Cixí, de concubina a emperatriz de China

Su lema fue zi-qiang, «hacer fuerte a China», y para lograrlo no dudó en enfrentarse a Japón, a Occidente y a su hijo, el emperador Guangxu, de quien hizo un prisionero en palacio.

En el invierno de 1861, un deprimido emperador Xianfeng moría en la frontera de Mongolia, adonde se había retirado con la corte tras el ataque de franceses y británicos a Beijing (Pekín) durante la segunda guerra del opio. Dejaba un heredero de cinco años, Tongzhi, hijo de la concubina Yi («ejemplar»), un consejo de regencia formado por los nobles tradicionalistas que habían apoyado la guerra con Occidente, y un país devastado por la contienda y por la cruenta rebelión campesina de los Taiping, que controlaban un tercio del país.



El complot de las viudas

El genio y la ambición de la concubina Yi no tardaron en revelarse. Dado el negro panorama que se abría ante China y su hijo, orquestó un golpe con Zhen, esposa principal del difunto emperador (y como tal, madre oficial de Tongzhi), y con dos hermanos de Xianfeng, el príncipe Gong, partidario de contemporizar con Occidente, y el príncipe Chun, al que Cixí había podido casar con su hermana menor. Si fracasaban, se enfrentarían, como traidores, a la pena con el explícito nombre de «muerte de los mil cortes».

Primero, ambas mujeres –que no tenían poder de ningún tipo– persuadieron a los regentes de que dos sellos supuestamente pertenecientes al emperador niño y custodiados por ellas fuesen empleados para validar los decretos del consejo como simple formalidad, pues el pequeño no podía escribirlos de su puño y letra en tinta roja, según la costumbre. Más tarde, ante el consejo y con el niño presente, pidieron que se les permitiera participar en el gobierno. Los regentes rechazaron agriamente la petición y sus gritos asustaron al niño, que se mojó los pantalones. La ofensiva actuación de los regentes permitió acusarlos de traición –y destituirlos– mediante sendos decretos validados con los sellos en poder de Zhen y de Yi. Las dos viudas, que debían gobernar hasta la mayoría de edad del emperador niño, adoptaron nuevos nombres: Zhen tomó el de Ci’an («bondadosa y serena»); Yi, el de Cixí («bondadosa y alegre»).

Comienzan las reformas

Durante las cinco décadas siguientes la trayectoria de China estuvo marcada por las decisiones de Cixí, que impondría su autoridad a pesar de la posición inferior que el rígido protocolo de la corte asignaba a la mujer: la emperatriz viuda presidía las audiencias tras un biombo, pues los ministros no debían verla, y nunca pisó el recinto delantero de la Ciudad Prohibida, reservado al emperador. Por ello necesitó a hombres fieles que aplicasen sus decisiones, como el príncipe Gong, que estuvo al frente del Gran Consejo imperial; y siempre tuvo que ejercer el poder como regente, debiéndose retirar cuando un emperador alcanzaba la mayoría de edad. De ahí que, al gobernar en la sombra, sus logros fuesen atribuidos a otros personajes, mientras ella era vista como una conspiradora taimada y sanguinaria.

Cixí no medía mucho más de metro y medio, pero cuando se enfadaba su fría mirada era temible; el general Yuan Shikai, futuro primer presidente de la república china, explicaba que «me ponía a sudar» cuando Cixí fijaba sus ojos en él. La emperatriz se movía con elegancia sobre los zapatos con suela de hasta 14 centímetros que usaban las mujeres manchúes. Tenía una piel espléndida y en sus manos, delicadas, lucía largas uñas resguardadas con protectores enjoyados; prestaba gran atención a la cosmética y supervisaba la confección en palacio de los perfumes y jabones que empleaba.

En China, los gobernantes manchúes –que dominaban a la mayoritaria etnia han– se dividían entre los que se mostraban contrarios a los occidentales y quienes, como Cixí, querían modernizar China para impulsar su economía y evitar la sumisión a Occidente. Así lo había hecho Japón, que se convirtió en una grave amenaza para China. Cixí era partidaria de la occidentalización, aunque no a cualquier precio. Por ejemplo, tardó casi veinte años en decretar la construcción del ferrocarril, porque podía perturbar el reposo de los difuntos; y no quiso promover fábricas textiles porque quitaban trabajo a las mujeres. Sabía, además, que las reformas suscitaban una intensa oposición tanto entre el pueblo como entre la nobleza y los funcionarios, que en su mayoría detestaban a los bárbaros de Occidente.

