La tumba perdida del rey Tut

Fue Tutmosis I quien fundó la tierra funeraria del Valle de los Reyes en un lecho de río seco cerca de Tebas, en la orilla oeste del Nilo. Desde su muerte en 1482 a.C. hasta el comienzo del milenio I d.C., se colocaron unas 70 tumbas reales en sólidos ataúdes de piedra, todos ellos bajo el monte de Tebas de forma piramidal, algo muy conveniente. Contenían escaleras, pasillos, cámaras para provisiones y pozos, además de cámaras funerarias elegantemente decoradas. Algunas de las tumbas más grandes se adentraban 91 m en las paredes de los acantilados e hicieron falta ejércitos de trabajadores y artesanos muy cualificados para excavarlas y decorarlas. Había incluso un guarda entrenado para proteger el valle de los invasores.

Alojar todas las tumbas bajo un mismo techo, por decirlo de alguna manera, ofrecía ventajas en seguridad pero no evitaba que los ladrones acecharan como buitres. Existen pruebas de que algunas tumbas fueron saqueadas pocos días después de que las sellaran, y que sobornaban a los guardas para conseguir información sobre las entradas y los pasillos internos.

Aquellas que sobrevivieron a estos primeros saqueos tuvieron que enfrentarse a los estragos de "exploradores" europeos, como Giovanni Belzoni, cuyas herramientas de excavación incluían un tronco con el que echar las puertas abajo. No es de extrañar que ya a principios del siglo XX pareciese que quedaban pocos asentamientos por descubrir, excepto, por supuesto, la tumba perdida del rey niño Tutankhamon (el monarca que reinó durante menos de una década y murió antes de cumplir los 19 años, h. 1323 a.C.).

Desde 1907, el arqueólogo británico Howard Carter había estado en la nómina del egiptólogo aficionado Lord Carnarvon, un hombre obsesionado con descubrir tumbas desconocidas en Tebas. Habían tenido algo de éxito al localizar tumbas de nobles de poca importancia cerca del monte de Tebas, pero a partir de 1917, Carter se concentró en la búsqueda de Tutankhamon. Cuando, cuatro años más tarde, aún no había avances, Carnarvon ordenó detener la excavación, pero Carter lo persuadió para que financiara tan solo una última temporada en el que era el último yacimiento viable, un triángulo de tierra cerca de la tumba de Ramsés VI.

Entrada a la KV6, preciosa tumba de Ramsés IX situada enfrente de la de Tutankhamon

Una tumba con mala fama

Tran solo tres días de excavación, el 21 de noviembre de 1922, los trabajadores descubrieron unos peldaños de piedra que llevaban a una entrada cubierta con escayola y marcada con lo que parecían sellos de los administradores de la necrópolis. Carter informó a su jefe y detuvo los trabajos hasta que Carnarvon llegó para dirigir la incursión en la tumba, el 23 de noviembre.

Tras ese murete se encuentra la rampa de acceso a la tumba de Tutankhamon, la KV62
 
Lo que vio en una cámara sellada interior era casi indescriptible, un suntuoso tesoro de objetos del Antiguo Egipto que incluía cofres dorados, taburetes y camas, estatuas del rey de tamaño real que enmarcaban la entrada a su cámara funeraria.  Allí dentro había un sepulcro decorado y dorado, pero eran en realidad cuatro, uno dentro de otro, como matrioskas rusas. Tras el último sepulcro descansaba el sarcófago; bajo su taba de granito yacía un ataúd envuelto en papel dorado. Solo entonces estuvo Carter seguro de que había dado con la tumba imperturbada del rey.

Les llevó meses catalogar los tesoros de Tutankhamon y, hasta febrero de 1925, Carter no pudo dedicar su atención al ataúd. Bajo la tapa de granito halló otros dos ataúdes, uno de ellos decorado con cerámica vidriada, obsidiana y lapislázuli; el otro fabricado en oro macizo de 25 mm de espesor y 110,4 kg de peso. Ni siquiera esto fue el final de las espléndidas sorpresas. Cuando el cuerpo del rey quedó por fin a la vista, Carter comprobó que la cabeza y los hombros estaban cubiertos de oro, lapislázuli y vidrio azul; era la máscara mortuoria de Tutankhamon, un rostro destinado a convertirse en uno de los más famosos de las civilizaciones antiguas. Hoy todas estas maravillas se pueden contemplar en el Museo Egipcio de El Cairo, y puedo asegurar que resultan más asombrosas y bellas cuando uno las tiene delante.

Papiro con la máscara de Tutankhamon (lo puedes utilizar como fondo de pantalla en el móvil ;-)

Para Carnarvon la historia acabó en tragedia. Nunca llegó a ver la máscara ya que murió en abril de 1923 a causa de una neumonía que le transmitió una pulga. Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, adoptaría una visión más imaginativa del fallecimiento de Carnarvon; sugirió que éste había respirado esporas mortales que los sacerdotes habían colocado en la tumba con el fin de castigar a los ladrones. Una investigación publicada en 1988 sugiere que es posible, en teoría, que un virus sobreviva en una tumba durante miles de años, haciéndose más fuerte en el proceso. Sin duda, esto alimenta una leyenda que será eterna.
"Lord Carnarvon ordenó parar pero Carter lo persuadió para que financiara una última excavación"

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