Acerca del pensamiento filosófico de la Edad Moderna (siglos XVII-XVIII)

He hecho un minúsculo sondeo en Twitter para ver si había interés en que tocase cuestiones básicas de filosofía en el blog y el resultado ha salido positivo, así que vamos a comenzar con una serie de entradas periódicas en las que procuraré explicar de forma entendible aspectos del pensamiento filosófico que flotan en nuestro ambiente actual y que, desafortunadamente, no somos capaces a menudo de comprender y, mucho menos, explicar. Y todo ello va a ser posible gracias al profesor de la UNED, Alejandro Escudero Pérez, que se toma la molestia de confeccionar unos apuntes maravillosos que nos ayudan mucho a los estudiantes a la hora de entender a los grandes pensadores. Y es que filosofar, filosofamos todos, pero entender lo que hay en el fondo... esa ya es otra cuestión. Oímos hablar o leemos sobre la metafísica, el nihilismo, el marxismo y otras muchas cuestiones, y, generalmente, escuchamos o vemos cada burrada que causa vergüenza ajena.

Imagen de Nueva Acrópolis.

Así que he decidido empezar por una época más cercana a la nuestra ya que, de ella, aún está "mamando" nuestro pensamiento actual (bueno, el que piense, que los hay que no piensan ni aunque les paguen). Esa época es la Moderna que enlaza con la Contemporánea, esto es, vamos a comenzar en el siglo XVII para llegar hasta nuestros días. Vamos allá, a ver qué pasa.

Las propuestas teóricas de los distintos filósofos modernos normalmente estuvieron agrupadas principalmente en corrientes como el Racionalismo o el Empirismo, pero cuidado, esto no significó que entre ellos no hubiese importantes diferencias porque las hubo. Esto se debió a que sus propuestas estuvieron entretejidas con procesos históricos propios de aquella época, que acaecieron de forma paulatina y con ritmos distintos, en las ciencias, las técnicas, la moral, la política, el arte y la religión.

Arriba, Descartes, Spinoza, Leibniz y Hobbes.
Abajo, Locke, Berkeley, Hume y Kant.
Por una lado destacamos la corriente llamada “Racionalismo”, que está directamente ligada al ‘afianzamiento’ de la ciencia moderna de la naturaleza (o también, de la física-matemática de la modernidad). Este peculiar ‘paradigma científico’ (caracterizado por el heliocentrismo, el mecanicismo, la primacía de lo cuantitativo, etc.) surgió con Copérnico y Kepler en el Renacimiento, pasó por Galileo, y, después, por Descartes, Newton y Leibniz. De esta lista fueron propiamente filósofos, además de científicos, Descartes y Leibniz. Por ejemplo, debemos a Descartes la geometría analítica, y a Leibniz el cálculo diferencial. ¿Qué pretendieron, como filósofos, ambos? Principalmente ofrecer una ‘fundamentación’ filosófica de la ciencia moderna. Hay que recordar que, en aquel contexto, el afianzamiento de la ciencia moderna no fue nada sencillo: la muerte en la hoguera de Giordano Bruno o la condena de Galileo son una prueba de ello, pero no la única: Descartes, por ejemplo, vivió parte de su vida en Holanda precisamente porque ahí podía dedicarse sin sobresaltos a sus estudios científicos, cosa que difícilmente podría haber ocurrido en Francia. Por otra lado hay que destacar el nexo entre la ciencia moderna y la primera ‘revolución industrial’, en la que se aplicaron técnicamente los conocimientos científicos.

De la corriente ‘Empirista’ (Hobbes, Locke, Hume, etc.) es preciso señalar su conexión con dos procesos históricos peculiares, uno de carácter político y otro de índole científica. En Hobbes y en Locke se fraguaron –aunque hay otros autores también representativos de esta idea- las concepciones ‘contractualistas’ del poder político: según ellas el poder del Estado no emana directamente de Dios (como sucedía en las teorías medievales o renacentistas ligadas a las monarquías de esa época), sino de un ‘contrato’ realizado por los ciudadanos en el que ceden su soberanía al Estado (esto, que ya encontramos expuesto en autores ingleses del siglo XVII, fue decisivo para la ‘revolución francesa’ del siglo XVIII). Por otra parte los autores ‘empiristas’ estuvieron vinculados a lo que puede llamarse ‘afianzamiento de las ciencias empíricas’ (unas ciencias más cualitativas que cuantitativas, en las que a lo sumo se alcanza una verdad probable gracias al razonamiento inductivo). John Locke, por ejemplo, era médico y estuvo ligado a la ‘historia natural’ (la ‘biología’ del siglo XVII y XVIII en la que destacaron Buffon y Linneo, y que consistía en un conocimiento clasificatorio en el que se realizaban exhaustivas taxonomías de los seres vivos. Hume, por su parte, fue historiador (escribió una voluminosa “Historia de Inglaterra”, por ejemplo).

¿Qué elemento es común a los autores ‘racionalistas’ y a los ‘empiristas’, es decir, a los autores del siglo XVII y de los primeros setenta años del siglo XVIII? Pues principalmente su marcado “Teocentrismo”: consideraban que el fundamento último del mundo es Dios, con dos notables excepciones: por un lado Spinoza, que sostiene que ‘Dios’ no es otra cosa que la ‘Naturaleza’-, y por otro Hume, que niega que ‘Dios’ pueda ser considerado el ‘fundamento último del mundo’.

Es necesario subrayar que este ‘teocentrismo’ de la primera modernidad es distinto del de la Edad Media (aunque haya, lógicamente, una cierta continuidad). ¿Cuándo se produce un cambio significativo en esto? Pues cuando se pasa del ‘Teocentrismo’ al ‘Antropocentrismo’, o sea, a la consideración de que el fundamento del mundo no es ‘Dios’ sino ‘el Hombre’. Se declara así al Hombre como el ‘Sujeto’, es decir, lo que ‘soporta’ y ‘sostiene’, por ser un ser ‘racional’, al propio mundo. ¿Y qué filósofo registra más nítidamente ese paso? Sin duda alguna Kant: su propuesta filosófica  conocida como ‘Idealismo transcendental’ significa que el Hombre, como Sujeto racional, es el fundamento del mundo, es decir, de la ciencia, de la moral, de la política, del arte, etc. Kant es la bisagra entre la primera modernidad y la modernidad plena, propia del siglo XIX.




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