El legado de los asombrosos duques de Alba

Protagonistas de guerras, leyendas negras y hazañas, devotos y promiscuos, mecenas y bohemios, amantes de reinas y amigos del escándalo. Cada uno de ellos ha sido un apasionante capítulo de una saga histórica que ahora tiene su continuación en Carlos Fitz-James Stuart y en su hijo Fernando, el nuevo soltero de oro del viejo continente.

GUTIERRE ALVAREZ DE TOLEDO (1376-1446)

Es quien inicia la línea nobiliaria. Obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, en 1429 obtuvo del rey Juan II el señorío de Alba de Tormes (Salamanca) como recompensa a su apoyo en los conflictos de la corona con los nobles castellanos. Su sobrino, Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, heredó de él las posesiones y, el mismo soberano, le convirtió también en conde de Alba de Tormes (1438).

Torre del obispo Don Gutierre, Castillo de Alba de Tormes, construida a comienzos del siglo XV y reforzada en el XVI.

GARCÍA ÁLVAREZ DE TOLEDO (1472-1488, 1 DUQUE DE ALBA)

Fue también marqués de Coria y conde de Salvatierra, hijo del primer conde de Alba de Tormes. El rey Enrique IV de Castilla elevó su título a ducado en 1472.


FADRIQUE ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ (1488-1531, II DUQUE DE ALBA)

Tuvo una importancia capital en la unidad de España. Intervino en la toma de Granada y estuvo presente en sus capitulaciones. Fernando el Católico le nombró general del ejército con el que conquistó el Reino de Navarra. Fue miembro del Consejo de Estado del emperador Carlos, quien le otorgó en 1520 la Grandeza de España y le concedió el Toisón de Oro.



FERNANDO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y PIMENTEL, EL GRAN DUQUE (1531-1582, III DUQUE DE ALBA)

Fue un personaje decisivo en la historia de los reinados de Carlos I y Felipe II. Participó en casi todos los conflictos de la época: liberó Viena del asedio de los turcos; tomó la ciudad de Roma por orden del emperador, enfrentándose al papa Pablo IV; combatió a los protestantes en Centroeuropa y de nuevo a los turcos en el norte de África, asegurando la supremacía hispana en el Mediterráneo. Tan fiel a la corona como cruel de sus enemigos, al duque se debe la leyenda negra que aún mancha la presencia española en los Países Bajos, a donde llegó para acabar con la rebelión de los nobles locales. Lo logró ordenando ejecuciones masivas y saqueos. Durante décadas su nombre aterrorizó a todo Flandes. A pesar de los servicios prestados, que hicieron de él un héroe del imperio y el mayor general de Europa, cayó en desgracia al permitir que su segundo hijo y sucesor se casara desafiando a Felipe II. El duque fue desterrado a la villa de Uceda durante un año, hasta que el rey le volvió a llamar para hacerse cargo de las tropas que tenían que tomar Portugal para la corona. Una vez más tuvo éxito en su misión y fue recompensado con el título de virrey de Portugal. Murió cerca de Lisboa y sus restos fueron enterrados, como los de sus antepasados, en Alba de Tormes (Salamanca).




FADRIQUE ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ DE GUZMÁN (1582-1585, IV DUQUE DE ALBA)

Había enviudado dos veces cuando se comprometió con Magdalena de Guzmán, dama de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, pero incumplió la promesa al casarse en secreto con María de Toledo, lo que le valió primero ir a prisión, y luego su retiro permanente en Alba de Tormes. Solo tuvo un hijo y este murió siendo un niño, por lo que su sobrino heredó los títulos.



ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y BEAUMONT (1585-1639, V DUQUE DE ALBA)

Sirvió a Felipe III y Felipe IV principalmente como virrey de Nápoles, aunque también ocupó importantes cargos en la Corte de Madrid. Mecenas de Lope de Vega, a él dedicó el poeta varias de sus obras y le convirtió en uno de los personajes de su obra "La Arcadia".



