La piedra de Rosetta

Durante siglos, la barrera que impedía comprender mejor el Antiguo Egipto se encontraba en sus textos indescifrables. Muchos anticuarios de los siglos XVII y XVIII los habían estudiado y habían llegado a la conclusión de que los jeroglíficos eran un lenguaje simbólico empleado para archivar y guardar la filosofía y el conocimiento. No se pensaba que pudieran haber sido empleados en la vida cotidiana para tareas tan mundanas como hacer el inventario de tiendas de comestibles, o escribir un diario.

Como todos los grandes accidentes de la Historia, la clave provino de una fuente totalmente inesperada: las ambiciones territoriales de Napoleón Bonaparte. Su ejército conquistó Egipto en 1798 e inmediatamente comenzaron a reforzar las fortificaciones estratégicas a lo largo de la costa para repeler la respuesta de la armada real británica.

Rutas comerciales del Antiguo Egipto

Uno de los puertos que reformaron fue el de Rosetta, en el brazo oeste del Nilo, que se adentraba en el Mediterráneo. Cuando los trabajos comenzaron en el fuerte St. Julien en 1799, el oficial francés al mando, el capitán Bouchard, vio que los trabajadores habían desenterrado una tabla negra de basalto en la que había inscritos textos intrincados. No se trataba, en sí misma, de una noticia muy sorprendente (a menudo aparecían artefactos viejos al construir algo en Egipto), pero la diferencia en este caso radicaba en que la tabla de 1,18 m. contenía tres idiomas diferentes, y uno de ellos era una forma descifrable de egipcio.

La victoria de la armada real sobre la flota francesa en la bahía de Aboukir, y el rendimiento del ejército de Napoleón en Alejandría, otorgaron a los británicos el control sobre Egipto. La Piedra de Rosetta, junto con otros cientos de objetos reunidos por los estudiosos franceses que se habían unido a la expedición en el norte de África, fueron clasificados como botín de guerra y llevados a Londres. La Piedra de Rosetta se exhibió en el British Museum (donde aún está hoy en día) para que la investigaran uno a uno varios estudiosos europeos, entre ellos el diplomático sueco Johan Akerblad y el médico británico Thomas Young. Vieron que la piedra era una útil hoja de traducción, ya que la inscripción en honor del rey Ptolomeo V aparecía repetida en tres tipos de escritura. Comparando las palabras griegas con los jeroglíficos y con la escritura demótica, consiguieron identificar varias letras fonéticas en la versión demótica, y también los nombres propios. Quedó claro que la piedra databa del noveno año de reinado de Ptolomeo (196 a.C.), y que la inscripción la había realizado el sumo sacerdote de Menfis.

Piedra de Rosetta

Secretos resueltos

Los mayores avances se obtuvieron gracias al trabajo del brillante egiptólogo francés Jean François Champollion, un hombre que a los 16 años dominaba ya seis lenguas orientales antiguas. En 1821 comenzó a trabajar en la Piedra de Rosetta y, efectivamente, descifró el código, para más tarde elaborar una guía de la gramática del egipcio y un diccionario de lengua. Champollion mostró que los jeroglíficos egipcios se agrupaban en dos tipos básicos. Los ideogramas, que se referían a un objeto específico (el dibujo del sol podía significar "sol" o "día", por ejemplo), mientras que los fonogramas eran signos de sonidos que no tenían una relación con la palabra que representaban.

Para complicar aún más las cosas, algunos dibujos describían una palabra con un sonido parecido pero un significado diferente, y la mayoría de las frases combinaban dibujos y signos de sonidos. Es por esto que un dibujo del suelo de una casa se traducía simplemente como "casa", pero el  mismo dibujo seguido de signos de sonido y un par de piernas andantes significaba "salir".

De ayuda para la traducción era el hecho de que algunas palabras aparecieran dentro de anillos ovalados llamados "cartuchos". Gracias al estudio del texto griego, Champollion sabía que estas palabras se referían a monarcas como Ptolomeo o Cleopatra, y fue capaz de aplicar los signos que contenían a otros nombres reales. En unos pocos años se había resuelto el misterio de cinco milenios de escritos egipcios en piedra y papiro.

Los especialistas europeos vieron que se trataba de una útil hoja de traducción.

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