Confucio, la lucha de un sabio contra la tiranía

Confucio nació en el año 551 a.C. cerca de la ciudad de Qufu, en el Estado de Lu. Era hijo de Kong Shuliang Ho, un alto mando del ejército de Lu, y de una joven de la que sólo sabemos que pertenecía a la familia Yan. El nombre de pila de Confucio era Kong Qiu, y una vez establecido como maestro pasó a ser conocido como Kong Fuzi, el maestro Kong. Confucio es la latinización de su nombre chino, que llegó a Europa de la mano del jesuita Matteo Ricci (1552-1610).

 
En busca de la virtud

Confucio quedó huérfano siendo un niño; según recuerda en sus máximas, su infancia fue difícil y hubo de desempeñar oficios manuales. A los 19 años se casó con una joven que le dio pronto dos hijos; por entonces ingresó en la administración del Estado de Lu. No tenemos muchos datos sobre el desarrollo de su carrera, pero parece que a partir de un puesto de contable ascendió a guardia de los graneros y del ganado del clan Jihuanzi, y luego a funcionario de distrito. Su definitivo encumbramiento llegó cuando fue nombrado ministro de Obras Públicas y, poco después, ministro de Justicia. Este último, contra lo que pueda parecer, era un cargo de importancia media; aunque Confucio podía asistir a algunas audiencias del príncipe de Lu, en realidad era un subordinado del primer ministro. Pese a ello, Confucio concibió la esperanza de llevar a cabo, desde ese puesto, un amplio proyecto de reforma del Estado y de la sociedad.

China vivía entonces el llamado período Chunqiu, «Primaveras y Otoños» (722-481 a.C.), una época de inestabilidad marcada por el declive de la dinastía imperial de los Zhou, acosada por grupos tribales de la región occidental. Ello había dado lugar al surgimiento de pequeños ducados, envueltos en constantes guerras que arrastraron consigo a muchas de las grandes familias feudales, víctimas de primeros ministros ambiciosos y sin escrúpulos.

Testigo del colapso de la civilización china, Confucio propugnó, desde el gobierno, una política dirigida a restablecer el orden y la armonía de la sociedad. Su receta era, en apariencia, muy simple: se trataba de retornar a una época antigua, los orígenes de la dinastía Zhou, en la que el gobierno había demostrado un escrupuloso respeto por los rituales heredados de las dinastías anteriores, como los Shang. El concepto del ritual en Confucio, a pesar de tener connotaciones religiosas, podría interpretarse como el mantenimiento de las costumbres ancestrales que forman el grueso de la cultura china. La observancia del ritual era para él una forma de mantener el orden cósmico. El gobierno de un rey debía estar basado en la virtud y en la estricta observancia del ritual; sólo así podría haber armonía en la sociedad y el universo. Para el gran maestro, si un rey gobernaba desde la virtud, las leyes serían innecesarias porque los súbditos no se atreverían a ser deshonestos.

En su actuación como ministro de Lu, Confucio trató en todo momento de poner en práctica la máxima del respeto a los rituales. En una ocasión acudió como embajador a una entrevista con el príncipe del Estado vecino de Qi, pero al llegar vio que éste se había presentado acompañado por tropas de un pueblo no chino, los lai, al que Confucio consideraba bárbaro. El ministro se adelantó y exigió al príncipe que retirara a los lai, reprochándole que unos «bárbaros provocaran malestar entre estados chinos» y señalando que «seguir adelante sería de mal agüero desde la perspectiva de los espíritus» e «inapropiado desde la perspectiva de los seres humanos», una «transgresión moral». El soberano de Qi aceptó retirar a los lai y el acuerdo se firmó, pero a continuación surgió otro roce. El príncipe de Qi organizó un festín por todo lo alto, pero Confucio consideró que el lugar no era adecuado y que no se disponía de la vajilla correcta para celebrar el banquete de acuerdo con los ritos establecidos: «Un banquete ha de servir para iluminar la virtud. Si no puede ser así, es mejor no celebrarlo». Finalmente, el festín fue suspendido.

El erudito viajero

La insistencia de Confucio en la observancia de los ritos y sus rígidas exigencias morales hicieron de él una figura incómoda para los gobernantes del propio Estado de Lu. Sus propuestas políticas también fueron desatendidas. Según Mengzi o Mencio (480-390 a.C.), el soberano de Lu «no adoptó las medidas que Confucio proponía ni aprovechó su talento», y añade que los que conocían al ministro se dieron cuenta de que «tenía que marcharse por que [los gobernantes de] Lu habían actuado en contra de los ritos».

