La cábala: la ciencia secreta de los judíos

El rabino español Moisés de León, autor del Zohar, el principal libro cabalístico, intentó explicar qué es la Cábala valiéndose de una metáfora amatoria que describía la experiencia del hombre entregado al estudio de la Torá, la Ley de Dios: «La Torá es una bella amada que se esconde en las estancias de su palacio. Tiene un amante secreto, el sabio de corazón, que por amor a ella, día y noche ronda la casa. Ella lo sabe y, durante un instante fugaz, se asoma y le muestra su sonrisa para esconderse de nuevo. De todos los presentes, sólo él la ve, y todo él, su corazón y su alma, se vuelve hacia ella, porque sabe que durante ese mismo instante, ella también ha ardido de amor por él. Y sólo entonces se le vuelve claro el verdadero sentido de la Torá. Por eso, hay que estar atentos a la Torá, para convertirse en su amado».

Esta explicación espiritual, en la que la ley divina es una amada y el cabalista es su amante, es cercana a algunas imágenes de santa Teresa o san Juan de la Cruz. Pero para hallar una explicación racional de lo que es la Cábala debemos comenzar por el momento en el que, según la tradición, Moisés recibe la ley de Dios en el monte Sinaí. Aunque para Occidente este episodio se reduce a la entrega de las tablas que contienen los Diez Mandamientos, la tradición judía cuenta que Moisés recibió el texto de la Torá («instrucción», «ley»), compuesta por los cinco primeros libros de la Biblia hebrea y del Antiguo Testamento cristiano: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En estos libros se encuentran los 613 mandamientos que rigen la vida del judío practicante.

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Junto a esta Torá escrita, Moisés habría recibido además una Torá oral, que sería un desarrollo e interpretación de la escrita. Mientras la Torá escrita era accesible a todos, la oral se transmitió sólo de unos elegidos a otros. Desde el primer momento, se consideró que una parte de estas instrucciones no debía ser enseñada a todos, sino mantenida en secreto y transmitida a unos pocos elegidos, los «sabios de corazón». Para la concepción judía, dos obras posteriores, la Misná (siglo II) y el Talmud (siglos V-VII), son simplemente la puesta por escrito de la Torá oral revelada a Moisés. Existe aquí una línea de pensamiento que se adentra por los senderos del esoterismo y la mística.

El origen de la cábala 

Las doctrinas que siguen esta vía de interpretación se engloban bajo el concepto de «cábala». Esta palabra procede del hebreo qabbalah, «recibir», porque la cábala ha sido transmitida oralmente de un sabio a otro y es considerada, en realidad, como la parte oculta y secreta revelada en el Sinaí que permite la comprensión e interpretación más completa de la Torá escrita. Según la tradición judía, la cábala sería incluso anterior al Sinaí y tendría su origen en Adán. La práctica cabalística constituiría una especie de sexto sentido olvidado que poseyó el primer hombre y que todos los seres humanos tienen en potencia.

En realidad, el exilio babilónico (la deportación de los hebreos a Babilonia por Nabucodonosor II, 586-537 a. C.) habría resultado clave para la lectura simbólica del texto revelado. Y cuando el Templo de Jerusalén fue destruido por los romanos en 70 d. C., la morada del judaísmo pasó a encontrarse en la palabra dada por Dios, la Torá, y el deber de todo ser humano sería el estudio de esa palabra.  Así pues, podemos intuir los orígenes de la cábala en algún momento entre el regreso del destierro babilónico y el comienzo de la era cristiana. Hacia el siglo I-II d. C., tomando como punto de partida el capítulo primero de Ezequiel, con su visión de la merkabá, el carro o trono de Dios, y los palacios (hekhalot) donde vive, se desarrolló toda una literatura que aspiraba a tener un conocimiento de los misterios que rodean a Dios. Entre los siglos II y V d. C. surgió una literatura precabalística que hablaba de visiones y revelaciones de secretos celestiales, pero también explicaba métodos para estudiar y memorizar la Torá, vías para lograr experiencias místicas y la forma adecuada de rezar. Además, puesto que existe una conexión entre la esfera divina y la humana, se desarrollaron prácticas mágicas que favorecieran los intereses de los justos.

La aparición, en el siglo IX, del Séfer Yeziráh o Libro de la creación marcó el nacimiento de la Cábala en sentido estricto. Por primera vez se formuló la doctrina de las diez emanaciones (sefirot), los diez primeros números a través de los cuales la divinidad crea el universo. Esta teoría era una adaptación al judaísmo de doctrinas neopitagóricas que atribuían a los números un carácter sagrado y un poder creativo.

