La picadura de un escorpión

Estábamos trabajando en la costa occidental de la península del Sinaí, donde los antiguos egipcios extraían el cobre, un metal de gran valor para la fabricación de artículos de lujo. Lo fundían en pequeños hornos excavados en la tierra, de modo que peinábamos cualquier cavidad en busca de pruebas de aquella actividad minera.

A los escorpiones les gustan los agujeros, y nosotros teníamos que introducir los brazos en ellos para desenterrar los residuos de fundición. Antes siempre comprobábamos que no hubiese bichos, pero una mañana noté una aguda punzada al meter el brazo. Cuando saqué la mano, estaba hinchada y enrojecida. En esta región la picadura del escorpión de color amarillo suele ser sinónimo de muerte instantánea; la de cualquiera de las otras ocho especies locales no es tan letal, aunque sí muy dolorosa. El caso es que no había forma de saber qué me había picado. Sabía que tenía que evitar taquicardias para que el supuesto veneno no pasara al torrente sanguíneo. Intenté mantener la calma.

El vigilante del yacimiento, un beduino, tenía una forma interesante de tratar las picaduras de escorpión: escupió sobre la herida y la frotó. Acto seguido encendió un  mechero para cauterizarla. Lo detuve en el último momento. Entonces llegó la ambulancia. Cuando le dije al conductor que tenía que llevarme al hospital, se arrancó con un poema de amor. Una vez allí, el médico echó una mirada a mi muñeca y dijo: "Eso no es nada". Tras convencerlo de que me pusiera una vía por si acaso, una enfermera trajo un antídoto. Al ver que me remangaba, señaló el trasero y dijo: "En Egipto ponemos las inyecciones ahí".

La morfina me dejó sin fuerzas. Cuando el inspector del yacimiento se enteró de que me había picado un escorpión, vino corriendo al hospital. Al hallarme inmóvil creyó que había muerto. No fue así, pero aún hoy sigo sin saber qué es lo que me picó.

Testimonio de Sarah Parcak, Egiptóloga, y Arqueóloga.
Vía National Geographic.

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