FERNANDO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y MENDOZA (1639-1667, VI DUQUE DE ALBA)

Su primer matrimonio fue con la marquesa de Villanueva del Río, que falleció joven, dejando a su marido en herencia el sevillano Palacio de las Dueñas. Fue un entusiasta de las artes y las letras y tuvo entre sus protegidos a Calderón de la Barca.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y ENRÍQUEZ DE RIBERA (1667-1690, VII DUQUE DE ALBA

Fue el único hijo de Fernando, el anterior duque. Pasó por el altar en dos ocasiones. Del segundo enlace, con Guiomar da Silva Mendoza Corella, nació su sucesor que sería el octavo duque de Alba. Su segundo hijo se convertiría años después en el décimo duque de Alba.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y FERNÁNDEZ DE VELASCO (1690-1701, VIII DUQUE DE ALBA)

Su boda con la hija del marqués de Ayamonte fue un acontecimiento social en Sevilla, donde la familia había fijado su segunda residencia, aunque el duque de Alba, como lo hicieron sus antepasados, seguía ocupando un lugar de privilegio en la corte madrileña.

ANTONIO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y GUZMÁN (1701-1711, IX DUQUE DE ALBA)

Tuvo tres hijos que murieron en la infancia por lo que el título pasó a su tío paterno.

FRANCISCO ÁLVAREZ DE TOLEDO Y Y SILVA (1711-1739, X DUQUE DE ALBA)

Contrajo matrimonio con Catalina de Haro y Guzmán, marquesa de Carpio, condesa de Monterrey y Grande de España como él. Los títulos y honores se iban acumulando en la familia, aunque para desgracia del duque, no hubo forma de transmitirlos a un hijo varón.

MARÍA TERESA ÁLVAREZ DE TOLEDO Y Y HARO (1739-1755, XI DUQUESA DE ALBA)

Antes de convertirse en la primera mujer al frente de este linaje y en heredera de la mayor fortuna de Europa, su padre se enfrentó a la difícil tarea de encontrar el esposo adecuado para llevar con dignidad el título de duque consorte. El elegido entre decenas de pretendientes fue Manuel María José de Silva, conde de Galve, que asumió su papel de actor secundario encargado de asegurar la descendencia. Silva pasó a ser el primer apellido de sus tres hijos, pero como la Casa de Alba siempre ha tenido sus propias leyes nobiliarias, los descendientes han podido mantener el de Álvarez de Toledo a su voluntad. La segunda hija del matrimonio, María Teresa, se casó con Jacobo Francisco Fitz-James Stuart, III duque de Berwick. El abuelo de éste fue el hijo bastardo favorito del rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia (Fitz-James significa "hijo de James", nombre que también se puede traducir como Jacobo) y de Arabella Churchill, antepasada del que sería primer ministro británico, emparentado por tanto con los Alba. El I duque de Berwick fue además el general que dirigió las tropas de Felipe V en la Guerra de Sucesión española (1700), ganando la corona para los Borbones. Por eso se le concedieron los ducados de Liria y Xerica, y la Grandeza de España. Con esta rama familiar se iniciaría un nuevo capítulo en la Casa de Alba.



FERNANDO DE SILVA Y ÁLVAREZ DE TOLEDO (1755-1776, XII DUQUE DE ALBA)

Hombre de la ilustración, más vinculado a las artes que a la política. Director de la Real Academia Española, fue quien ordenó construir el Palacio de Piedrahita (Ávila) y la Casa de Correos de Madrid, en la Puerta del Sol. Al fallecer su único hijo varón, los derechos sucesorios pasaron a su nieta, María Teresa, una niña díscola que solía escaparse de casa para disfrutar de la vida de Madrid. El duque quiso dejar su legado bien atado concertando la boda de su heredera con un primo, José Álvarez de Toledo y Gonzaga, duque de Medina Sidonia, una familia de tanta historia como los Alba. María Teresa tenía 12 años y hubo que esperar a su primera menstruación para consumar el matrimonio.




