Asia occidental y Oriente Próximo

Una tierra inmortalizada en la Biblia y en los mágicos relatos populares de Las mil y una noches. Entre la niebla de semirealidad, semifantasía que envuelve gran parte de la Historia Antigua de Mesopotamia y Oriente Próximo, se hallan los orígenes de las primeras grandes ciudades del mundo: Babilonia, Nínive, Ur, Persépolis, Ebla y Jericó. Aquí los arqueólogos han descubierto planes de urbanización y de ingeniería civil de una eficiencia difícil de creer: estas sociedades eran capaces de canalizar agua potable por una red de 50 km de canales y acueductos en una época en la que la mayor parte del mundo acababa de asomarse a la tecnología posterior a la Edad del Bronce.

La difusión de las innovaciones en el diseño de estructuras, la agricultura y la metalurgia, tuvieron como consecuencia la ampliación de las redes comerciales y, con ello, la aparición entre los gobernantes de una ambición fiera de proteger sus riquezas y crear imperios nuevos. En cuestión de unos pocos cientos de años, Mesopotamia (la tierra que hoy en día comparten, más o menos, Irak y Siria) se convirtió en el campo de batalla en el que innumerables reinos y ciudades-estado pusieron a prueba su poder militar. Los sumarios, asirios, persas, babilonios y caldeos, reclamaron la hegemonía para sí mismos, y sus estrellas se elevaron y cayeron una a una a medida que avanzaba el tiempo.

Relieve en ladrillo satinado de un arquero aqueménida, h. 375 a.C. Vía BBC.

Fue este, también, un período en el que nacieron diversos tipos de fe, un tiempo en el que los judíos y los primeros cristianos estaban perseguidos por los romanos paganos y respondían con actos de martirio e, incluso, de terrorismo. Una de las muestras de desafío más notables y trágicas tuvo lugar en el antiguo palacio fortificado del rey Herodes, la fortaleza de Masada, donde mil hombres, mujeres y niños contuvieron a la décima legión romana durante dos años, antes de cometer un suicidio en masa. Al igual que muchos miles de personas en aquellos años, creían firmemente que la suya era una tierra por la que merecía la pena morir. Igual que hoy.


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