El valor de la demostración en Spinoza

Uno de los propósitos más ambiciosos del pensamiento de Spinoza que mejor ilustran su adscripción a la corriente filosófica del racionalismo del siglo XVII es su intención de construir una filosofía basada en la seguridad y en la confianza que expresa el modelo deductivo-geométrico de la matemática. Como herramienta de trabajo, dirá programáticamente, este modelo nos permite una distanciación emocional con respecto a los objetos de estudio que nos atañen, y, por tanto, una objetivación desapasionada del puro intelecto, más allá de la risa, de las lágrimas y de los afectos: nec ridere, nec lugere, neque detestari; sed intelligere.

Desde un punto de vista interno, este procedimiento, que forma o configura un orden de proposiciones a partir de definiciones, postulados y axiomas evidentes previamente expuestos, representa para Spinoza un conocimiento verdadero en la medida en que si toda definición de una idea clara y distinta es verdadera, la deducción lógica de los demás elementos que la componen revelará un ejercicio y un funcionamiento natural de la razón humana que no se equivoca, o mejor dicho, que no puede no equivocarse, es decir, no puede ser distinto de como es y, en consecuencia, es necesario y no contingente.

Dicho de forma más entendible, para Spinoza la confianza en la razón humana depende en última instancia del valor que se atribuya a la demostración como garante último de la verdad. Sólo si la razón es capaz de construir un determinado sistema de conocimientos a partir de un primer principio del que se deduzcan todos demostrativamente, sólo si expresa esa misma seguridad con la que la matemática ha logrado edificar y formalizar un sistema productivo de demostraciones geométricas, sólo entonces se puede llegar a tomar conciencia de que todo conocimiento verdadero (o en términos estrictamente spinozistas, «más adecuado») lo es siempre en virtud de que se tome el orden geométrico de las cosas como necesidad intrínseca de la naturaleza.

En este punto es donde mejor se revela la conexión entre el orden geométrico y el orden divino. El orden geométrico no sólo expresa, igual que Dios, la sustancia misma de las cosas, es de hecho su perfecta analogía. Las cosas derivan necesariamente de la esencia o sustancia divina de Dios, igual que los teoremas proceden necesariamente de la esencia de las figuras geométricas. Ahora bien, mientras que el conocimiento racional que expresa la idea geométrica tiene una necesidad de mediación a través de una serie de pasos demostrativos, el conocimiento intuitivo que expresa el sentirse y el ver en Dios las cosas no precisa ya de mediación, ya que Dios es, en cuanto sustancia única, causa de sí misma (causa sui) y, en consecuencia, causa directa y necesaria de todo lo que existe, incluyendo la diversidad de los seres corpóreos y pensantes. Por eso la afirmación de Dios en el plano intuitivo es la condición de posibilidad de todo el sistema spinoziano, lo que significa que el conocimiento de Dios es el supuesto indispensable para el conocimiento de todas las cosas, porque una vez afirmado como una única necesidad racional absoluta pueden procederse a evaluar sus rigurosas correspondencias en el conocimiento racional, concretamente en la necesidad geométrica.

El método geométrico de Spinoza


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