MARÍA TERESA CAYETANA DE SILVA ÁLVAREZ DE TOLEDO (1776-1802, XIII DUQUESA DE ALBA)

Acababa de cumplir 14 años y ya era la mujer más poderosa del reino, y estaba en boca de todos. Quería vivir intensamente y su marido, hombre de la cultura y de una reputación intachable, ni pudo ni quiso cortarle las alas a pesar del escándalo que provocaban sus correrías por las fiestas populares de Madrid y el rodearse de plebeyos en las fiestas palaciegas. Su primer amante fue su padrastro, el conde italiano Joaquín Pignatelli, con quien se casó su madre al poco de enviudar. Él fue la razón del odio que compartieron toda la vida la duquesa y la princesa de Asturias, María Luisa, futura reina consorte de Carlos IV. Ambas se disputaron al italiano y, con ambas, el conde intercambió placeres y regalos. Cuando Pignatelli desapareció de escena exiliado en París, María Luisa lo sustituyó en el lecho por Manuel de Godoy, al que colocó al frente del gobierno de España. Razón más que suficiente para que la duquesa conspirara contra él junto a otros nobles, sin éxito. Harta de las intrigas de Madrid, María Teresa se refugió en el palacio que la familia tenía en Sanlúcar de Barrameda, en donde la solía visitar otro de sus conocidos amantes, Francisco de Goya. En esa misma época el artista pinta "La maja vestida" y "La maja desnuda", por lo que muchos vieron en esa figura su imagen desinhibida.

Su muerte llegó por sorpresa, tenía sólo 40 años. Se habló de unas fiebres virulentas, pero también de suicidio y de asesinato, dada la profunda enemistad con los reyes y con Manuel de Godoy. Nunca quedaron claras las causas.




CARLOS MIGUEL FITZ-JAMES STUART Y SILVA (1802-1835, XIV DUQUE DE ALBA)

María Teresa no tuvo hijos, de manera que hubo que buscar al sucesor en el pariente más cercano, Carlos, de la rama de los Fitz-James Stuart, primo segundo de la duquesa fallecida. De esa forma la Casa de Alba adquirió derechos y títulos tanto en Inglaterra como en Escocia, y tomó posesión del Palacio de Liria, que pertenecía a los duques de Berwick. El heredero se distinguió como coleccionista de arte y a él se debe en gran medida la espectacular colección que posee la familia.


JACOBO FITZ-JAMES STUART Y VENTIMIGLIA (1835-1881, XV DUQUE DE ALBA)

Su madre, la princesa de Grammonte, aportó nuevos títulos italianos. Y su mujer, María Francisca Palafox, hermana de Eugenia de Montijo, la emperatriz de Francia, lo vinculó con la realeza gala.




CARLOS MARÍA FITZ-JAMES STUART Y PALAFOX (1881-1901, XVI DUQUE DE ALBA)

Primogénito de Jacobo, se casó con María del Rosario Falcó y Osorio. Tuvieron tres hijos y, al morir su tío paterno sin sucesor directo, el duque tendría que haber heredado los títulos del Infantado y de Pastrana. Ambos patrimonios le hubieran convertido en el mayor terrateniente de Europa, triplicando las posesiones de la monarquía, por eso la Corona lo impidió.




JACOBO FITZ-JAMES STUART Y FALCÓ (1901-1953, XVII DUQUE DE ALBA)

