Los antepasados de la Humanidad

El 15 de septiembre de 1976, en una excavación arqueológica en Laetoli, en las llanuras del norte de Tanzania, un grupo de jóvenes y animados científicos se estaba tomando un descanso. La excavación la dirigía Mary Leakey, una paleoantropóloga británica de reconocida fama mundial; sus anteriores descubrimientos de fósiles se consideraban decisivos para comprender la evolución de la Humanidad.

A pesar de la importante reputación de su mentora, los científicos sintieron la necesidad de hacer algo para distraerse y relajarse, y se decidieron por una pelea con excrementos secos de elefante, y así, entre gritos y risas, acabaron lanzándose grandes puñados de mierda unos a otros. La batalla se hizo más intensa y, uno de ellos, Andrew Hill, resbaló y cayó de cabeza sobre tierra dura; al abrir los ojos descubrió un conjunto de marcas curiosas. No podía saberlo, pero acababa de mirar atrás en el tiempo: nada menos que más de 3 millones de años.

Según demostró Leakey más adelante, las marcas las había hecho algún tipo de criatura prehistórica al caminar sobre tierra volcánica húmeda. Intrigada, se dio cuenta de que en los alrededores podía haber más cosas por descubrir y continuó trabajando con rapidez. Tres años después ya había desenterrado las "huellas de Laetoli", un conjunto de pisadas fosilizadas de 3,6 millones de años de edad del homínido Australophitecus, considerado el antepasado común del hombre y de los simios.

Curiosamente las pisadas parecían pertenecer a dos individuos diferentes. Uno medía unos 1,4 metros, y el otro 1,36 metros. Por la forma en la que habían caminado juntos parecían haber sido compañeros. Sus pisadas no eran terriblemente diferentes de las que un ser humano podría hacer hoy en día paseando por la arena húmeda de la playa.

Los dedos gordos de los pies estaban junto a los otros dedos, no sobresalían ni eran mucho más largos que el resto, como suele suceder en los simios. Aún más extraordinario fue que en un análisis más cuidadoso se descubrieron las huellas de un tercer Australophitecus superpuestas sobre las del conjunto principal. Se dedujo entonces, aunque sin pruebas científicas, que un Australophitecus joven habría pisado a propósito, quizás incluso jugando, sobre las huellas de sus padres.

Aunque no existen pruebas que apoyen tal hipótesis, el descubrimiento de Leakey de las primeras marcas dejadas por un antepasado humano en la arena ayudó a propiciar un cambio en la teoría antropológica. Hasta principios de los 70, siempre se había creído que andar erguido era una característica que había aparecido más o menos al mismo tiempo que el aumento de tamaño del cerebro, y el uso de herramientas de piedra. El descubrimiento del antropólogo estadounidense, Don C. Johanson, de Lucy, un esqueleto parcial de Australophitecus, en la depresión de Afar, en Etiopía, en 1974, demostró que criaturas simiescas de cerebro pequeño andaban erguidas hacía ya unos 3,5 millones de años, al menos un millón de años antes de la aparición de las primeras herramientas de piedra. Laetoli proporcionó más pruebas contundentes de que fue el hecho de caminar erguidos, y no un mayor tamaño del cerebro, lo que propició que la Humanidad se separara de sus primos los primates.

Lucy en el Museo de la Evolución Humana de Burgos
Para Mary Leakey, fallecida en 1996, fue el triunfo final de una carrera brillante, y otro ejemplo del papel que el azar había desempeñado en su trabajo. En 1959, Leakey trabajaba con su marido, el renombrado paleoantropólogo anglo-keniano, Louis Leakey, en Olduvai Gorge, un cañón de hasta 100 metros de profundidad que se extiende a lo largo de 100 km por el norte de Tanzania. Mary había planeado una pequeña excavación, pero una mañana, para hacer un favor a un grupo de cineastas que quería grabarla en busca de herramientas de piedra, se levantó temprano para explorar un barranco llamado Frida Leakey Korongo (en honor a la primera mujer de Louis).

Olduvai Gorge, en el Serengeti, al norte de Tanzania, es esencial para comprender la evolución humana
Acompañada de sus dálmatas, Victoria y Sally, comenzó a tantear tranquilamente una zona de tierra erosionada por la lluvia y vislumbró un fragmento minúsculo de hueso craneal, el primero de los 400 que reuniría. Varios meses después ya había reconstruido gran parte del cráneo del Australophitecus boisei (también considerado Paranthropus boisei), más conocido como el Hombre Cascanueces debido a sus enormes muelas, y lo había fechado en 1,79 millones de años. El hecho de que hubieran grabado todo el proceso captó la atención del mundo y desencadenó una ola de donaciones para investigadores de los orígenes de la Humanidad, haciendo que el interés se desviara de Asia a las áridas tierras de África Oriental.

Cráneo de Paranthropus boisei

"Las pruebas desenterradas echaron por tierra las doctrinas ortodoxas acerca de los orígenes del hombre: África es la cuna de la Humanidad"

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