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En el siglo XII surgieron en Alemania las dos primeras figuras que podemos considerar auténticos «cabalistas»: Judá el Piadoso y Eleazar de Worms. Ya en el siglo XIII, la cábala clásica se extendió a la Provenza, y de ahí a Cataluña y el resto de España. En este período hay tres figuras cabalísticas fundamentales: Azriel ben Menahem de Gerona, el primero en utilizar el nombre de Cábala; su discípulo Nahmánides, que escribió un Comentario a la Torá, y Moisés de León, autor de la obra cumbre de la cábala, el Zohar o Esplendor, una compilación de toda la ciencia cabalística acumulada hasta entonces. Con la expulsión de España de los judíos en 1492, la escuela cabalística española entregó el testigo a la escuela de Safed (Israel), donde Isaac Luria el Ashkenazi, Moisés Cordovero y Josef Caro buscaron en la Torá, a través del Zohar, respuestas y consuelo para un drama que superaba su entendimiento racional.

De la teología a la magia

Hay dos tipos de cábala. La primera, y principal, es la cábala teórica (iyyunit), que pretende explicar la naturaleza de Dios y de su creación mediante el estudio teológico. La segunda es la cábala práctica (maasit), que se ocupa del empleo de la magia y las fuerzas sobrenaturales. La cábala teórica parte del siguiente razonamiento: toda la creación tiene su origen en el interior de la divinidad, en un lugar denominado Ain Sof («no límite»), que es inmaterial e infinito y es Uno. De él surge un rayo de luz, la primera emanación o proyección sobrenatural. Esta emanación ( sefirá en hebreo; en plural, sefirot, «números») no es materia, sino el pensamiento divino. A continuación, se crea el universo material, incluido el ser humano, mediante diez emanaciones o sefirot. Ain Sof, que es inmaterial, necesita estos pasos intermedios hasta llegar al mundo material.

Para alcanzar la gloria divina y fundirse con el Uno, el ser humano debe estudiar studiar la Torá, tanto en su vertiente racional como en la mística. La Cábala es la escalera que permite al hombre ascender los sucesivos niveles de la creación hasta reunirse con el Uno, con Ain Sof. El cabalista que lo consiga vivirá una experiencia mística como la que explica Moisés de León en el Zohar, citada al comienzo de esta entrada. Para a ello, el cabalista intenta más allá del sentido literal del texto empleando varias técnicas que parten del hecho de que la Torá está escrita en lengua hebrea y con caracteres hebreos. El alfabeto hebreo consta de 22 consonantes a las que se asigna un valor numérico según su posición en el alfabeto. Además, cada letra representa un principio simbólico. Puesto que Dios crea el mundo mediante la palabra (Génesis, 1), toda frase, palabra o letra escrita en la Torá ofrece información, a la vista de todos o de forma oculta, aguardando a ser descubierta por el sabio de corazón que lo merezca.

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Cifras y letras

Para alcanzar estos significados ocultos se desarrollaron varios sistemas cuyo uso era más común en la cábala práctica (maasit) que en la teórica (iyyunit), más preocupada por los aspectos simbólicos del texto. Los tres mecanismos básicos de la Cábala práctica son la gematría, el notaricón y la temurá. El primero de ellos, la gematría, extrae la esencia del texto mediante el valor numérico de cada letra, palabra o frase. Una vez hallado el valor del conjunto analizado, se pone en relación con cualquier otro fragmento o palabra de la Torá que presente un valor idéntico, con lo que se pueden intercambiar sus significados. El notaricón consiste en la formación de palabras, con su correspondiente sentido, por medio de acrósticos, es decir, tomando la primera letra de cada palabra de una oración. En cuanto a la temurá, obtiene nuevos sentidos alterando el orden de las letras, sustituyendo unas letras por otras de acuerdo a unas determinadas reglas, o bien separando las palabras sin tener en cuenta la gramática. Como toda la creación está conectada con la divinidad mediante las emanaciones o sefirot, nuestra vida está gobernada hasta en el mínimo detalle por las leyes superiores del universo. Y la Cábala proporciona al ser humano las herramientas necesarias para vivir en armonía con estas leyes.

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Llegamos así al fin para el que nació la Cábala: alcanzar la salvación, que no es sino la unión mística con Dios, viviendo una vida de acuerdo con la Torá. Las buenas obras acercan al ser humano a la divinidad, mientras que el mal lo aleja de ella. Ante la contemplación del mal, el cabalista puede tener la tentación de buscar en el estudio una solución práctica para su problema. Surge de este modo la cábala práctica (maasit), al alcance de los estudiosos que, al desarrollar mejor sus poderes espirituales, adquieren ciertos poderes místicos –o mágicos– para ayudar a la gente.

Para entender la cábala hay que comprender que todo gira en torno al dualismo entre la esfera superior, divina, y la inferior, terrenal y humana. La intención final es que vuelvan a estar unidas para llegar al estado perfecto de iluminación. Para ello se utilizan como metáfora los primeros versículos del libro del Génesis, donde se dice que Dios creó el cielo y la tierra, es decir, lo superior y lo inferior, y a continuación hubo luz.

Para saber más:

- La mística judía. Una introducción, J. H. Laenen. Trotta, Madrid, 2006.
- La cábala y su simbolismo, G. Scholem. Siglo XXI, Madrid, 2009.
- Cuatro textos cabalísticos, Azriel de Gerona. Riopiedras, Barcelona, 1994.
- El Zohar (21 volúmenes), Shimón Bar Lojai. Obelisco, Barcelona, 2011.

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