La biografía "Jacobo Alba, la vida de novela del padre de la duquesa de Alba", escrita por Emilio Landaluce, descubrió al aristócrata exquisito, al historiador, al "bon vivant", al deportista olímpico -medalla en Amberes 1920 con el equipo de polo-, al hombre de estado, y al padre cariñoso que tanto quiso y tanto influyó en su hija Cayetana. Sus aficiones fueron tan variadas como sus amores. El primero de ellos lo encontró en Inglaterra al lado de Shelagh, esposa del duque de Westminster, enredado a su vez en un intenso romance con Coco Chanel. Después se prendó de Linda Lee Thomas, rica norteamericana pero divorciada, de modo que no podía ser una candidata apropiada para la Casa de Alba. Al menos conservaron una íntima amistad que perduró después de que ella se casara con el genial compositor Cole Porter, homosexual que no veía con malos ojos sus escarceos. Jacobo tenía que elegir una buena esposa, noble y a ser posible rica, ya que las finanzas de los Alba sufrían el desgaste de varias generaciones poco interesadas en gestionar el patrimonio. La elegida fue Rosario de Silva (1900-1934). "Es una chiquilla adorable. Nos llevamos casi 20 años pero se adaptará bien a mi vida. Es elegante, cosmopolita y liberal. Parece fuerte, una buena madre para mis hijos", confesaba en una carta a Linda. El 28 de marzo de 1926 nació su única hija, Cayetana, en una de las habitaciones del Palacio de Liria, mientras su padre esperaba la noticia charlando en el salón con José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Los padrinos del bautismo de la niña fueron los reyes, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, o Ena, como él solía llamar a su amor más secreto. La reina le correspondía aunque nunca llegaron a ser amantes: la primera y única vez que se abrazaron fue en la estación de Les Aubray, de París, donde Jacobo recibió a una reina desolada en el comienzo de su exilio. Cuando el duque falleció en Suiza, con Cayetana a su lado, tenía la cruz de Victoria Eugenia en el pecho.




CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y SILVA (1953-2014, XVIII DUQUESA DE ALBA)

Tenía solo ocho años cuando perdió a su madre y todos sus afectos se volcaron en su padre. Era habitual ver la estampa de Cayetana aferrada a su mano y paseando juntos por las calles de Londres, donde el duque estaba al frente de la embajada española. La pequeña tuvo como compañera de juegos a la futura reina Isabel de Inglaterra y a su hermana Margarita, de manera que su presencia en Buckingham era tan habitual como las visitas de Winston Churchill a la embajada, al ser íntimo amigo de la familia y primo lejano de los Fitz-James.
Cuando heredó el ducado, y con él más de 40 títulos nobiliarios con 18 Grandezas de España, su primera tarea consistió en lograr financiación para terminar la reforma del Palacio de Liria, que había comenzado su padre dejando escuálidas las arcas familiares. Por entonces ya estaba casada con su primer marido, Luis Martínez de Irujo, elegido por el duque y aceptado como un deber por ella. El carácter discreto del consorte parecía aún más gris al compararlo con la intensidad vital de su mujer, quien siempre se sintió cómoda en la fiesta, entre flamencos, toreros y artistas. El padre de sus seis hijos murió de cáncer en 1972. Seis años más tarde se casaba con Jesús Aguirre, fallecido en 2001. Su última boda, con Alfonso Díez, sirvió para levantar acta final de su manera de ver el mundo: siempre abierta a los sentimientos, siempre dispuesta a vivir hasta las últimas consecuencias; siempre libre.




CARLOS FITZ-JAMES STUART Y MARTÍNEZ DE IRUJO (66 AÑOS, XIX DUQUE DE ALBA)

Su mayo deseo como heredero ha sido un imposible: el anonimato. Al menos se ha refugiado en una discreción que se agudizó después del fracaso de su matrimonio con Matilde Solís-Beaumont, concluido con una dolorosa nulidad eclesiástica. "Carlos es conservador y protegerá el título", decía Cayetana en su biografía "Lo que la vida me ha enseñado". De hecho, ese ha sido su propósito desde que tomó conciencia del peso de su apellido. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, tras morir su padre se dedicó a gestionar, sobre todo con la ayuda de su hermano Cayetano, la riqueza familiar, y conservar e incrementar su colosal patrimonio artístico. La familia lo es todo. Ese es el principal legado de su madre y Carlos lo ha hecho suyo. "Puedo decir con total sinceridad que mantengo unas relaciones excelentes con mis hermanos, basadas en un mutuo afecto y respeto. Aunque como le ocurre a casi todo el mundo, las obligaciones personales y profesionales de todos nos impiden vernos más a menudo", afirmó a la Agencia EFE. Poco tendrá que ver el duque con la figura extrovertida y vital de Cayetana. Mantendrá el mismo perfil bajo que parece haber inculcado en sus dos hijos, Fernando y Carlos, especialmente en el primero, próximo duque de Huesca a sus 24 años: licenciado en Derecho como su padre, sevillano hasta la médula como su abuela, y soltero de oro internacional.




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