¿Es lícito el derecho de autodeterminación? (I) *

Algo debió de hacer muy bien la ideología franquista cuando ha logrado que “la indisoluble unidad de la nación española” sea un principio innegociable tanto en los partidos de derechas como de izquierdas. Ciudadanos, el PSOE y el PP, repiten como un mantra que no se puede ni debe permitir el ejercicio del derecho de autodeterminación mediante un referéndum, ni en Cataluña, ni en Euskadi, ni en ninguna parte. Hasta tal punto ha llegado esta cuestión que la gran barrera para que haya un acuerdo de cambio de gobierno entre Podemos, PSOE y Ciudadanos es precisamente este asunto, al ser necesario abrir el acuerdo a los partidos nacionalistas vascos y catalanes. Por ello, creo que es oportuno aclarar en qué consiste este derecho, cuál ha sido su evolución histórica, y en qué principios o hechos se basa con el fin de determinar si estamos ante algo que puede ser de justicia o no.


Según la RAE, la autodeterminación es la “decisión de los ciudadanos de un territorio determinado sobre su futuro estatuto político”. Otorga, pues, a sus pobladores el derecho a decidir. Por otro lado, el derecho de autodeterminación, está recogido en el derecho internacional, y es el principio según el cual los  pueblos o naciones tienen derecho a decidir libremente acerca de su soberanía política y su estatus internacional, es decir que pueden optar por la independencia, la federación, la autonomía o la plena integración dentro de un Estado más  amplio. De aquí sacamos ya un primer dato muy importante a tener en cuenta: un referéndum ejercitando este derecho reconocido internacionalmente no es un referéndum para lograr la independencia, muy al contrario, generalmente la ciudadanía acaba por descartar la vía independentista a consecuencia de un miedo natural al cambio. Por tanto, decir que un referéndum de autodeterminación es un acto separatista es una tremenda falsedad.

Ahora bien, ¿qué mueve a una comunidad a plantearse la modificación de su status político? ¿Cómo surge una Nación-Estado? Pues hay en su germen tres aspectos históricamente bien definidos que debemos analizar con rigor:

  • Intereses económicos de una comunidad.
  • Intereses políticos.
  • Un sentimiento de identidad nacional.


Los intereses económicos son, a mi juicio, los más determinantes a la hora de constituirse una nación independiente. El primer caso significativo que nos encontramos al respecto es el nacimiento de Suiza y es que, lejos de las leyendas que desde el siglo XV consideraban a Guillermo Tell como el impulsor de la independencia suiza, hay que aclarar que esta región, al igual que otros territorios del Imperio, estaba bajo el señorío de los Habsburgo, y era el paso natural por el que discurrían las principales vías de comunicación entre Italia y los Países Bajos, o lo que es lo mismo, el comercio entre el Adriático y el Mar del Norte, motivo por el cual sus habitantes se especializaron en el transporte de mercancías italianas y flamencas. La apertura hacia 1230 del paso de San Gotardo y el tendido de un puente para salvar el río Reuss, hicieron que casi todo el flujo de mercancías pasara por este territorio, lo que trajo prosperidad económica a los habitantes de Uri y Schwich, que obtuvieron del emperador Federico II cartas de franquicia y protección frente a los Habsburgo, a los que previamente los suizos habían pagado el rescate de sus derechos dominicales sobre ellos.

El emperador Rodolfo de Habsburgo, que sufría una permanente necesidad de obtener dinero, impuso nuevos impuestos a los productos y mercancías que circulaban por sus tierras, por lo que estalló una revuelta y, el 1 de agosto de 1291, los habitantes de Uri, Schwich y Unterwald se unieron en una Liga o Landfriede similar a las que había en otros lugares del Imperio, por eso esta es la fecha que conmemora el acta fundacional de la actual Confederación Helvética. Posteriormente se unieron otras ciudades como Lucerna, Berna y Zurich, al arrebatarles a la nobleza el poder la burguesía y los artesanos. Así fue como se creó una federación única que agrupaba a ciudades y campesinos con una estructura republicana al margen del poder señorial, en base a puros intereses económicos. Tras librar muchas más batallas, los cantones suizos obtuvieron la independencia formal con la Paz de Westfalia (1648).