A pesar de las críticas, Cixí pacificó el país, saneó sus cuentas, creó una armada y promovió la apertura al mundo con la ayuda de occidentales que dirigieron el ejército que aplastó a los Taiping, organizaron las aduanas y actuaron como embajadores. Con la mayoría de edad de Tongzhi, Cixí tuvo que retirarse en 1873. Pero su hijo no sentía ningún interés por el gobierno –prefería la ópera y el sexo– ni por su pía esposa Alute, a pesar de lo cual ésta se dejó morir de inanición, en la más estricta tradición confuciana, después de que la viruela matara a Tongzhi en 1875. Muchos adjudicaron sus muertes a las pérfidas artes de una Cixí sedienta de poder, lo que alimentó la leyenda negra de la emperatriz.

El fallecido Tongzhi no dejó sucesor, de manera que Cixí volvió a tomar las riendas del gobierno. Lo hizo como regente de un nuevo emperador, Guangxu, de tres años, a quien adoptó; era el hijo de su hermana y del príncipe Chun. Entonces impulsó una segunda oleada modernizadora que incluyó la llegada de la electricidad, la minería del carbón y una guerra contra Francia (acabada en tablas) porque no quiso satisfacer las apetencias territoriales galas en la frontera entre China y Vietnam.

Reacción en la corte

Todo cambió cuando Cixí tuvo que dejar el poder a Guangxu en 1889. Su frío trato al niño (que se dirigía oficialmente a ella como «querido papá») los distanció, sobre todo desde que el príncipe Chun –instigado por la propia Cixí– había obligado al imperial retoño a arrodillarse ante la regente y pedirle que siguiera gobernando un tiempo más. Los estudios absorbían a Guangxu, educado por el Gran Tutor Weng en la más rigurosa rigurosa ortodoxia confuciana y el recelo a todo lo occidental. Su incomprensión del mundo moderno llevó al abandono del programa naval y propició una demoledora derrota ante Japón, en 1895. La crisis hizo que Cixí volviera como gobernante de hecho. Para ello no dudó en amenazar a Guangxu con desvelar los turbios negocios (incluida la venta de cargos) que su concubina Perla realizaba al abrigo de su puesto.

La tensión entre Cixí y su hijo, y entre reformistas y tradicionalistas, dio pie a la irrupción de un nuevo personaje: Kang Youwei. Sus propuestas reformistas le valieron ascendiente sobre Cixí, que lo introdujo en la corte. Allí se granjeó el aprecio de Guangxu y maniobró para hacerse con los resortes del gobierno, situando a sus acólitos en el entorno del emperador, al que colmaba de halagos. Pero ocupar el poder requería deshacerse de Cixí, a la que quiso asesinar con ayuda de Japón; allí se refugió cuando se descubrió el complot. Cixí supo que su hijo estaba al corriente de la trama y lo convirtió en prisionero en su propio palacio. Pero ocultó la actuación de Guangxu para no comprometer a la dinastía, y éste y Kang quedaron ante el mundo como reformadores mártires de una despótica Cixí, rechazada por unas potencias occidentales que esperaban apoderarse de territorio chino.

Justo entonces, las agresiones alemanas en Shandong desataron la rebelión nacionalista y anticristiana de los bóxers. Las potencias amenazaron a Cixí con atacar si no prohibía las sociedades nacionalistas, pero ella rechazó el ultimátum y les declaró la guerra utilizando a los bóxers como fuerza de choque, aunque intentó evitar sus ataques a cristianos chinos y a los extranjeros. China fue derrotada, pero la élite dirigente arropó a una Cixí capaz de publicar el insólito Decreto del Remordimiento, en el que se reprochaba a sí misma la devastación causada por la guerra. Le siguió, en enero de 1901, el anuncio de reformas que igualasen el país con Occidente y que removieron todos los aspectos de la vida china: se autorizaron los matrimonios entre los han y los manchúes, se prohibió el vendado de pies a que eran sometidas las niñas han y se abrió una era de insólita libertad de prensa, que enervó incluso a los dirigentes más reformistas.

Entrada del ejército aliado en Beijing (Pekín) para sofocar la revuelta de los bóxers, el 14 de agosto de 1901.
Cixí acometió entonces el mayor de los cambios: en 1906 anunció la transformación de China en una monarquía constitucional, lo que incluía el derecho al voto. La muerte la detuvo antes de completar su obra, el 15 de noviembre de 1908. El día anterior había expirado Guangxu. Murió envenenado por orden de Cixí, temerosa de que el débil soberano convirtiera su país en una presa fácil de Japón. No es de extrañar que un diplomático francés la definiera como «el único hombre de China».

Vía National Geographic.

Para saber más:

- Cixí, la emperatriz, Jung Chang. Editorial Taurus, Madrid, 2014.
- Reportaje en pdf de La Vanguardia, edición de 6 de abril de 2014.

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