Los templos del Nilo: santuarios religiosos

Los egipcios construyeron principalmente dos tipos de templos: uno dedicado a los dioses de su mitología, el otro a los faraones muertos (el culto mortuorio). En ambos casos, la gente corriente no tenía acceso a los lugares sagrados, aunque a veces los recintos exteriores solían ser zonas muy concurridas y ruidosas donde los devotos portadores de ofrendas se mezclaban con los administradores y los trabajadores del templo. Para la mayor parte de los egipcios, las visitas al templo solían reducirse a los días de fiesta, días en los que se acercaban a contemplar las procesiones y ceremonias que se llevaban a cabo en los patios. Sólo los sacerdotes de más alto nivel tenían permitido el acceso al interior oscuro y silencioso del santuario, donde servían a la estatua del dios o faraón correspondiente. El magnífico complejo de templos de Karnak, en la orilla este del Nilo en Tebas (hoy Luxor), es seguramente el mejor ejemplo de la complejidad entrelazada de la religión del Antiguo Egipto. En Karnak se elevan una serie de templos construidos sucesivamente por reyes del Imperio Medio y del Nuevo; hay, además, varias alineaciones norte-sur y este-oeste, marcadas con puertas monumentales conocidas como pilonos, avenidas de esfinges y lagos sagrados.

Avenida de las Esfinges que une los templos de Luxor y Karnak
El lago sagrado
El templo más importante, dedicado al dios "oficial" del Estado, Amón, es el que fundó Sesostris I hacia el año 1900 a.C., aunque no fue terminado hasta el reinado de Ramsés II (h. 1200 a.C.). Amón se encuentra en un recinto que mide 140 m² y el techo de la sala central descansa sobre 122 columnas de más de 21 metros de alto. Las paredes están cubiertas de relieves, textos históricos, plegarias, himnos e inscripciones, una fuente de información que ha proporcionado a los historiadores una visión del estilo de vida del Antiguo Egipto hacia el final del Imperio Antiguo.

Pilono de acceso al templo de Luxor

Las comidas espirituales del faraón

Además de los dioses estatales, los egipcios visitaban también de forma regular los santuarios de deidades menores. A estas les ofrecían plegarias relacionadas con temas de importancia local, como asegurar una buena cosecha o erradicar una enfermedad. Una complicación más era el hecho de que todos los dioses, incluso los de carácter estatal, se ponían y se pasaban de moda continuamente. Hasta que Amón se hizo "famoso", era Ra el que ostentaba el estatus más alto. Y el auge de Osiris, dios de los muertos supuestamente enterrado en Abidos, coincidió con la decadencia de su predecesor, Khenty Amenti. Los rituales de los templos mortuorios nos son más comprensibles desde 1982 cuando unos arqueólogos checos descubrieron 2.000 fragmentos de archivos administrativos relacionados con el templo del rey de la quinta dinastía, Reneferef, fallecido hacia 2455 a.C. Los archivos relataban que cada día una procesión solemne de sacerdotes marchaba alrededor de la pirámide del faraón mientras su estatua era rociada con aceites aromáticos, pintada, vestida y "alimentada". Alimentar la estatua consistía en colocar una ofrenda de alimentos junto a ella, tras lo cual el sumo sacerdote decidía que había sido "comida" de forma espiritual y la repartía entre los presentes. En el Valle de los Reyes, los templos mortuorios dedicados a enterramientos reales se hallaban en la orilla oeste al sur de Tebas. Allí, las famosas estatuas conocidas como Colosos de Memnon, marcaron una vez la entrada al templo mortuorio de Amenofis III.

Los colosos de Memnon

Se volvió tan común que hubiera estatuas de menor importancia en los templos, que de vez en cuando los sacerdotes ordenaban llevar a cabo una limpieza y enterraban muchas de las más viejas. Uno de los alijos más misteriosos se descubrió en 1903 en el eje norte sur de Karnak. Contenía 800 estatuas y 17.000 artefactos religiosos de pequeño tamaño.

Recorrido entre pilares y detalle del interior del templo de Luxor

El palacio del polvo de oro

A principios de 1999 el egiptólogo alemán Edgar Pusch anunció que había descubierto las ruinas de un palacio de oro bajo 60 centímetros de sedimento del Nilo, en un lugar que se creía que era Piramesse, la capital perdida de Ramsés II. Los primeros hallazgos de la excavación fueron estatuas doradas, cerámicas singulares, y piezas de bronce muy detalladas que sugieren que los faraones poseían riquezas mucho mayores y estaban más avanzados de lo que indican las pirámides. Pusch declaró que las riquezas desenterradas dan crédito a los cuentos antiguos sobre polvo de oro en la ciudad de Piramesse. "No hay casi ni un centímetro cúbico en el palacio que no contenga oro", dijo. "Cuando caminas a lo largo del suelo, remueves minúsculas motas de polvo de oro".

"Las estatuas eran rociadas con perfume, pintadas, vestidas y alimentadas"

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