El segundo caso significativo es el del nacimiento de Estados Unidos, de hecho, la primera manifestación del derecho de autodeterminación escrita aparece en su Declaración de Independencia, y reza así: 

“Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario que un pueblo disuelva los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tome entre las naciones de la Tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.”

El texto habla por sí solo, así que no me voy a detener en explicar nada de este proceso porque hay suficiente bibliografía al respecto para consultar, simplemente me basta con reseñar que su proceso de independencia fue el fruto del hartazgo de las Trece Colonias del pago de excesivos impuestos a Gran Bretaña que mermaban su prosperidad. La historia se repetía.

El segundo caso, el de los intereses políticos, es uno de los más ilustrativos que se pueden dar. Vean cómo era el mapa de Europa en 1914, justo antes de estallar la Primera Guerra Mundial.


Fuente: GeaCron.
¿Notan algo llamativo? ¿No? Compárenlo con este de 1919 una vez terminada la IGM, a ver qué pasa.



Efectivamente, como parte de magia han aparecido nuevos países: Finlandia, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Ucrania. ¿Qué fue lo que ocurrió? Muy sencillo: cuando comenzó la IGM todos esos territorios formaban parte de la Rusia zarista pero, tras el triunfo de la revolución socialista de 1917, una de las prioridades de Lenin era abandonar la contienda puesto que debía centrarse en la construcción y mantenimiento del Estado soviético. El pueblo ruso no quería participar en una guerra imperialista de la que no se sentían parte. De esta manera, tras la firma del Tratado de Brest-Litovsk, los gobiernos y parlamentos de los países autodenominados democráticos interpusieron un cordón sanitario de países de nueva creación como dique de contención del socialismo (ver imagen), apoyándose para ello en el derecho de los pueblos a decidir sobre sí mismos (derecho de autodeterminación) que había sido reclamado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en sus ya famosos 14 puntos.

Frontera impuesta a Rusia en 1918. Fuente: Wikipedia.    
Un grave problema de estos nuevos Estados fue la realidad multiétnica de su población. Estas nuevas formaciones tenían minorías pertenecientes a Estados vecinos. Así que problemas que habían estado en el origen de la Primera Guerra Mundial quedaban sin solución con el nuevo reparto y estuvieron presentes en los pasos previos a la Segunda Guerra Mundial. 

Más casos de identidad nacional. La Carta de las Naciones Unidas, aprobada en 1945, afirma que las relaciones de amistad entre las naciones deben basarse en “el  principio de iguales derechos y autodeterminación de los pueblos”, sin más precisión. Las naciones de Asia y África sometidas a dominio colonial se independizaron a partir de ese año trazando sus fronteras de acuerdo con el principio jurídico de uti  possidetis (como  poseéis),  derivado del derecho romano, es decir, basándose en los límites territoriales existentes, en este caso las antiguas fronteras coloniales. Este principio ya fue invocado por Simón Bolívar en el momento de la independencia de las repúblicas latinoamericanas, por considerar que el mantenimiento de los límites entre las antiguas demarcaciones administrativas coloniales era el modo menos conflictivo de trazar las nuevas fronteras. Así pues las nuevas fronteras asiáticas y africanas basadas casi exclusivamente en las establecidas durante el período colonial no tomaron en cuenta las diferencias étnicas o lingüísticas, dado que casi ningún territorio era homogéneo y que las fronteras no eran nítidas.


Como colofón a esta primera parte observamos que la identidad nacional, sobre la cual no existe consenso alguno de qué características la definen, es siempre manejada a su antojo por el poder dominante, lo que nos lleva, inevitablemente, a concluir que la clave está en el tercer punto: los intereses políticos.

*  Artículo original publicado en Nueva Revolución el 14 de septiembre de 2016. 

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