En defensa de la Transición

Leyendo multitud de artículos al respecto de lo que está sucediendo con la política, el fraude y la corrupción en España hoy en día, da la sensación de que el origen de todo ello está en lo que sucedió en la época de la Transición a manos de una generación muy concreta. Es como si los Bárcenas, Matas, Blesa, Chaves, Urdangarín y toda la interminable lista de gentuza que se está llenando los bolsillos con el dinero público, fuesen el inevitable resultado de lo que se gestó en aquella época. Por citar solo un par de ejemplos, podemos leer feroces críticas a aquella etapa en esta entrevista a Alberto San Juan o en este artículo de Vicenç Navarro, y yo, que siempre he sido muy rebelde, no estoy dispuesto a aceptar semejante dislate en silencio.

Vía Kairos.
Es muy habitual en este país caer en la simplificación y el reduccionismo, al fin y al cabo la tendencia generalizada a opinar por lo que dicen otros en los medios de comunicación, en vez de documentarse y formarse una opinión propia, va muy en la línea con el espíritu zángano y pícaro que delata a los ciudadanos que en él habitan. No hay más que ver el éxito de audiencia de Tele 5, esa es toda la inyección cultural que reciben miles de españoles (y españolas, faltaría más).

Antes de la Navidad, al finalizar una reunión de personas emprendedoras activas e inquietas que charlamos en torno a la educación y el aprendizaje, entablé conversación con un chico que me contaba lo que sufría su padre al ver en qué había desembocado el enorme esfuerzo que los de su generación (entre los que me encuentro) hicieron para acabar con la dictadura y comenzar una etapa en la que, poco a poco, fuésemos terminando con el franquismo a golpe de votos. Coincidíamos su padre y yo en la indignación que nos invade al ver con qué facilidad se ha destrozado un sistema de bienestar que tanto nos costó construir. Nos costó, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. Aún recuerdo el miedo que sentíamos al salir a la calle a manifestarnos rodeados de "grises" por todas partes, véase el porqué:

Policía Armada reprimiendo una manifestación pro amnistía en Barcelona. Vía Alétheia-MuiP Revista digital.
Al ver y recordar esto me causan risa los lamentos y lloriqueos de quienes se llevaron algún vergazo el 15-M. A nosotros lo mejor que nos podía pasar por entonces es que las hostias nos las dieran en el formato de la foto, porque lo habitual es que te metieran en un furgón gris, tan gris como el alma y sentimiento de estos hijos de puta que decían defender la ley y el orden, y tras un par de minutos "conviviendo" encerrado en su interior con media docena de maderos, tiraban tu cuerpo a la acera hecho una piltrafa y tus compañeros tenían que correr a por ti porque, y no es broma, podías estar muerto.

Recuerdo también mi inevitable tendencia a entrar en una herriko taberna a tomar un vino. Yo era muy conocido en mi entorno y también muy provocador, y en cuanto me veían aparecer por la barra, rápidamente venían varios a insultarme por ser un conocido militante antiviolencia. Me encantaba llamarles cobardes y revolucionarios de mierda mientras me apuntaban con un dedo a la cabeza imitando una Parabellum dispuesto a freírme. Y es que muchos se piensan también que los vascos hemos sido unos cobardes que no nos hemos enfrentado a ETA. Ignorantes de mierda.

Tampoco olvidaré el 23-F de 1981, cuando estuve hasta las tantas de la noche vagabundeando por las calles sin volver a casa porque no sabía si el golpe de Tejero había tenido éxito. Algunos amigos míos habían cruzado ya la muga por el miedo a lo que iba a ocurrir en ese caso. Y lo que se me ha quedado grabado en la cabeza es la sensación de alivio que me invadió cuando el rey apareció en TV y dio por terminado el "festejo". Jamás pensé que yo pudiese estar agradecido a un Borbón. Me di la vuelta y le dije a mi madre: "ama, podemos ir a descansar que esto ya está solucionado". Todo este sufrimiento tuvo su recompensa cuando en 1978 se aprobó la Constitución, todos en mi familia lo celebramos. Y no creo que deba, ni mucho menos, avergonzarme de ello, es más, me considero afortunado de haber sido parte de aquella etapa porque mereció la pena.

Yo no soy ningún héroe, no soy nadie especial, al contrario, fuimos legión los que en las décadas de los 70 y 80 nos dejamos los cuernos para consolidar un sistema democrático en el que poder votar, nos esforzamos al máximo para dejar atrás la España negra del franquismo. Y aquella reforma, que éramos conscientes de que había que llevar a cabo con mucho cuidado, fue un éxito porque sentó las bases de la universalización de la sanidad o de la educación, entre otros logros. Lo nunca visto en España. Y todo ello se logró partiendo de un día a día en el que los enfrentamientos y amenazas de la extrema derecha eran parte del paisaje, de un día a día conviviendo con la amenaza de un nuevo golpe de estado, de un día a día en el que vivías acojonado ante la posibilidad evidente de volver atrás.



Ahora bien, quienes critican la Transición se olvidan de algo vital: nosotros hicimos lo que por entonces tocaba, sufrir y pelear para poner los cimientos, y sin buscar reconocimiento, pero a quienes les toca consolidar los avances logrados no es a nosotros únicamente, eso corre por cuenta de todos. Nuestra pelea era que el voto fuese el arma que pudiese esgrimir un ciudadano para acabar con las injusticias, los abusos y la tiranía, y ahí ya no se nos puede mirar a nosotros, ahora cada uno debe mirarse al espejo si quiere buscar un culpable.

La cuestión de fondo es que la transición aún no ha terminado, aunque la posibilidad de una vuelta atrás se ha extinguido, queda mucho camino por recorrer hasta lograr que la derecha conservadora rompa con el pasado y se asemeje a la de otros países europeos; la dura realidad es que sigue habiendo un poso rancio y franquista en el tuétano de nuestras instituciones, y hay quien no está dispuesto a hacer más esfuerzo por acabar con ello que cabrearse en las redes sociales. Y así nos va. Si yo estuviese en La Moncloa me estaría descojonando de la risa ante el peligro que eso supone para el poder.

Vamos a ser claros: en este país hay 5 millones y medio de parados buscando un empleo que les dé de comer, hay desahuciados, marginados y olvidados que no han tenido nada que celebrar en estas fiestas de Navidad. A estas personas no se les reconocen sus derechos, encima no pueden confiar ni en la justicia ni en su dios, que parece que les ha abandonado. En el otro lado tenemos una colección de banqueros, políticos y chorizos de todo tipo que nunca van a devolver el dinero robado: un par de meses de cárcel, tercer grado y a la calle a vivir que son dos días. ¿Cuál es la solución? ¿caridad? ¿una carta a los Reyes Magos? ¿la tercera República? ¿la lotería? Por los cojones, aquí, señores, los únicos que podemos hacer justicia somos nosotros con más protesta, con más lucha y con votos que impidan que sigan en el poder los de siempre. A ver si por fin en 2015 comienza a curarse esa ceguera colectiva y se logra acabar con el cáncer del bipartidismo. El futuro de nuestros hijos está en juego.

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