vuelo que se nos hizo corto y placentero (muy bien Turkish Airlines). El hotel, Arcadia Blue, situado en pleno corazón de la ciudad (al lado de la Mezquita Azul, Santa Sofía y el Hipódromo), y que nos lo habían cambiado a última hora antes del viaje, nos decepcionó nada más atisbarlo. La calle en la que se encuentra estaba en obras y había que saltar obstáculos con las maletas para acceder a él. Primera decepción. El tipo de la recepción, con el que afortunadamente no tuvimos que hablar nada pues lo hizo todo el guía, parecía más corto que el rabo de una boina y no era muy sociable. Segunda decepción. La habitación que nos tocó, para colmo, no era una triple sino una normal con una cama añadida, con el consiguiente problema de espacio para 3 personas con dos maletas grandes y un par de mochilas. Tercera decepción. No había wifi libre. Cuarta decepción. Al día siguiente comprobamos que el desayuno buffet era muy pobre y en una estancia muy pequeña de la planta del lobby. No hay quinta decepción mala.

Esto hizo que nos mosqueásemos puesto que los últimos 3 días debíamos alojarnos en ese mismo hotel para poder recorrer Estambul, así que nuestros radares estuvieron atentos todo el viaje y le soltamos varias indirectas al guía durante los siguientes días. Pero como yo suelo no dejarme intimidar por los aspectos negativos, me fijé rápidamente en algo que me llamó la atención. Estábamos en el tercer piso y podíamos ver por las ventanas media Mezquita Azul y Santa Sofía, y como el hotel tenía 9 plantas con una azotea, pensé que si a la vuelta la habitación nos tocaba en un piso alto las vistas podían ser de aúpa. Y francamente me quedé corto. Pero eso os lo contaré al final porque es increíble cómo pueden cambiar las cosas en dos semanas.

Nos duchamos, nos cambiamos, y salimos a la calle dispuestos a ver la plaza de Sultanahmet que teníamos a 100 metros. Y de repente tu estado de ánimo cambia por completo cuando tienes frente a ti la Mezquita Azul iluminada y engalanada para el ramadán. La foto es de mala calidad pero no me digáis que no impresiona.

Mezquita Azul

A su alrededor, todo Sultanahmet plagado de gente comiendo sobre la hierba del parque puesto que llevaban todo el día sin comer. Sin dudarlo, pedimos unos refrescos en un kiosko, sacamos unos bocatas que habíamos llevado, y nos pusimos a cenar con ellos en la hierba, y es que, allá donde fueres, haz lo que vieres.

Al día siguiente tocaba conocer el que sería el grupo con el que íbamos a pasar las siguientes dos semanas. Éramos un total de 25 personas, el grupo más grande que hayamos tenido hasta la fecha en un circuito. Galicia, Cataluña, Canarias, Madrid y Euskadi estaban representadas, y a pesar de su heterogeneidad resultó ser el mejor grupo que hayamos conocido hasta la fecha.

Tras atravesar el Mármara en un ferry nos dirigimos a Bursa, una ciudad grande de la que nadie sabía casi nada, excepto nosotros, que nos habíamos documentado bien ;-). Sabíamos que su equipo de fútbol había ganado la liga turca en 2010 (dato vital ¿eh? :-), pero también sabíamos que había sido la primera capital del imperio turco y que allí se encontraba la Mezquita Verde con el mausoleo del sultán Mehmet I.

Primero visitamos el Gran Bazar con su famoso mercado de la seda.

Gran Bazar cubierto de Bursa

Después entramos en la Gran Mezquita (Mezquita de Ulu Camii), oyéndose así los primeros lamentos cristianos femeninos típicos, pues tocaba cubrirse. Pero merecía la pena ver esto:

Gran Mezquita de Bursa

Luego fuimos a la Mezquita Verde, que ya no es verde, porque hubo un terremoto en el siglo XIX que obligó a reconstruirla y predomina el azul.

Os juro que le rogué a Arantza que no entrara con esas pintas...
Y por último fuimos a lo que más me apetecía a mi, al mausoleo del sultán Mehmet I, que no me decepcionó en absoluto porque es pequeño y muy bonito.

En primer término el ataúd de Mehmet I y detrás el de sus familiares y allegados
Mehmet I no fue un tipo cualquiera, ni mucho menos. Era hijo de Bayaceto, un sultán que asesinó a su hermano para hacerse con el poder y que le había dado cera a los bizantinos a más no poder, incluso sitió Constantinopla en 1397, y si no llega a ser por el gran kan mongol Tamerlán, que le derrotó en la batalla de Ankara en 1402, no sabemos cómo habría acabado la cosa para los cristianos.

El caso es que tras la muerte de Bayaceto sus cuatro hijos se enfrentaron en una guerra civil de la que Mehmet I salió victorioso, pero sus problemas no terminaron ahí. Su hijo Mustafá quiso destronarle (esto ya empezó a ser común entre los otomanos) y, como su padre le iba a echar el guante, el muy puñetero va y se refugia en Bizancio. Mehmet I, ni corto ni perezoso, pagó al emperador bizantino para que apresara a su hijo, para lo cual, y como contrapartida, tuvo que permanecerle leal, lo que supuso todo un éxito diplomático para los bizantinos que tan necesitados estaban los pobres. No obstante Mehmet I logró con inteligencia y lucha la consolidación del imperio otomano, con lo que se ganó merecidamente pasar a la Historia.

Esta fue la última visita del día, lo que hizo la jornada un poco más floja de lo haitual, por lo que cuando el guía nos dejó en el hotel de la ciudad, el Almira, yo le pregunté cómo ir a ver por nuestra cuenta el mausoleo de los sultanes Osmán y Orhán, con la mala suerte de que a esa hora ya estaba cerrado, así que entramos al hotel a ver qué tal y comprobamos que este sí que era un hotel de categoría. Una habitación triple grande y, la sorpresa del día, una piscina cubierta de agua caliente en la zona del spa que estaba vacía, esta maravilla que véis aquí.


Nada más verla Garai y yo nos pusimos el traje de baño y nos metimos dentro a toda pastilla. Qué pasada, qué gozada de relax, salimos cuando ya no nos quedaba más remedio que ir a cenar porque si no... Y es que al día sigiuente teníamos que recorrer 359 km más para llegar a una de las joyas del viaje: Troya.


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