Las fuentes relatan de dos modos las circunstancias en que Confucio abandonó el poder, en el año 497 a.C. Según las Analectas ( Lunyu, una recopilación de sus dichos), se debió al desagrado que sintió ante la actitud inmoral del primer ministro de Lu, que aceptó unas cantantes ybailarinas ofrecidas como presente por el Estado vecino de Qi y se divirtió con ellas durante tres días, en los que no acudió a sus deberes en palacio. Según Mencio, en cambio, una vez en que se celebraba un sacrificio no se ofreció a Confucio ninguna porción de carne, signo evidente de su caída en desgracia. «Así pues, se marchó de inmediato y no tuvo siquiera tiempo de quitarse su gorro de ceremonias».

Trono imperial en la sala de la Armonía Suprema de la Ciudad Prohibida de Pekín. 
En este recinto tenían lugar los difíciles exámenes imperiales para acceder al cargo de mandarín.

Confucio decidió alejarse de Lu, su país natal. Tenía 54 años. En los trece años siguientes viajó de un Estado a otro, en busca de un soberano que apreciara sus capacidades. Iba acompañado de una serie discípulos que se distinguían por su excelente formación en especialidades tales como diplomacia, economía, administración o defensa; se ha pensado que su objetivo era crear un gabinete administrativo que le ayudara a gobernar algún territorio siguiendo el camino de la virtud. Sin embargo, Confucio no tuvo mucha fortuna en su búsqueda. En Wei tropezó con una princesa despótica; en Song trataron de matarlo derribando un árbol sobre él; y en Chen, él y sus amigos se quedaron sin provisiones. En el curso de esos viajes, un hombre mayor le preguntó una vez: «¿Por qué eres tan inquieto? ¿Vas de un lado a otro para poner a prueba tus dotes de persuasión?» Confució lo negó: «Simplemente me preocupa que el mundo se empeñe en ser tan ignorante». Al final renunció a la esperanza de influir en la política de su tiempo: «¿Por qué os preocupa que no tenga un cargo? El mundo lleva viviendo mucho tiempo sin un comportamiento moral», dijo una vez a sus amigos, a lo que añadió: «El cielo está a punto de utilizar a vuestro maestro como el badajo de madera de una campana de bronce». Con esta imagen de la campana se refería a la misión que le importaba más, una misión filosófica y moral: la de despertar a sus contemporáneos a la auténtica vida moral.

Una doctrina igualitaria

La doctrina de Confucio, en efecto, no se limitaba al respeto de los ritos tradicionales; también conllevaba una reflexión sobre la vida moral de toda persona, más allá de la jerarquía social. Para Confucio, el hombre noble no era aquel que había nacido en la nobleza, sino el que demostraba tener una conducta moral intachable, aprendida a través de la educación. Un noble que no era ilustrado era un hombre ordinario, mientras que un hombre ordinario era noble si estaba moralmente cualificado.
De esta forma, Confucio favorecía el ascenso social según los méritos de cada cual; los intelectuales tomarían el control del gobierno, cambiando la nobleza de sangre por la nobleza de la virtud. Esto explica la atracción que Confucio ejerció entre sus estudiantes y discípulos, que tenían orígenes sociales muy diversos: había aristócratas e hijos de caballeros como él, pero también comerciantes, labradores, artesanos, soldados, hasta antiguos delincuentes o hijos de delincuentes. Todos ellos le daban el tratamiento de maestro, zi, y se llamaban a sí mismos sus discípulos, tu. Confucio valoraba la conversación con ellos por encima de cualquier otra cosa. Decía: «No hablar con una persona capaz de absorber lo que uno dice equivale a desperdiciarla. Y hablar con alguien incapaz de asimilar lo que decimos equivale a desperdiciar nuestras palabras». La relación de Confucio con sus discípulos fue muy estrecha. Yan Hui fue sin duda el más apreciado; su temprana muerte trajo un gran desconsuelo al maestro, que gritó cuando supo de su fallecimiento: «¡Ay de mí! ¡El Cielo me está destruyendo!»
Confucio regresó a su casa cuando tenía 68 años, en 484 a.C., , y allí siguió enseñando a sus discípulos. Pero no dejó escrita ninguna obra; las Analectas fueron recogidos por generaciones de discípulos durante los setenta y cinco años posteriores a su muerte. Las aspiraciones políticas de Confucio nunca se tradujeron en hechos, y poco a poco dejó de verse en él a un político ilustrado, tomando el carácter de Sabio Supremo. De esta manera, los emperadores chinos lograron neutralizar el poder subversivo de sus enseñanzas políticas y establecer un confucianismo edulcorado como base de su gobierno, que sobrevivó como «religión» de Estado hasta la abolición del Imperio en China, en el año 1912.

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